30 días con mi ex

Capítulo 24

La soledad se veía así, como una chica cruzando caminos sin una señal. Todo era oscuro, sin él todo seguiría oscuro.

No podía ver nada y cansada se detenía. Vio como el sol se iba dos veces y su camino parecía eterno. El miedo, el frío y la forma del camino. Nada consistente.

Así era su vida sin él. Cada que terminaban los primeros días se sentía firme y muy prepotente; se decía a ella misma que estaría muy bien sin él. Luego de esos días, todo iba en declive. Se estaba despertando el dolor, el arrepentimiento y se cerraba con el mundo entero.

Recuerda cuánto le dolían esos días, aunque seguía fuerte con su decisión o huída.

Pero sus errores la visitaban como el frío de esa noche incierta que atravesaba en medio de la nada. Lo hirió, otra vez, quizá sin piedad y pensó que era lo necesario.

Lo que no esperaba es que el dolor despertara cada día de aquel año. Haciendo que todas sus mañanas fueran lo más pesadas posibles. Ya no había llamadas en la mañana, ya no escuchaba su voz en la tarde. Ya no estaba para hacerse el gracioso o discutir por algo tonto. Ya no estaban esos momentos de pasión de cada noche. Ella creó un hueco profundo en su vida cuando lo dejó.

No sabía si era dependencia emocional, como le decían. O era la representación clara de que Alfonso era ese ser que ella necesitaba para vivir.

Y vivir sin él a su alrededor se hacía eterno, como un duelo que nunca acaba.

Daba pasos extraños, se iba de lado a lado. Pero persistía que tenía que continuar su camino.

Ya no encontraba una razón clara para seguir. Y si alguna vez la tuvo, era él.

Aunque fuera errático, con emociones dispares y actitudes extrañas. Lo amaba.

Ese dolor día tras día la lanzaba a la orilla de un precipicio mental. Siempre supo que había hecho las cosas mal y se lo repetía incansablemente. Pero cómo lo podía borrar si volvía a repetirlo todo.

Ya era tarde. Para volver a esa casa y para repararlo todo. Porque si decidiera volver, esta vez, las cartas de disculpas serían más largas. Los mensajes de repente que le enviaba cuando la tormenta pasaba, ya no tendrían la fuerza que los hacía unirse otra vez.

Esta vez, había tomado una decisión radical que marcaría otro comienzo sin tanto drama.

La lluvia comienza a caer, y esta vez con fuerza, con viento. Llevándose de todo y poco a poco derrumbándose en la turbulencia. Se detuvo debajo de un árbol, abrazando su cuerpo y esperando a que pase.

Se dejó caer contra el tronco mojado, sin fuerza para fingir que podía más. Sus piernas no temblaban: ya no estaban. Solo quedaba el cuerpo, y el peso de todo lo que no pudo decir.

En la mitad de la desolación, siempre sentía que tenía que volver a él, se daba cuenta de sus errores y lo buscaba, pero cuando veía que estaba empezando a brillar sin ella, le dolía pero lo dejaba ser.

El frío la atravesaba, pero no se movía. La lluvia era otra forma de rendirse, y ella no tenía nada con qué luchar.

Porque ahora lo sabía: esta vez, no estaba escapando de Alfonso. Estaba escapando de sí misma.

Caminaba como si el cuerpo le perteneciera a otra persona. Las piernas seguían, pero no sabían a dónde. El bosque parecía girar.

La tierra era húmeda y cada paso la hundía un poco más.

La niebla se acumulaba como una sábana de recuerdos rotos.

Entonces, lo vio.

A lo lejos, Alfonso la miraba.

De pie.

Inmóvil.

Pero sus ojos eran de otro tiempo. De cuando reían en la cocina por haber puesto demasiada mayonesa. De cuando dormía con su cabeza en su pecho.

Ella intentó gritar su nombre, pero no tenía voz.

Solo el eco dentro de su pecho, latiendo demasiado fuerte.

Y luego, el niño. Pequeño. Descalzo. Riendo.

Corriendo a su alrededor como si la conociera. Como si fuera parte de ella.

Como si la vida que no tuvieron le reclamara haberla dejado ir.

Quiso extender los brazos. Quiso correr tras ellos.

Pero el mundo se inclinó.

El bosque se rompió en pedazos y Gianna cayó.

El golpe no fue violento, fue seco.

Lo último que vio fue una hoja cayendo muy lento.

Y la sensación de que había olvidado algo importante...

Su nombre, tal vez.

Cuando abrió los ojos, el techo era de madera. Había silencio.

Un olor a tierra y algo viejo.

No recordaba cómo había llegado ahí. No recordaba el golpe.

Solo sabía que no estaba sola. Alguien había dejado agua al lado de la cama.

Y la puerta estaba cerrada…

Por fuera.

La cama crujía cada vez que se movía, como si no quisiera que despertara del todo.

No sabía si estaba viva, si estaba soñando, o si se había convertido en otra cosa:

Un cuerpo sin dueño.

Un pensamiento suelto.

Se incorporó con dificultad, y la manta áspera cayó al suelo con un sonido hueco.

No había ventanas, solo un tragaluz opaco por donde entraba una luz que no sabía si era del amanecer o del fin del día.

Se tocó la frente.

Tenía una herida leve, pegajosa.

Sangre seca.

Se arrastró hacia la mesita de madera. El vaso de agua estaba allí, pero no lo tocó.

Había algo en él que le daba desconfianza.

Como si no se lo hubieran dejado para ayudarla…

Sino para vigilarla.

El silencio era espeso, como si las paredes respiraran.

Escuchó un crujido. Afuera.

Pasos.

Una voz, o tal vez un lamento.

O quizás su cabeza, volviendo a inventar realidades.

Se levantó con torpeza.

La puerta estaba cerrada, sí.

Pero también tenía marcas. Arañazos.

Como si alguien, alguna vez, hubiera querido salir y no lo dejaron.

Se estremeció.

No por el frío sino por algo más profundo. Algo en su cuerpo le decía que no estaba allí para descansar.

Apoyó la frente contra la madera y por un segundo, deseó volver al bosque.

A la lluvia.

Al suelo mojado.

A ese momento en que todo dolía, pero era suyo.




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