30 días con mi ex

Capítulo 11

Al volver a casa, super agotados, ya la noche caía sobre ellos y todo lo pasado ese día también. Alfonso se quita los zapatos en la entrada pero no deja de observar a Gianna, quien está frustrada por todo. Ella camina lentamente por la casa y cansada se detiene en el sillón.

Él solo la deja estar y corre a la cocina a buscar algo, lo que sea para comer. Pero ella se acostó sin decir más en aquel sillón y durmió toda la noche allí.

Al siguiente día el sol ya salió y el calor matutino se acercó a su piel desde la ventana. Alfonso durmió en una vieja cama que yacía en otra habitación pero hubiera querido que fuese con ella otra vez.

Ese día, Gianna apenas habló. Comió lo justo y se sentó en el porche, con la mirada perdida en la nada.

En su mente, buscaba una y otra vez formas de volver a casa. Pero era inútil. El camino de regreso era largo, irregular… y más difícil cuando el que te espera no quiere que te vayas.

No podía borrar de su cabeza aquel momento en que, intentando salvar lo que tenían, solo logró herirlo. Lo alejó con palabras que no debía, se tragó las que sí importaban… y perdió eso que los dos buscaban.

Desde entonces, pensar se volvió una trampa.

Día tras día, reviviendo el mismo escenario, buscando cómo arreglarlo aun sabiendo que ya todo estaba dicho.

Así nació su ansiedad. Como una consecuencia de amar y no saber cómo quedarse sin romperlo todo.

Entonces transcurrió un día entero, de mañana se cambió a tarde y la noche comenzó a asomarse. Alfonso no podía estar más tiempo en silencio. Pensó que tal vez, esos días, van a ser así y eso no quería. Tiene aún la esperanza de que ella aceptara aquel trato pero al menos ya llegaban al quinto día juntos.

Asi mismo llegó el otro día y esperó… pero no pudo más. Antes ocurría que llamaba sin cesar y se desesperaba por no tener sus respuestas. Ahora la observaba, desde la ventana de la sala porque ella lleva toda la mañana afuera.

Salió y su acercamiento la hizo asustarse, pues está sumergida en sus pensamientos.

—¿Vas a hablarme alguna vez? —preguntó, sin levantar la voz, pero con la tensión colgando de cada palabra.

No respondió. Ni siquiera lo miró.

—¿Eso vas a hacer? ¿Callarte hasta que todo pase? ¿Hasta que mágicamente estemos del otro lado del río y como si nada?

Ella cerró los ojos.

No por desprecio.

Por agotamiento.

Pero él interpretó otra cosa.

—¿Sabés qué? No soy de piedra. También estoy roto. También estoy asustado. Pero al menos estoy acá.

El silencio de ella se quebró con una frase suave, como una daga envuelta en terciopelo.

—Yo no te lo pedí.

Alfonso retrocedió un paso.

Como si esa frase lo hubiera empujado.

—No. Pero tampoco me dijiste que no querías que lo hiciera.

Ella finalmente lo miró.

Tenía los ojos húmedos, pero no lloraba.

—Tengo miedo, Alfonso.

—¿Y piensas que yo no?

El aire entre ellos era una cuerda tensa a punto de romperse.

—Tienes a dónde volver.

—Y tu eres mi lugar —La voz de Alfonso se quebró apenas— aunque no quieras.

Ella lo miró, y algo en su expresión cambió.

Como si por fin escuchara lo que él no había dicho hasta ahora.

No hubo abrazo.

Ni perdón.

Solo verdad.

Y por primera vez, en mucho tiempo, ambos se sintieron un poco más livianos.

Se acercó cautelosa, parece que quiere decir lo que le sucede pero nunca lo hizo.

—Si quiero pero

—¿Pero qué esta vez?— exigió Alfonso por primera vez.

Ese tironeo entre quedarse y soltarla otra vez le dolía como una herida vieja, una de esas que nunca cerraron del todo. Siempre era lo mismo: discusiones tontas, palabras que herían más de lo que deberían, y esa forma en que ambos resolvían todo a los empujones.

Probablemente, el verdadero verdugo no era ninguno de los dos, sino la forma en que ella explotaba… y en la que él no olvidaba.

Y ella no quería volver a hacerlo. Él tampoco.

Entonces, como si el cielo recordará su historia mejor que ellos, la lluvia comenzó a caer. Fuerte, insistente, como siempre. Decía lo mismo de siempre: corran, escóndanse, hagan como que nada está pasando.

Pero esta vez, Gianna no corrió. Salió al jardín con un impulso crudo, visceral, y se plantó bajo la lluvia. Cerró los ojos y dejó que el agua le empapara la cara, como si le lavara algo más que la piel.

Alfonso la miraba desde el porche. Sentía el pecho apretado, las manos vacías. Quería cuidarla, pero no sabía cómo sin asfixiarla. Quería explicarle tantas cosas… que sí lo intentó, que sigue intentándolo. Pero nada salía.

Gianna abrió los ojos. Lo buscó con la mirada. Le extendió una mano.

Y fue tan simple, y tan definitivo.

Alfonso bajó los escalones, lento. Cada paso, una decisión. Cuando llegó junto a ella, la lluvia le golpeaba el cuerpo como una confesión que no necesita palabras.

Se miraron. Y ahí estaban: los silencios, las discusiones, las huidas, todo.

Pero también, por primera vez, la posibilidad de no correr más.

Las gotas le corrían por la espalda como si le borraran la piel de otra vida.

Alfonso sentía el jean pegado a las piernas, los zapatos empapados, pero ya no importaba. Lo único real era la forma en que Gianna lo miraba. Como si por fin estuviera viendo algo que había estado ahí todo el tiempo.

Se acostaron frente a frente, sin tocarse, con la mirada como único puente.

En medio, el espacio de siempre: ese punto frágil donde todo puede partirse… o sostenerse.

Como si el suelo mismo supiera que el amor, a veces, también es una línea quebrada que se elige no cruzar.

Y aun así, quedarse.




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