Se levantaron de la gran piedra cuando todo se tornaba oscuro y corrieron adentro a seguir con su momento. Al terminar Alfonso la deja descansar y acaricia su cabello negro.
—Gianna Antonella, te amo.
Ella se recuesta en sus brazos sin decir más, pero Alfonso se da cuenta que lleva tiempo sin devolverle un gesto. Aunque ya hicieron bastante por esa tarde y noche. Pero el expresarse y devolverle cada te amo, se hacía eterno. Ella no decía nada.
Alfonso dudó y trató de no sobrepensar las cosas, pero es inútil. Una mente poderosa no darle cabida a un montón de posibilidades y más que ha tenido que acostumbrarse a las montañas rusas de ella. A todas las indecisiones y silencios.
Entonces, aunque pasara lo que pasara. Sintió miedo y lo dejó estar aunque se acostara a dormir.
Al otro día.
Gianna se despertó con la sensación de que algo estaba fuera de lugar.
No por el clima. Ni por el silencio. Sino por el vacío.
Alfonso no estaba en la cama.
Caminó hasta la cocina. No había café hecho. El cuaderno de los retos seguía cerrado sobre la mesa.
Fue al porche. No estaba.
Su pecho se apretó.
Lo encontró en la habitación del fondo. Sentado en el suelo, con la espalda apoyada contra la pared. Miraba un punto fijo en la madera del piso como si ahí viviera una respuesta.
—¿Todo bien? —preguntó ella, suave.
Alfonso levantó la mirada un segundo, y luego la bajó.
—Solo necesitaba pensar.
—¿Quieres que me quede?
—Preferiría estar solo un rato.
La frase cayó como una piedra al pecho de Gianna.
Él nunca pedía estar solo.
Era ella la que huía. Él, el que sostenía. El que abrazaba.
No supo qué decir. Solo asintió y se fue.
El día se le volvió eterno.
Lavó platos sin haber cocinado. Releyó sus páginas sin poder escribir una palabra nueva. Escuchó el sonido del viento como si esperara señales.
¿Estaba enojado? ¿Se había cansado? ¿Era ese el principio del final?
Y entonces, a media tarde, encontró algo sobre el cuaderno de los retos.
Una hoja arrancada.
La letra de Alfonso, inclinada y un poco desordenada:
Hoy no tengo palabras. Ni para ti, ni para mí.
No es culpa tuya.
No quiero lastimar nada, por eso me encierro un poco.
Te veo mañana.
Gianna leyó esta nota diez veces.
No lloró. Pero sintió algo abrirse en el pecho.
Así que algo inquietada decidió escribir las ideas que tenía sobre aquella leyenda y de pronto se sintió como Agnes esperando al conquistador.
Pensó en esa leyenda tanto, quiso meterse en el corazón del conquistador y hacerle cambiar de opinión.
Agnes debió buscarlo y no esperarlo, pensó ella.
Sintió que era momento de cambiar la premisa. Así que se levantó y tocó la puerta de aquella habitación. Ya se sentía agitada.
—Alfonso, por favor. No puedo con esto. Ábreme la puerta. Necesito saber que te pasa.
Alfonso no responde. Ella se recuesta sobre la puerta y espera alguna respuesta. Poder escuchar si está molesto o algo más le pasaba. Repasó todo lo ocurrido estos días y no sintió que nada mal.
Así mismo se levantó y se marchó hacia afuera. Intentó dejarlo pasar ya esta vez. No podía más que no romper aquella regla y darle su espacio.
Alfonso sale afuera a las horas pasar. La confronta.
Se veía raro, dubitativo.
Se para justo enfrente de ella y nota la diferencia de estatura.
—Gianna, ¿Tu me amas?
—Tú sabes esa respuesta.
—No es suficiente.
—¿Qué necesitas que haga para demostrarlo?
—Que me lo digas.
—Me siento presionada. No me gusta decir algo a las apuradas.
Alfonso baja la vista.
—¿Para qué hacemos esto entonces? —reclamó Alfonso.
—Porque queríamos ver si esto funcionaba.
—¿Qué es esto para ti?
—Una oportunidad.
—Sí como la tercera. ¿Cómo te sientes al respecto?
—Alfonso, calma. No se supone que tengamos eso ahora. Calma para conocer nuestros sentimientos.
—Tus respuestas me son insuficientes. Necesito algo, alguna dosis de ti. De lo que sientes. Dilo.
—Ok, el poema, lo que pasó ayer y todos estos días. ¿No es suficiente?
Alfonso retrocede. Apenado y temeroso. Supo que se estaba saliendo de control. Su ansiedad y sus dudas lo estaban consumiendo.
—Sé que decírtelo no suma nada. Pero el hecho de que estoy aquí, pude haberme ido hace rato. Pero sigo aquí contigo. Llevamos casi quince días aquí en la nada.
Él se mantuvo en silencio. No contestó nada, como si ella no hubiese dicho nada.
—Ok, respetaré tu espacio. Haré la comida y la dejaré en la mesa. Cuando quieras la tomas y no te preguntaré nada.
Gianna se marchó algo frustrada y se puso sus audífonos. Escucho toda la música posible mientras ordenaba un poco la sala y cocina.
Alfonso se encerró otra vez en su cuarto sin decir más.
Y así transcurrió el día, la tarde y la noche incluida.
Silencio un poco pesado, incómodo y solitario, pero Gianna llegó al punto que pensó que era necesario.
Se concentró en ella un rato y pensó en lo que le dijo él.
Y si ella estaba renegando algo. Si era ella la que estaba arruinando otra vez la cosas con su silencio.
Se sintió frustrada y al terminar todo se recostó en el sofá a dormir para no pensar más.
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escenas románticas, conflictos emocionales, lenguaje moderado
Editado: 11.07.2026