Así como el amanecer, que sale de momento, el sol está atento a salir urgente para dar la energía necesaria. El ruido de los pájaros alertando a la naturaleza que es hora de comenzar. Abrumaba a Gianna, le daba el aire de que era el día para continuar, quizá empezar de cero, sin saber cómo hacerlo. Durmió toda la noche sola en aquella cama. No esperaba nada de él. A lo mejor este es el final de verdad, supuso.
Estira el cuerpo con esfuerzo y finalmente se pone de pie, como si cada músculo pesara más de lo habitual.
Camina por el corto pasillo y se recuesta en la pared, todavía mareada. Localiza con la mirada a Alfonso, quien estaba mirando hacia la nada con una taza de café en la mano.
Él siente cómo su olor impregna aquella sala. Porque ella de solo aparecer en su vida, podía cambiar el ambiente pero hoy era diferente. Ya no la veía como antes, como el ogro que rompió su corazón múltiples veces.
Repasó toda la mañana todas las veces que terminaron su relación. La primera vez, Gianna no sabía lo que quería nunca, tenía sus dudas y sus miedos.
Cosas estúpidas, discusiones sin sentido
y una lucha de poder entre dos personas
que tenían una vida rota.
La segunda vez, había personas de por medio, que hacía lo que fuese por romperlos. Y en esas personas estaba el mítico George. Y otra persona más que a decir verdad, en este plano, si existía ya no importaba mencionarla.
Y esta tercera vez, cuando por más que lucharon contra el mundo, el mundo se les cayó encima.
Entonces, ¿Por qué dejarlos hacer lo que quieren?.
Todos en contra de ellos, desde la naturaleza hasta lo más simple e inexplicable y hasta inexcusable.
Sólo había una respuesta que podía contra todo. Amor.
Un amor que pocos conocen, ese amor que llega cuando el mundo es cruel. Esa luz en medio de un túnel con fin incierto.
Ellos, para el mundo, no eran tal para cual. No debían ser y punto pero solo el amor tenía el poder para hacerlo. Y ahora, ¿Podría esta magia hermosa unirlos otra vez?
Alfonso podía irse. Siempre había opciones, otras personas, otras rutas. Pero ninguna lo hacía temblar como ella. ¿Era miedo lo que sentía? ¿O simplemente no quería perder la única parte del mundo que alguna vez lo hizo sentir vivo?
Era ella, su olor, su piel, sus ojos, la forma en que ella ama y destruye. Irónicamente hacía que ella fuera el amor de su vida. Que algo dentro de él le decía que luchara por lo incierto.
El éxtasis del momento.
Sacude sus pensamientos y va a la cocina por otra taza de café, esta vez para ella. La mira y al ver sus ojos hinchados con ojeras, siente pena por ella. Así que la invita a sentarse en el sofá sin hablar.
Ella asiente con su cabeza y se queda por largo rato allí.
—Es un hermoso día, ¿no?— pregunta Gianna rompiendo el hielo.
—¿Qué quieres hacer hoy?— Alfonso le contesta muy normal.
—Caminar.
—¿Te acompaño?
—Por favor— suplica y lo mira a los ojos.
Sus ojos brillaban aunque sentía la duda.
Decidieron comer algo antes para luego prepararse y salir a caminar juntos.
El camino estaba lleno de vida, los pájaros volvían con su ruido habitual y el viento prometía esta vez. Aunque el silencio cargaba, regalaba paz en ese momento difícil. Como si estuviera soltando algo a cada paso que daban.
A lo lejos encontraron un río y se adentraron allí. Pasaron por aquellas rocas que resbalaban un poco y en una de esas Gianna pierde el control, pero Alfonso la toma en brazos para evitar un accidente. En eso al mirarse comienzan a reírse.
Liberaron esa carga emocional que sentían. Y luego se sentaron en una roca limpia a mirar la corriente de aquel río.
—Este río tiene nombre— comenta Alfonso.
—¿Cual es su nombre?
—El río de Anges.
Gianna ríe.
—En serio. Se llama así como el pueblo. Aquí hay una leyenda.
—¿Leyenda?
—Te la cuento —dijo Alfonso, con la mirada perdida en el agua—. A orillas de este río le rompieron el corazón a una nativa que se llamaba Agnes. Ella se enamoró de un conquistador, uno de esos que solo quería adueñarse de toda la isla.
Un día decidieron enfrentarlo todo o escapar juntos. Habían hecho un pacto: verse aquí, justo donde el río se curva. Pero aquella noche, cuando Agnes llegó al lugar, lo vio... con otra mujer. No cualquier mujer: su hermana menor, Calíope.
Dicen que Agnes murió de dolor en alguna de estas rocas. Que su llanto se confundió con el sonido del río. Lo curioso es que esa misma noche, Saturno y la Luna estaban visibles en el cielo. Desde entonces, cada vez que eso ocurre, los que viven por aquí aseguran que la noche se siente... distinta. Más pesada. Más viva.
De momento se escucha un ruido entre los árboles y Gianna se sobresalta.
—¿Cómo es que no se cuentan esas leyendas en Antia?
—No lo sé— Alfonso le comenta y la ve con sus ojos muy brillantes.—¿En qué piensas?— pregunta casual. Sabía que ella estaba imaginando algo.
—¿Por qué el conquistador hizo eso? ¿No la amó suficiente como para elegir?
—Solo quería tierras a su mando nada más. No quería amor, supongo.
—¿Que tan importante es un pedazo de tierra que el amor?
—No lo sé. Riquezas a lo mejor.
—Entonces, ¿por qué no pudo quedarse con ella también? Conseguía la tierra y a ella también.
La insistencia de ella por entender le daba gracia a Alfonso.
—¿Te estás burlando de mí?
—Gia, no supongas— dijo Alfonso en broma y la hace reírse— Es que sé que tu lado creativo está aquí.
—Perdona, es parte de mí.
—Amo eso de ti— comenta y rompe la conversación.
La mira a los ojos y se acerca a ella aún más.
Ella acaricia su mejilla.
Él entrecierra sus ojos sintiendo todo eso que reprimió en todo momento y una lágrima se escapa.
No se tocaron de inmediato. Solo compartieron el aire. Pero el aire pesaba. Cargado de lo que nunca se dijo, de lo que ya no hacía falta decir.
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escenas románticas, conflictos emocionales, lenguaje moderado
Editado: 21.06.2026