30 días con mi ex

Capítulo 17

Durmieron abrazados toda la noche. En la mañana era difícil despegarse y ese día amaneció lleno de frío por la lluvia torrencial de afuera. El campo se sentía ausente y mientras esos cuerpos se mantenían unidos bajo las sábanas, se sentía la mañana perfecta.

En medio del no caos, todo es diferente. Un chico cediendo, una chica amando sin miedo.

Al despertar bien, ambos pensaron que todo fue un sueño. Se relajaron y fueron a asear, preparar el desayuno.

Esta mañana fue silenciosa, cada uno sumergido en sus pensamientos. Pero aun así no dejaban de mirarse, buscando de qué hablar luego de tanto ayer. Era el silencio necesario y tranquilo que necesitaban.

Habían quedado en hacer cosas juntos, así que Gianna tomó la libreta y Alfonso unos bocetos que se había llevado.

Ella no dejaba de pensar en la leyenda, eso no la dejaba en paz. Algo tenía que escribir y decir. Algo tenía que ver con ellos, presintió.

Alfonso la miraba y amaba eso de ella. Cuando la veía dispersa buscando una idea o desarrollando una, sabía que tenía que darle su espacio para eso. Mientras él solo pensaba qué hacer.

Su forma de dibujar es particular, siempre hacía o creaba escenarios oscuros, cosas difíciles de entender, ya que salía de su corazón, era su modo de expresar todo lo vivido.

Y como no podía hacerlo, no podía hablar a veces, la gente lo entendía poco. Que su talento no iba dirigido a crear grandes esculturas. Solo lo que sentía, aquello que guardó por tanto tiempo dentro de sí.

En su corazón, había una mezcla de amor, odio, rencores sin explicación. Mucho antes de conocerla, no la había pasado tan bien, buscaba conectar con el mundo, sin darse cuenta que era tan diferente a los demás. Tal vez esas cosas oscurecieron un poco su visión de vida. Hasta que la conoció y reconoció que las promesas y pactos de amor, no son de sangre ni marcas que lo certifiquen. Es más bien, creer en el otro, en su amor y como lo demuestra.

Le costó dejar esa oscuridad y aún le sigue costando. Pero con ella, aun sus altas y bajas, conoció el amor.

Mientras ella, no dejaba de mirar por la ventana al cielo gris. Era perfecto para crear esa idea. Solo unía piezas en su mente de todo lo que pasó, sin evitar rozar la herida mayor. Solo se dejó llevar y escribió muchas cosas.

De pronto cerró la libreta y sintió un alivio, aunque algo de dolor. No le importó bañarse bajo la lluvia otra vez, nada se lo impedía. Y pese al riesgo, Alfonso la dejó ser.

La miraba a ella y miró su boceto. No había dibujado nada. Estaba entregado a ella, su mente y sus esperanzas.

De pronto ella entra, no toda mojada pero temblando. Se cambia de ropa y lo ve allí quieto.

—¿Entonces dibujaste algo?

Él la mira algo decepcionado de sí. Su mente estaba bloqueada con muchas emociones y su forma de inspirarse es muy diferente a la de ella.

—Estoy bloqueado supongo.

—Es normal, ¿Quieres que te ayude a inspirarte o algo? —pregunta Gianna muy inocente.

Alfonso sonríe pensando en otras cosas pero sacude sus pensamientos y se le ocurre una idea.

—¿Qué escribiste?

—Un poema.

—¿Puedes compartirlo?

Ella se sonroja y le da la libreta.

Él ojea cada página pero sabe que lo que escribió está en la última. Así que al encontrarlo le dio un poco de trabajo. Ella escribe cursiva y muy rápido. Se esforzó y lo leyó.

Al mirarla intentaba unir a la poeta con ella.

—¿Qué opinas?

—Es brillante y hermoso. ¿Es sobre nosotros? Pensé que escribirías algo sobre la leyenda.

—Si tengo ideas sobre eso. Pero pensé en la Luna y Saturno. Es como tú y como yo.

—¿Puedes leerlo en voz alta? Me encantó pero creo que necesito escucharlo de ti.

Ella se sienta a su lado, aclara su garganta. Sus emociones sin resolver salen y hacen que sean fuertes.

Él espera paciente a que ella decida hacerlo y en eso su mente comienza a darle ideas.

Cuando la Luna buscó a Saturno, pero él nunca respondió

Mirando el cielo desde este punto,

busco tu norte y me encuentro con la conjunción de la Luna y Saturno.

Parecen susurrar un amor secreto y algo oscuro,

un idioma hecho de luz y sombras,

de encuentros breves y distancias eternas.

Pero la tonalidad de la noche no define lo que eres en mi norte.

Eres más que un astro lejano,

más que un punto perdido en la inmensidad.

Eres la herida dulce en mi pecho,

el amor profundo que nunca dejó de girar.

Eras Saturno, envuelto en tu propia quietud,

con anillos de tiempo y distancia,

girando sin prisa, sin urgencia,

mientras yo, la Luna, te buscaba incansable,

creyendo que en algún giro

te atreverías a sostenerme.

Te hablé en el lenguaje de las mareas,

con versos escritos en la piel del cielo,

con susurros que viajaban en la brisa estelar,

esperando… esperando que me escucharas.

Pero tú…

siempre tan sereno, tan distante,

con la mirada perdida en otros cielos,

como si nunca hubieras sentido

la marea en mi pecho llamarte.

Aún así, en cada conjunción,

cuando el destino nos traza en la misma línea,

cierro los ojos y espero el milagro

de que esta vez no me dejes pasar.

Que esta vez, al verme brillar en tu noche,

recuerdes el eco de mi risa,

el temblor de mis manos en las tuyas,

el deseo de quedarme en tu órbita

y no solo ser un reflejo pasajero.

Y yo, como la Luna,

persiguiendo tu cielo,

enamorada de tu sombra,

esperando que órbites cerca de mí




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