30 días con mi ex

Capítulo 16

A la mañana siguiente, el mundo no era distinto. Pero entre ellos algo había cambiado. Algo creció luego de tanto golpe. Y dar la vuelta al pasado era innecesario. Se podían ver diferentes, algo brillaba entre ellos.

No lo hablaron. No hicieron promesas, ni mencionaron lo de anoche. Fue un acuerdo silencioso, casi sagrado: mirar hacia adelante, aunque todavía doliera el cuello por tantas veces que miraron atrás.

Alfonso preparó dos tazas de café sin preguntar cómo lo quería. Gianna aceptó una sin pedir azúcar.

Y en ese gesto mínimo, se trazó la línea imaginaria de que todo está bien.

—Podemos intentarlo —dijo ella, más para sí que para él—. Pero no como antes. No sin meditarlo bien.

Alfonso asintió. No discutió. A veces, lo más valiente es simplemente quedarse. Intentó aclarar su vista y cuando lo hizo vio a una Gianna diferente, un poco madura. Se abrumó ante ese pensamiento y sacudió sus pensamientos.

—No te asustes, es algo que se me ocurrió de momento— dijo Gianna algo apenada.

—No es miedo, es que me gustaría intentarlo otra vez, pero lejos de todo lo pasado.

—No podemos alejarnos de la realidad— comentó ella algo decepcionada.

—Eso está claro, solo digo que no mencionemos lo que pasó. No siento que estemos listos aún para eso.

—¿Y si hacemos reglas? —dijo Gianna de repente, mirando el cielo—. Como si estuviéramos aprendiendo a vivir juntos por primera vez. Como si no supiéramos nada el uno del otro.

Alfonso giró hacia ella, sonriendo con los ojos cansados.

—¿Reglas para qué? ¿Para no matarnos?

—Para no rompernos —corrigió ella—. Ya no quiero pelear más. Pero tampoco quiero fingir que no duele lo que duele.

Él asintió. Abrió una libreta vacía que estaba en la cocina. La hoja estaba arrugada en una esquina.

—Está bien —dijo Alfonso—. Empiezo yo.

Tomó el bolígrafo y escribió con letra lenta:

1. No hablar del pasado. A menos que el otro lo pida.

—Me gusta —dijo ella—. Yo agrego una.

Tomó la libreta, pensó un segundo, y escribió:

2. No hacernos promesas que no estamos seguros de cumplir.

—Eso va para ti —le dijo, sin malicia.

—Y para ti también —respondió él, sin defensa.

Se quedaron callados. El sonido del viento llegaba como un susurro amable.

—Una más —dijo Alfonso.

3. Que no se vale que supongas lo que pienso cuando algo no anda bien.

Rieron. Por primera vez en mucho tiempo, la risa no era una máscara.

—Pon esta —dijo Gianna, y escribió sin pedir permiso:

4. Reírse. Aunque no siempre haya motivo.

Alfonso agregó otra debajo:

5. Abrazarse sin explicación.

—Y esto es importante —dijo él, mirándola a los ojos—. Pedir espacio no es lo mismo que alejarse.

Ella lo miró en silencio, y luego escribió:

6. Pedirse espacio sin que el otro se ofenda.

El bolígrafo quedó sobre la mesa, entre ellos.

—¿Y si rompemos una regla? —preguntó Alfonso.

Gianna pensó un momento.

—Entonces la reescribimos. Pero no la usamos como arma.

Se dieron la mano como quien firma un pacto invisible. Pero Alfonso no se quedó ahí. La jaló hacia sí y la abrazó, hundiendo la cara en su cuello. No necesitaban hablar. No esa vez. No con los brazos diciéndolo todo.

Más tarde, buscaron algo que comer y encontraron un par de latas de atún.

—Parece que el universo quiere que sobrevivamos con lo mínimo —bromeó ella.

Alfonso soltó una risa breve, esa que solo sale cuando algo viejo se recuerda con cariño. No podían hablar del pasado, pero en su cabeza volvió la imagen de aquella vez que prepararon ensalada de atún y él se pasó con la mayonesa. El pan terminó desbordado, y ella rió tanto y aun así se lo comió.

No dijeron nada de eso. Solo aceptaron el menú del día y se pusieron a cocinar. Gianna tomó el control. Él, feliz, la siguió en todo.

Alfonso se esforzaba por cumplir la regla del abrazo sin explicación. Y vaya si la cumplía. Cada tanto se acercaba por detrás, la envolvía y dejaba que su barbilla descansara en su hombro.

Ella, aunque callada, parecía estar en otro plano. Desde que escuchó la leyenda de Agnes, su mente no dejaba de moverse. Ideas, escenas, personajes. Las palabras volvían. El bloqueo se disolvía con él cerca.

Era su voz, su presencia, su risa.

Era Alfonso.

Su caos, su musa.

Al terminar de comer, buscó la mochila y de allí sacó una reliquia. Su mp3 de color violeta claro. Lo conservaba desde hace muchos años y allí estaban las mejores canciones del mundo para ella.

La noche estaba tibia, con estrellas tímidas asomando entre las nubes. Gianna se acostó boca arriba y cerró los ojos. Alfonso la miraba como se mira un recuerdo que todavía no se ha ido del todo.

—Tengo algo para mostrarte —dijo ella.

—¿Eso todavía funciona?

—Más que yo, a veces —respondió, con una sonrisa nostálgica.

Buscó una canción, luego le pasó uno de los auriculares, se puso el otro, y lo miró como si estuviera a punto de compartirle un secreto.

Entonces sonó, All of the Stars

Alfonso no dijo nada. Solo escuchó.

El pasto debajo, el cielo encima, y esa voz rota cantando y llenando el silencio entre ellos.

Gianna tenía los ojos cerrados. Sus labios temblaban apenas, como si recitara la letra en voz baja para sí. No lloraba, pero su pecho se movía más lento, más profundo. Como si algo dentro se estuviera acomodando.

Cuando terminó la canción, no se miraron enseguida.

—Esa canción la tenía guardada para un momento que no doliera —susurró ella—. Pero creo que ahora… solo duele distinto.

Alfonso deslizó su mano hasta rozar la suya.

—Gracias por compartirlo —dijo—. No sé qué decir. Solo que... lo sentí. Todo.

Y allí, entre las estrellas, el césped húmedo y una canción vieja, se sentaron sin decir más. Porque a veces, cuando el amor vuelve, no hace ruido. Solo encuentra el lugar donde todavía hay espacio para quedarse.




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