Gianna escribió dos frases. Las borró. Escribió una tercera. La tachó también. El lápiz quedó quieto sobre el papel, como si esperara que la tinta viniera desde otro lugar. Desde un lugar que ya no sabía si todavía existía.
Alfonso estaba en la otra habitación. No lo veía desde el desayuno, pero sabía que estaba ahí. El silencio no se sentía como distancia.
Se sentía como en espera.
Mientras ella cerró los ojos.
Y de pronto, el recuerdo vino. No como pensamiento, sino como una imagen perfecta:
La van blanca.
La carretera.
Él dormido sobre sus piernas, respirando con ese ritmo que solo tenía cuando por fin bajaba las defensas.
Era la primera vez que sentía que alguien le pertenecía sin pedir nada a cambio.
No se decían nada, pero el mundo afuera no importaba.
Volvían de una fuga silenciosa, un acto de locura compartido.
Pero ella nunca se sintió tan en casa como esa tarde, en esa van, con su cuerpo tibio descansando sobre el suyo.
Hoy no sabía cómo volver ahí.
No porque él no estuviera… sino porque ninguno de los dos sabía cómo dormirse sobre el corazón del otro sin miedo.
Intentó acercarse a la puerta otra vez y levantó la mano para tocarla. Pero algo la detuvo. Volvía a la imagen de aquel chico dormido. Estaba feliz y cansado. En armonía.
Extrañaba eso con todo su corazón. Y sin querer volvía al pasado.
¿Cómo volver a esos momentos? Ahora estaban muy lejos de ello, como en la cima de una montaña, perdidos y viendo el precipicio acercarse sin hacer nada para que no pase.
Esta vez, todo se estaba acabando por más que lo intentaran.
Debería ahora romper la tierra en dos y hacer que luchen por sobrevivir. O simplemente caer por ese hueco y dejar que las cosas fluyan.
Gianna salió sumergida y abrumada por tanto pensar en estos días lo mismo. Corrió por el campo y llegó a otro punto incierto. Comenzó a llorar con la única fuerza que le quedaba. Ya no soportaba nada más esto. Su silencio sin razón, su distancia exagerada.
Llevaba días haciéndose cuenta que es normal. Pero odiaba ese silencio, la carcomía por dentro. Sintió como su respiración se agitaba, odiaba tenerlo tan cerca y sentirlo lejos como todo ese tiempo que estuvieron separados.
Ahora lo que ella sentía, que esa tierra rompiéndose era ella. Y él dejándola caer, como una vez prometió no hacer.
Su respiración iba en aumento, su dolor salía a flote, como si fuera lo único que la salvara y a la vez la hundiera.
Su pecho no cedía a la calma y no podía respirar. A su alrededor no había nada que la salvara esta vez. Se abrazó a sí misma y buscó en su mente algo que la relajara para liberarse de ese ataque que siempre llegaba en el momento menos necesario.
Lo único que la ayudó fue recordar lo mucho que lo amaba.
Lo único que la salvó fue un pensamiento. El día que llegó a su vida como un paracaidista. Aquel 15 de octubre, cuando se conocieron. Aquel mensaje y el efecto que siempre causó desde ese día.
Todo iba mejorando, no había algo que la sostuviera a ella. Solo el amor que sentía por él.
Cuando por fin su mundo dejó de dar vueltas se levantó y volvió a casa para limpiarse la cara.
Al entrar, Alfonso yacía en el porche dibujando algo mientras miraba a la nada.
Ella pasó por su lado sin mirarlo.
Él lo notó y también el rojo de su cara.
Sabía que no estaba nada bien.
Así mismo como el aviso de que ya todo se tenía que acabar. La dejó subir las escaleras de madera y la esperó al final con un abrazo. Ella ya se había calmado, estaba recuperando el aliento pero ese abrazo, la regresó a la vida.
La acompañó hasta la sala y se sentaron en el sillón juntos. La dejó acostada en su regazo como niña pequeña temerosa.
Él la miró dormida en su regazo y recordó cuando fue al revés.
Sonrió. Y sintió ganas de llorar.
Ahora la tenía indefensa, apagándose allí y quedándose dormida.
A las horas pasar, Gianna se levanta asustada, mira a su alrededor, nota que está en la cama. Nadie a su lado.
Se levanta con cuidado y va hacia la cocina asustada. Ve unas velas encendidas en algunas esquinas. Y un ambiente algo acogedor.
Era de noche y no se veía mucho. Así que observó con cuidado todo, para no llevarse una sorpresa.
Y allí estaba. Diferente.
Tenía una vela muy cerca de él así que solo se veía el rostro brillante.
Se acerca a ella y la invita a sentarse a su lado en el comedor.
—No soy nada bueno en esto de las cosas románticas. Lo más probable es que lo buscara por internet, pero ante la ausencia de eso, quise ser espontáneo. Esperemos que no se queme la casa.
Rieron ante el comentario.
—Gracias
—Mereces más de esto. Perdón por quedarme callado tanto tiempo. No sabía cómo decir las cosas o hacerlas bien. Así que preparé esto.
En la misma mesa había una cena muy sencilla.
—No sé cocinar, pero lo intenté.
Gianna asiente sin decir más. No sentía que era momento de responder, se sentía atascada y bloqueada por tanto.
—Vamos a comer y luego hay un nuevo reto.
Comieron en el mismo silencio que llevan días pero era más calmado. Ambos habían llegado a ese punto de paz y calma.
Luego Gianna miró hacia el centro de la mesa, aquella nota echa en una servilleta.
La toma sin esperar nada. Había un dibujo un poco difuso. Dos figuras que parecían bailar y abajo decía.
Hagamos lo que nunca hicimos antes.
Ella sonríe y él pone una canción desde su celular grabada.
Esta canción hablaba de un amor esperado por miles de años y el sentimiento de saber que estarías dispuesto a amar a esta persona por el mismo tiempo que la esperaste.
Alfonso, con las manos temblorosas le da un aviso a Gianna para que se una a sus brazos y comienzan a bailar.
Solo daban vueltas unidos, quizá no era el baile de espectáculo que querían. Eran dos cuerpos tratando de apaciguar y dos almas que se necesitaban una vez más. Y mientras giraban al ritmo lento de la canción, Gianna pensó que, por un segundo, habían vuelto a aquella van blanca.
#4697 en Novela romántica
#1351 en Chick lit
escenas románticas, conflictos emocionales, lenguaje moderado
Editado: 11.07.2026