A las horas pasar, cada uno se fue a una parte de la casa para no encontrarse. Esta vez nadie podía huir ni bloquear llamadas incesantes. O poner mensajes hirientes, decidieron quedar en total silencio. Por un lado Gianna pensando si tal vez sería mejor irse rápido y Alfonso por otro lado, sintiéndose igual que siempre. Sabiendo que la perdería en cualquier caso.
Eso le dio un impulso sano y la buscó por la casa. Ella estaba sentada en una esquina de una habitación vacía, pegada a la ventana. Miraba hacía la nada buscando cual sería el peor de los casos.
Podía irse y dejarlo todo para siempre. O puede quedarse allí por corto tiempo y saber a lo que llevaba todo esto. De momento siente que alguien la vigila desde el marco de la puerta y lo mira algo asustada.
—¿Puedo pasar?— pregunta Alfonso algo tímido.
Ella asiente y le invita a sentarse junto a él. Pero el entra y se queda a mitad de la habitación observando todo a su alrededor. Algo estaba recordando con nostalgia y sonríe mirando al techo.
—¿Estás bien?— pregunta Gianna.
—Solo recordando cosas bonitas de esta habitación.— expresa con un nudo en su garganta y su voz media quebrada.
Gianna lo observa y cada que sus emociones más frágiles se hacían presentes no podía dejar de admirar su parte más sensible.
—Gia, yo no puedo retenerte. No puedo decirte que te quedes para siempre conmigo o que hagas cosas por mí. Solo quiero que sepas que, entiendo lo que está pasando y que quieres estar con tu familia. Yo solo no quería que te apartaras de mí, porque cada vez que vuelves a casa, te alejas de mí. Y se que no te importa esto.
—No, no pienses así, si me importa. Lo que dije ahorita, lo siento me dejé llevar por mi ansiedad. Si me importas y mucho. Porque te amo.
Gianna soltó esa frase, con un peso en su corazón, pues hace tiempo quería decírselo. Lleva un año deseando repetirlo y que eso llegara.
El corazón de Alfonso latía con rapidez y fuerza. No podía creer que lo escucharía otra vez de sus labios. Y cómo no creerle esa frase si él se sentía igual que siempre a su lado. Pero eso también le hizo entender que amar es soltar.
Gianna se levanta de allí y se va acercando a él. No era mucho la diferencia de estatura, ella era un poco más bajita que él. Acarició sus manos en un intento de unirlas.
—Gia, yo también te amo.
Ahora podían verse mejor, pese a la poca claridad que entraba por la ventana.
Sin esperarlo tanto, se besaron, y fue como encender una llama que creían extinta.
Un beso de esos que curan heridas antiguas, que desarman el alma con solo rozarla.
Porque desde lejos se notaba: aún se amaban.
Sus cuerpos se encontraron sin prisa, como si el tiempo los hubiese estado esperando.
No dejaron que la pasión se desvaneciera, no esta vez.
Allí, en ese espacio suspendido entre el silencio y la respiración compartida, ya no existía el mundo afuera.
Ya no había muros, ni miedo, ni distancia.
Se entregaron en cuerpo y alma, pero no como antes.
Esta vez fue distinta.
Porque estaban arriesgándolo todo, en medio de la nada, con la certeza de que ese instante era solo suyo.
Y aunque no dijeran palabra, el amor gritaba en cada gesto, en cada caricia que no necesitaba ser contada.
El silencio se quedó con ellos un instante más, como si incluso el aire supiera que algo sagrado acababa de suceder.
Sus respiraciones seguían al unísono, calmándose poco a poco, hasta quedar envueltas en una quietud casi sagrada.
Entonces, se miraron.
No hacía falta decir nada, pero aún así, él habló.
—¿Quieres que te ayude a volver a casa?
Su voz no rompió el momento, lo sostuvo. Como si con esas palabras no sólo ofreciera un camino, sino también una redención.
Porque no se trataba solo de regresar…
Se trataba de empezar de nuevo.
Gianna tratando de caer en tiempo real, dudó. Ella quería estar así para siempre con él. Mas la realidad la golpeó fuerte y se levantó de allí con la ayuda de su amor. Fueron hasta el baño a asearse y apurarse.
Tras lograrlo y cerrar la casa. La única forma de hacerlo era caminando hasta un lugar. Pero Alfonso sabía el camino y lo podía recordar muy bien todo.
El suelo aún temblaba de vez en cuando, como si la montaña no terminara de soltar su furia.
Bajaban con cuidado, paso a paso, mientras el polvo flotaba en el aire y el silencio era interrumpido solo por el crujido de ramas y piedras sueltas.
—Ten cuidado —dijo Alfonso, tomando su mano con firmeza.
Ella no respondió. Estaba pensando en su familia, en lo que encontraría cuando llegara… si llegaba.
Un pensamiento oscuro se instaló en su pecho: ¿y si era demasiado tarde? Sabía que su madre está viva y eso le dió esperanzas.
De pronto, un estruendo.
Un árbol caído.
Y detrás, el camino bloqueado por un derrumbe.
Una pared de tierra y rocas les cerraba el paso.
—Tenemos que rodear —murmuró Alfonso, intentando mantenerse tranquilo.
Pero ella no se movió.
Estaba agotada. Asustada.
Y por un segundo, en medio del polvo y el caos, le volvió el miedo a confiar.
A depender. A esperar.
—¿Y si no llego? —preguntó con voz quebrada—. ¿Y si todo esto fue en vano?
Alfonso la miró.
Su rostro tenía la sombra del cansancio, pero también algo más profundo: dolor.
Dolor de verla dudar otra vez.
—No estás sola —respondió—. No te dejaré caer.
—Eso dijiste antes —susurró ella, sin mirarlo.
Él se quedó quieto. Como si esas palabras lo hubieran golpeado más fuerte que el sismo.
—Pero estás aquí —dijo con suavidad—. Y eso lo cambia todo.
El silencio entre ellos fue más ruidoso que cualquier temblor.
Pero aun así, siguieron caminando.
La ruta alternativa los llevó hasta la entrada del pueblo. El corazón de ella latía más fuerte.
Allí estaría su salvación. Su reencuentro. Su hogar.
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escenas románticas, conflictos emocionales, lenguaje moderado
Editado: 10.05.2026