30 días con mi ex

Capítulo 23

Ya este amanecer no tenía la misma paz y tranquilidad de saber que estaba cerca como la mitad de este mes. Ya ninguno estaba listo para comenzar otro reto, alargar una tregua ya rota.

Ninguno intentaba hacer algo al respecto y encontrarse sin querer lo evitaban. Ya había pasado dos días más en lo mismo y ya cansaba. Esta vez Gianna Antonella estaba decidida a acabar, no estaba dispuesta a dejar que se cayera todo su ser por un silencio más incómodo que el anterior.

Estaba molesta, realmente molesta y no por aquella persona que estaba en la vida de Alfonso. Molesta consigo misma. Por hacer esto una y otra vez.

Tenía mil justificaciones para dar. Ella fue criada con miedo a tomar decisiones, su madre fue así todo el tiempo. Su padre solo quería mostrar un solo camino y si alguien se salía de ese camino, la iba a pasar muy mal.

Petra, su madre, llevaba años intentando irse, dejar o escaparse sin decir más. Y eso fue lo único que vio en su vida. No darle la cara a los problemas, usar a otras personas como refugio y huir.

No había otra forma de hacer las cosas. Ahora no iba a discutir si ella tenía la razón o no.

Su orgullo y su manera de reprimir esta vez, le recordaba que podía caer y podría lastimar como antes. Y aunque en el ambiente se sentía que ya todo estaba perdido, quería apagar esa furia. No quería herirlo más.

Y volvía ese pensamiento, de que lejos le haría bien a los dos. Así que ya era el momento de poner un supuesto punto final, sin decirlo. Guardó lo que pudo y se llevó un par de cosas para comer en un camino incierto. Se llevó una sábana y prometió cuidarse lo más que pudiera.

Espero que Alfonso diera aquel eterno paseo que daba en las tardes y volviera a casa. Tenía ganas de despedirse, pero en cuanto se vieron no quiso decir nada.

Gianna sintió que su corazón se partía en dos, pero supo que era el mejor momento.

Cuando él ya no salió más de su cuarto, agarró la mochila y se fue. Riesgoso

Ya era el amanecer cuando se fue. Cerró la puerta con delicadeza y dio dos pasos hacia el porche. Miró hacia la esquina y vio un canva perfecto. La imagen se le hacía parecido al poema que escribió. Nunca supo cuando Alfonso había dibujado esa obra de arte. De sus ojos salieron espesas lágrimas y buscó en su mochila la libreta de sus poemas. Arrancó el poema y dejó justo abajo del cuadro. Se secó las lágrimas y se fue.

Esta vez escapando, de todo.

No había un George esperándola en la salida ni un Alfonso rogando que se quede.

Estaba totalmente sola y por primera vez sintió que así debería volver a empezar su vida.

En la madrugada el frío ya estaba presente, la neblina se despejaba. Sabía que el camino iba a ser pesado, pero no le importaba.

Caminó hasta una cuadra y decidió detenerse, recordar el día en el que regresó a casa con Alfonso. Algo que le dolió mucho. Parpadeó muchas veces, sentía que tenía que soltarlo y armarse de valor.

Más adelante, esa misma mañana.

Alfonso se levantaba, bien pesado esta vez. No se sentía nada bien, solo tenía que existir hasta nada en realidad.

Se mueve en la casa y supone que ella estaba caminando en la mañana como era de costumbre. Así que se encoge de hombros y prepara el desayuno.

Al terminar se da cuenta que preparó dos desayunos, ya hacía las cosas como en modo piloto para ella. Así que lo dejó allí no pudo hacer más que desayunar y quedarse en silencio muchas horas más.

Pero al pasar el día, se quedó en el sillón de la sala mirando hacia la nada. Esperaba que ella regresara para entonces él desaparecer por la tarde.

Y no le pareció extraño de momento, ella ya hacía eso en toda su relación. Supuso que aparecería en la mañana del otro día como si nada. Así que se encerró en el cuarto nuevamente. Tratando de estar atento a sus ruidos. Pero nunca volvió.

Salió del cuarto a la mañana siguiente, ya habían pasado dos días de esto. Y notó que el desayuno del día anterior seguía allí. Así se encendieron las alarmas en su interior. Algo no andaba bien.

Buscó por todas las habitaciones llamándola casi a gritos.

Salió afuera y la buscó por todo el patio, fue hasta la piedra donde estuvieron hace poco miró hacia abajo y volvió al otro lugar donde con mucho amor le hizo aquel picnic.

Su corazón estaba latiendo con fuerza por miedo. Puso sus manos en la cabeza.

Volvió a la casa y pensó en la mochila con la que ella vino.

No la vio.

Ninguna de sus pertenencias estaba cerca. Fue hasta el porche por el ruido de la lluvia, que confundió con ella. Y buscó a su alrededor con desesperación y se sentó repasando todos los lugares donde la buscó y de momento mira hacia el cuadro que dibujó el otro día.

Se acerca a él porque había algo moviéndose, como un papel.

Lo lee y se da cuenta que es el poema que ella le escribió. Lo arruga sin pensar. Sabía que ella se fue para siempre de allí. Se sienta de nuevo en las escaleras del porche. Suspiró derrotado, la había perdido.

Pero se detuvo a pensar, en que el camino no era nada bueno para alguien solo. Y que ella pudiera estar en peligro.

Si su decisión era irse, estaba dispuesto en este momento a hacerlo formalmente, pero lo que no estaba dispuesto era a perderla en el camino incierto.

Se debatía mentalmente en irse tras ella y buscarla, sabiendo que tenía que ayudarla a irse a su casa otra vez.

O tratar de hacer algo al respecto. Pero ninguna de sus opciones era dejarla irse para siempre así.

Lloró como niño pensando que a este punto algo malo había pasado con ella. No sabía desde cuando desapareció. Qué más podía hacer si ella tenía esa forma de ser.

Pero esta vez, aunque sea para un adiós para siempre, tenía que saber de ella.

Se armó de valor, cerró la casa bien y fue tras ella.




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