30 días con mi ex

Capitulo 9

Las cosas dejaron de moverse, pero el silencio que siguió fue aún más estremecedor. Alfonso estaba preocupado. Gianna lo abrazó asustada, ambos no podían creer lo que había pasado en aquel momento. El mueble estaba pegado a la pared por el temblor de tierra y la luz se había ido.

—¿Estás bien?

Apenas ella distinguía algo entre las sombras; solo sentía su aliento tibio muy cerca.

Se quedó allí por largo rato hasta que poco a poco se hizo de día.

Las cosas se habían calmado al amanecer y el cielo comenzaba a aclararse. Así que se recostaron mejor en aquel sillón mientras podían ver con más claridad lo que sucedía.

De un naranja se fue aclarando hasta un azul, pero el silencio seguía pesando en el aire. Alfonso se levantó por fin y pasó por toda la casa.

El armario de uno de los cuartos había expulsado libros y cosas que allí se guardaban.

Las paredes del fondo de la casa formaron una línea.

De pronto, tocaron a la puerta con urgencia y Gianna decidió abrirla.

Un señor de edad avanzada apareció con un rostro muy preocupado.

—¿Están bien? —preguntó desesperado.

Gianna asintió y esperó que Alfonso se asomara.

—Fue horrible ese temblor. Se derrumbó una montaña en medio de la isla y eso desencadenó esos temblores. Y noté ayer que unas personas entraron a esta casa, que estuvo cerrada por años, y no me atreví a preguntar. Lo siento, me llamo Guillermo y soy, digamos que el vecino, ya que las casas están muy despejadas por las distancias del terreno.

Alfonso apareció allí y estaba escuchando lo sucedido. El señor suspiró aliviado y les dio una media sonrisa, algo le recordó.

—¿Tú eres el hijo de don Alfonso? —preguntó, sorprendido.

Alfonso sintió un poco de molestia ante la pregunta.

—Sí. Vine aquí a pasar unos días. No esperábamos que esto sucediera.

—¿Y la joven quién es?

Ambos se miraron sin respuesta alguna. En este punto, solo eran dos exes tratando de conectar con su pasado y presente, con muchas preguntas en su mente y muchos intentos fallidos por avanzar.

—Bueno, tengo que volver a casa por mi esposa. Cualquier cosa, pasaré por aquí y si necesitan algo ya saben dónde encontrarme. Qué bueno que están vivos.

Se marchó ante el silencio y la duda. Después intentaron prepararse para recoger, pero mientras tanto había que alimentarse, y por suerte la comida estaba en el refrigerador y había gas en la estufa. Cuando se sentaron a desayunar, sintieron pequeños temblores y Alfonso tomó su mano en todo momento.

—Alfonso, tengo que llamar a mi familia.

Aquel comentario le preocupó. Sabía que ella quería irse rápido a ver cómo estaban, pero no quería despegarse.

Gianna lo tomó, pero no había señal en ese momento debido a lo ocurrido.

—Necesito volver a casa —comentó desesperada.

Ella se levantó de la mesa para poner los trastes en el fregadero. Alfonso se quedó pensativo por largo rato y deseaba tanto que no se fuera.

—No es seguro por ahora bajar hasta el pueblo. Tratemos de calmarnos y esperar un poco. En el armario vi un radio para que podamos saber si algo pasó en Agnes.

Fue hasta allí y tomó el radio. Lo puso en medio de la mesa y trató de sintonizar alguna estación. Por suerte se escuchaba informando lo sucedido, pero había interferencia. Se movió por la casa para captar la señal hasta que salió al balcón y se quedó allí. Confirmaban una vez más lo sucedido y que lo provocó. El vecino tenía razón.

Gianna permanecía junto a la ventana, con el oído atento al radio. Se sintió aliviada al saber que en Antia, donde están sus padres, solo se había sentido el temblor y que nada grave había ocurrido. Supuso que estarían bien, pero también preocupados sin saber de ella. Así que para poder tranquilizarse, decidió ayudar a recoger la casa.

Entre las cosas que se cayeron, había cuadros rotos y Alfonso, sin querer, se raspó con uno de ellos. Gianna se apresuró a socorrerlo y lo llevó al lavabo para curar la herida.

Entre los roces, sus miradas se cruzaron y fue como si se hicieran preguntas sin siquiera hablar. Podría ser, la duda de él y la curiosidad de ella por leerle sus pensamientos.

De momento, el móvil de ella sonó y corrió hacia él. Su amiga se estaba comunicando con ella.

—¿Sara, me escuchas?

La señal se esfumó y el móvil se apagó porque no tiene batería.

Se tiró al sofá frustrada y con las manos en su cabeza pensando cómo iba a saber de los suyos.

Alfonso, sale del baño y la ve en su estado de frustración. Decide acompañarla y se sienta a su lado.

—Me tengo que ir.

—Gianna, ¿realmente crees que es lo mejor irte ahora? —dijo él, rompiendo el silencio. Su tono era calmado.

Lo miró con los ojos llenos de dudas, intentando no ceder. Sabía que su familia necesitaba saber que estaba bien, pero lo que más la frenaba era la idea de irse de nuevo, de volver a la rutina que había dejado atrás.

—Alfonso, no puedo quedarme aquí sin saber cómo están. No puedo hacer como si nada hubiera pasado.

Él dio un paso hacia ella, su voz sonaba ahora más urgente, como si estuviera tratando de sujetarla, aunque solo fuera con palabras.

—Pero aquí estás a salvo. Ahora mismo, salir no tiene sentido. ¿Qué vas a hacer en Antia que no puedas hacer aquí? —respondió, aunque sabía que lo que decía no era suficiente para calmarla.

Gianna lo miró fijamente, su mente en un torbellino de pensamientos encontrados. El impulso de irse era fuerte, pero algo dentro de ella dudaba.

—Mi familia necesita saber que estoy bien, que no les ha pasado nada. —su voz se quebró un poco, pero mantuvo la mirada fija.

El silencio entre ellos se estiró, tenso y pesado, hasta que Alfonso respiró hondo y dejó escapar un suspiro.

—Lo sé, lo sé… Pero no quiero perderte ahora. Estoy aquí, contigo, y quiero que aprovechemos este tiempo. No quiero que te vayas.

Ella lo mira desconcertada, tratando de entender que no es falta de empatía también se siente igual. Mas su sentido de culpa por haber dejado a Petra, su madre, atrás le dolía mucho.




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