En la siguiente mañana mientras el sol se preparaba para comenzar, Gianna se levantó muy temprano y preparó el desayuno.
Ella revolvía algo en una olla pequeña y tarareaba una melodía bajísima, como si la canción solo viviera en su cabeza.
El aroma era suave, casi dulce.
Alfonso se acercó en silencio. Tomó su desayuno y ya habían pasado dos días desde que no se hablan. Ya se estaba convirtiendo en algo habitual. El silencio ya no incomodaba tanto pero la mantenía en alerta por si algún día se terminara.
Así que continuó su día generando ideas para un libro nuevo que quería escribir, pero nada le era suficiente. Cada rato arrancaba las páginas que no le gustaban.
Estaba haciendo ruido con eso.
Él se asomaba cauteloso para verla. Y se reía un poco al verla desordenada en la sala con tanto papel arrugado por el piso, sintió pena por ella. Hacerla sentir así sintió que no era justo.
Aun así dudó y se encerró de nuevo.
Pasaron las horas y ella seguía sentada en el suelo de la sala tratando de calmar su ansiedad. Meditaba mucho sobre el tema y ya era casi el tercer día en esto. Su silencio se volvía cruel para ella. Así que salió a caminar como de costumbre.
Fue hasta el lugar donde se sentaron el otro día y se sentó en una roca a repasar ese día. Si hizo algo malo.
Y de momento escucha un ruido entre los árboles. Asustada se sobresalta y agarra un pedazo de un tronco por si tenía que defenderse de alguna bestia.
Y ese ruido se acercaba constantemente como los latidos de su corazón que aumentaban.
Cuando estaba a punto de gritar, lo vio y exhalo aliviada.
Alfonso se asomaba muy extrañado de verla a punto de atacar a la nada. La miró con el ceño fruncido.
—Pensé que era un animal.
—Pues no. Soy yo, tranquila y baja ese tronco.
Ella lo soltó, y el tronco cayó cerca de sus pies. Alfonso dio un paso atrás justo a tiempo.
Él se acerca a ella apenado por llevarla un poco a la desesperación.
La mira a los ojos como para decirle algo de lo que siente pero no le sale nada.
Solo respira hondo y mira a su alrededor. El momento de por sí es incómodo.
—Vi los papeles que tiraste en la sala. No estaban mal tus ideas. —comentó él liberando el estrés por el silencio.
Ella lo miró y pensó en acusarlo por entrometerse pero no era necesario llevarlo a un drama eso.
—Lo siento por el desorden.—confesó ella.
—No pasa nada. Solo digo que esas ideas estaban bien. El conquistador pudo haber sido el monstruo.
—¿Tú crees? Porque también fue un ser humano y a lo mejor no la amaba como debía. Por eso se fue a otra parte.
—Pero puedes usarlo como base. ¿El monstruo conquistador de nativas?
Al mencionarlo así los hizo explotar de risa, liberando el estrés que quedaba.
—Lo tuyo es escribir, lo mío es dibujar. Cruzarnos sería un crimen.
—Yo no sé dibujar ni una línea derecha.
Ríen con más energía.
Quiso decirle que la extrañó, que le dolía verla apagarse. Pero sólo le salió una frase sobre papeles y monstruos. A veces, eso era lo más cerca que podía estar del amor.
Alfonso se sentó junto a ella sobre la roca, todavía sonriendo.
Por un momento, parecía que todo había vuelto a su lugar. Como si el silencio de los últimos días se hubiera lavado con esa risa inesperada.
Pero Gianna lo miró de reojo. Había algo distinto en sus ojos.
Como si una parte de él siguiera lejos.
—¿Estás bien? —se atrevió a preguntar.
Alfonso tardó en responder. Luego bajó la mirada hacia sus manos.
—No sé. Estoy tratando. A veces me sale mejor que otras.
Ella asintió, en silencio. No dijo “yo también”. Pero lo pensó.
El sol empezaba a caer entre los árboles.
Y aunque estaban juntos, sentados casi hombro con hombro, algo los separaba todavía.
No una pelea. No es una decepción. Solo esa grieta suave que nace cuando dos personas quieren quererse.
Antes de levantarse, Alfonso sacó algo del bolsillo: un pequeño papel doblado en cuatro. Lo dejó sobre la roca, entre los dos.
—Es el próximo reto.
—¿Lo escribiste?
—Hace un rato.
Gianna abrió el papel. Solo decía:
Hablar sin disfraz. Aunque cueste.
Ella no dijo nada.
Pero se lo guardó en el bolsillo como quien guarda una herida con cuidado.
Esa noche no volvieron a hablar.
Solo en la noche, se cruzaron para comer. Y lo hicieron en total silencio.
Gianna deseaba sacar aquella nota y dejarla sobre la mesa para que algo sucediera. Pero dejó sus ganas guardadas y solo se levantó a limpiar.
Luego se fue a la sala, se puso los audífonos y allí se quedó dormida.
Alfonso por su parte, la vigiló desde el pasillo y buscó una frisa para ella.
La arropó y besó su frente. Sintió el deseo de acostarse a su lado pero tenía miedo. De enamorarse más y quererla tanto como siempre. Porque sentía que cuando pasaba esto, la daba por sentado y algo pasaba que los separaba para siempre.
Se fue hacia el cuarto y se recostó. Por impulso agarró una almohada y se la puso en la cara para gritar. Se sentía frustrado, había algo en él que lo detenía siempre. Podía dar más de lo que daba, pero siempre se detenía por el miedo a dañar las cosas y a perderla.
Así que sintió ganas de llorar. Se odiaba un poco así mismo por dejarla así. Por ese miedo que lo paraliza. Siempre le enseñaron a ser un hombre que esperaba por lo que decía o sentía una mujer. Reprimía su verdadera forma de ser. Algo que poco a poco le mostraba a ella. Pero siempre se escondía, se detenía; por miedo.
El miedo, no le estaba dando respuestas.
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escenas románticas, conflictos emocionales, lenguaje moderado
Editado: 11.07.2026