30 días con mi ex

Capítulo 22

La luz del atardecer entraba oblicua por las ventanas.

Habían pasado el día entero caminando despacio entre árboles, hablando de cosas que no les dolían.

Gianna sentía, por primera vez en semanas, que algo suave se había vuelto a tejer entre ellos.

Al volver a la casa, Alfonso encendió unas velas.

—¿Quieres música? —preguntó.

—Sí —respondió ella, sin pensarlo.

Él fue hasta su celular.

Lo había tenido todo el día en silencio, como siempre.

Como desde que se reencontraron. Gianna sabía de esto y le daba curiosidad de saber porque el modo avión y un silencio en su celular.

Lo desbloqueó.

Deslizó con naturalidad.

Pero al salir del modo avión, algo cambió.

El teléfono vibró.

Y vibró otra vez.

Y otra.

Gianna, sin querer, miró la pantalla.

Alfonso lo intentó bloquear rápido. Pero ya era tarde.

La vista no alcanzó a leer más de una línea, pero bastó.

“Necesito que me hables. No sé si ella sabe.”

El sonido se apagó enseguida. La música no llegó a empezar.

—¿Quién es? —preguntó Gianna.

No con rabia. Con algo peor: con ese tono bajo que usan los que ya están heridos.

Alfonso bajó la cabeza.

—Es… alguien de antes.

—¿Antes de qué?

—Del reencuentro. Del ahora.

Gianna no dijo nada.

Dio un paso atrás. El cuerpo quieto.

—¿Alguien con quien…?

Él tardó demasiado en responder.

—Fue un intento. No fue real. No duró.

Pero sí, pasó.

La habitación se encogió.

Las velas parecían encender un incendio mudo.

—¿Y por qué no me lo dijiste? —dijo ella, sin levantar la voz.

—Porque pensé que no importaba.

—¿Cómo que no? Necesitaba saberlo desde el día cero, antes de hacer todo lo que hicimos.

Alfonso no supo qué más decir. Porque en el fondo sabía la verdad: porque lo había ocultado. No porque no importara. Sino porque no quería herir a nadie. Y aquella chica con quien tuvo ese intento era más bien a quién podía decirle todo lo que sentía y lo difícil que fue todo cuando acabó. Se sintió mal y quiso intentar reparar pero Gianna lo interrumpió.

—Tengo algo que decirte —soltó ella.

Se cruzó de brazos. No por defensa, sino para sostenerse.

El pecho le temblaba, pero no por culpa. Por la verdad que ya no quería esconder.

—Cuando terminamos, George apareció —empezó—. Otra vez. Como siempre.

Alfonso la miró. Ya no con sorpresa. Con ese gesto tenso que hace alguien cuando sabe lo que viene, pero igual le duele.

—Lo vi un par de veces.

—¿Un par?

—Algunas más.

Silencio.

—¿Pasó algo entre ustedes?

Gianna tragó saliva.

—Sí. Lo intentamos. Otra vez.

La frase quedó flotando entre ellos. Como si no supiera a dónde caer.

—¿Me estás diciendo que después de todo… fuiste a parar otra vez con él?

—No fui “a parar”, Alfonso. No fue un accidente.

—¿Y eso lo hace mejor?

Ella sintió que la garganta se le apretaba.

—Lo busqué porque estaba rota. Porque él estaba ahí. Porque siempre está.

—¡Claro que siempre está! —dijo Alfonso, levantando la voz por primera vez—.

Siempre está esperando que nosotros nos rompamos. Y tú se lo dejás fácil.

Gianna no respondió. No podía. Porque lo que decía era cierto.

—Cada vez que teníamos una crisis, él era tu colchón.

—Y tu no sabés lo que es no tener a dónde caer —dijo ella.

—¿No? ¿Y quién carajo piensas que te sostuvo durante años?

Ahí fue. Ahí dolió.

—Yo me quedaba, Gianna. Con miedo, con rabia, con mil errores, pero me quedaba.Tu te ibas. Siempre con el mismo tipo que “nunca significó nada” pero con quien siempre terminabas.

—Nunca dije que no significaba nada para mí. Él es alguien especial, antes de conocerte, él fue mi pareja.

—Eso no arregla nada ahora.

Ella apretó los labios. No podía negarlo.

Pero tampoco quería seguir cargando sola la culpa de todo.

—Nunca fui feliz con él —dijo, más suave—.Estar con George era como estar bajo techo pero con frío igual.

Alfonso cerró los ojos un segundo.

Y cuando los abrió, estaba cansado.

—¿Y conmigo?

—Contigo me quemo.

Silencio. Largo. Crudo.

—¿Y ahora qué hacemos con todo esto? —preguntó él.

—Lo miramos. Por fin. Sin esconderlo.

—Y si nos quema…

—Entonces qué nos queme de frente. No por la espalda.

El viento sopló justo en ese momento.

Como si el universo quisiera borrar lo que acababan de decirse.

Alfonso se levantó.

No con furia. Con resignación. Con el cuerpo cansado de tantas noches sin hablar lo que importaba.

—¿Y ahora? —preguntó él, sin mirarla.

Gianna cruzó los brazos.

—No sé.

—Porque esto... —se detuvo, buscó palabras—, esto no se arregla con una canción o una cena con velas.

—Lo sé —respondió ella.

—Ni con una tregua. Esto ya no está funcionando de verdad —agregó él.

Silencio.

—Entonces, ¿te vas? —preguntó ella, con la voz temblando.

—No lo sé. Capaz sí. Capaz necesito pensar sin tener que mirarte y aguantarme todo esto adentro.

Ella no respondió.

No lo detuvo.

Porque por primera vez no sabía si quería que se quedara o si prefería que todo terminara ya.

Alfonso caminó hasta la puerta.

Se detuvo un segundo.

—Yo te amé con todo, Gianna. Pero no puedo volver a pelear por alguien que, cuando me pierdo, siempre corre hacia otro.

Y se fue.

El sonido de la puerta cerrándose fue más fuerte que todo lo que se dijeron en semanas.

Gianna se quedó en silencio, con el eco de sus propias decisiones.

Tenía razón: siempre corría tras George.

Él era el abrigo sin peso, la voz que no juzgaba.

Pero también era eso: paz sin pasión, compañía sin vértigo.

Con Alfonso… era distinto.

Era caos, fuego, preguntas.

Era esa sensación de estar en el borde, sabiendo que podía caer… y aún así quedarse.




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