El nuevo amanecer se convirtió en testigo de dos personas que yacían en una cama acostados. Una de ellas respiraba un poco extraña y la otra persona observaba. Acariciaba su frente y trataba de que eso que le incomodaba a ella la dejara en paz. Sopló su rostro y acarició con la yema de su dedo índice su nariz.
No sabía qué admirar en ese momento.
Su tez muy blanca que nada parecía oscurecer.
La forma de sus labios pálidos, como si fuese esculpido por medida exacta con esa línea que remarcaba su alrededor.
En ese momento Alfonso deseaba que abriera sus ojos marrones y pequeños, y lo confrontaba. Quería saber mil cosas a través de ellos. Porque no decían nunca nada, siempre tenía una mirada fija para todo y un brillo especial que él siempre suponía que quería llorar.
Pero lo que no sabía es que esos brillaban por él. Por su cercanía y ese amor que brotaba entre ellos sin hablarlo mucho.
Por sorpresa, esos ojos se abren y Alfonso tardó en darse cuenta, estaba sumergido en ellos.
Gianna asustada reacciona y trata de levantarse pero él la detiene. Le hace el gesto de que respire tranquila y le da una media sonrisa. Ella se ve triste. A su vez trata de acordarse de todo lo sucedido.
— Perdón—dijo ella y comenzó a llorar.
Alfonso frunció el ceño cómo que no entendía nada. Luego de verla rota y abrazándose a ella misma mientras lloraba, lo entendió todo.
Se quedó en silencio por largo rato y luego fue hasta la cocina sin decir más para prepararle algo de desayuno. No sabía si abrazarla y consolarla, porque también él estaba roto por dentro.
Al terminar fue hasta ella con algo preparado y la encontró sentada en la cama con sus rodillas al pecho y mirando hacia la ventana.
La claridad de esa mañana era especial. El sol brillaba pero a la vez, no molestaba la vista. Era la claridad necesaria como si hubiera un vacío en ese día.
Le muestra el desayuno de ambos y deciden comer sin decir nada. Luego Gianna se retira al baño, aún débil pero hacía lo que podía para moverse.
Al salir, ya Alfonso limpiaba la cocina un poco mientras intentaba contenerse de alguna forma. Pero al final no lo pudo lograr. La duda no lo dejaba tranquilo.
—¿Por qué te fuiste? —preguntó algo calmado.
Gianna por su parte se quedó perdida y pensativa, buscando a qué se refería él.
Hasta que pensó en el día de ayer.
—Necesitaba pensar. —comentó ella algo despreocupada.
—¿Para eso tenías que ir tan lejos? —Alfonso cuestiona desconcertado por esa contestación.
—Solo fue un corto paseo
—Que por poco se convierte en tragedia si no llego a encontrarte.
—Lo siento, no quise hacerlo así, es que de verdad necesitaba eso.
—Pensé que te habías ido para siempre.
—Lo pensé por un corto momento.
Alfonso abre los ojos sin entenderlo todo y se molesta.
—O sea que, si no te hubieras desmayado, ¿te habrías ido? —preguntó con el tono de voz como si estuviera a punto de quebrarse.
Gianna se acerca y toma el rostro de Alfonso en sus manos.
—No eres tú. Soy yo —dijo llorando.
Alfonso se sacude y se mueve al lado contrario de ella.
—La excusa perfecta. Ya no se te ocurre más nada que decirme.
—¿Qué quieres que te diga? —insiste Gianna.
—¿Qué me amas y que lo vas a intentar, por ejemplo?
—¿Intentar qué?
—Estar juntos, en serio.
—No sé si sea lo correcto. Hay cosas que tenemos que hablar.
—¿Qué cosas son esas?
—La pérdida de nuestro hijo. El porqué hice lo que hice aquella tarde.
Cada vez que recordaba que lo había perdido, se debatía entre creer y no creer, quizá porque le era más fácil a Alfonso pensar que todo fue una mentira. Pues él solo supo la noticia en un texto que ella le envió luego de eso. Por cómo pasó todo no quiso tomar en cuenta la realidad del asunto.
—¿No podemos dejar eso atrás, verdad? —preguntó realmente dolido esta vez.
—Seguir evadiendo el tema ya no es lo mío. Y se que no crees en ello y que tengo dejarlo así. Como mi dolor más duro y personal.
Pero hubiera querido que todo fuera diferente, si yo misma te hubiese dicho la verdad aquella tarde.
—Aquella tarde, me rompiste el corazón.
—Y en realidad estaba tratando de salvarte la vida. La furia de mi padre es lo peor que no quisiera que tocara alguna vez. Te protegí. Y se que para ti es absurdo todo esto. Mi padre se enteró de mi embarazo y tratamos de huir. Mi madre me apoyó, hasta cierto punto. Tenía que huir de todo, era la condición. Huir de todo, incluyéndote. Fue lo más doloroso para mi.
Alfonso escuchó todo, como si no escuchara nada en realidad. Algo de él se cerraba constantemente cuando se acordaba de eso y no decía más. Su silencio era la respuesta a ese tema.
Cerró la puerta de la sala y se fue hacia afuera algo molesto. Dejó a Gianna con la palabra en la boca, aunque ella no esperaba nada.
Se fue de nuevo a la cama y esta vez, en vez de llorarlo todo de nuevo, sintió una leve paz por decir la verdad. Sintió que lo mejor era dormir un buen rato más en lo que las aguas se calmaban.
Alfonso se quedó sentado repasando todo como siempre. Hasta este momento, uniendo piezas perdidas con el tiempo. Como las expresiones de Gianna en esa tarde y lo que dijo hace rato. Para él parecía todo aclararse y aunque dolía saberlo todo hoy, algo se cerró dentro de sí mismo. Esa rabia contenida tenía que salir, así que comenzó a darle a un gran árbol, pensando muchas cosas. Como no pudo ver ese momento, era muy confuso. No podía salvarla de Severo. No sabía nada.
Pero a su vez, la amaba y sabía que no tuvo las agallas para confrontar y defender su relación en aquel momento. Y ya su furia no era contra Severo, ni Gianna, era contra él mismo.
¿Qué podía hacer ahora? ¿Volver a ese día y cuestionarse sobre su cobardía? O ¿Comenzar de nuevo con la realidad?
Lo pensó. Ya no había nada más que hacer sobre lo perdido y se dio cuenta que ella si sufre por ello. Ahora no era momento de reclamarle porque no se dijeron todo antes, ya era tarde.
#6975 en Novela romántica
#1762 en Chick lit
escenas románticas, conflictos emocionales, lenguaje moderado
Editado: 30.05.2026