Antes de irse, Alfonso miraba a su alrededor, había cosas que podía llevar y otras no. No se podía llevar esta vez su orgullo de hombre para poder salvarla. Su corazón estaba herido, todo de él estaba herido. Pero llorar en la cama y retroceder no la iba a salvar.
Ni a ella del peligro, ni a él de lo incierto.
Esta vez no quiso esperar a que ella le enviara ese mensaje de disculpas. Esta vez era él, volviéndose el hombre que muchos esperaban. Capaz de buscar y hacer lo que pensó que debía por alguien que amaba.
El miedo lo rodeaba en seguida, sus manos temblaban pero su mente seguía indicando lo que tenía que hacer. Busco por la casa algunas cosas que funcionaran como un arma y salió.
Jamás haría daño a nadie. Aunque muchos juraran que tenía oscuridad por dentro, solo era una coraza que él ya ni sabía cómo quitarse.
Hay un gran corazón allí.
Tierno, lleno de amor pero ausente de él. La vida le había dado duro desde el día cero. Desde pequeño.
Por eso no encajaba en todas partes ni con ninguna otra persona. Solo con Gianna.
Ella a veces podía ser su medicina pero también la incorrecta.
Pero en ese momento no le pasó por la cabeza rendirse y quedarse. Porque sabía que era la última chance.
Así que salió a buscarla aquel amanecer.
Se puso su habitual abrigo de cuero y aunque no iba en perfecta combinación como a él le gustaba, se puso todo en los bolsillos y salió.
Comenzó a caminar despacio y aceleró sus pasos por ansiedad. Miraba a todas partes con desesperación y su celular comienza a vibrar de nuevo. Un mensaje nuevo
Ni quiso leerlo, iba enfocado en su camino y en no retroceder.
Porque sí, siempre pensó en retroceder y buscar otras razones para dejarla ir.
Algo que siempre hacía.
Pero esta vez había una furia dentro de su corazón que nadie veía. Un fuego, una decisión firme.
De pronto escuchó la bocina de un auto muy cerca.
—Joven, ¿Qué hace por aquí tan temprano?
Volteó al darse cuenta que era el señor que vive cerca de la casa, quien lo ha estado ayudando en todo este tiempo. Le sonríe y ve allí la oportunidad de salvar a su chica.
—Estoy buscando a mi novia. Está perdida.
El señor vio la desesperación en sus ojos.
—Vamos, entra y te ayudamos.
Alfonso entra con nerviosismo en la parte de atrás del auto. Ya que en el asiento del pasajero estaba la esposa del vecino.
—Muchas gracias de verdad— dijo Alfonso con su voz quebrada.
—¿Qué le pasó a tu novia?— pregunta la señora muy preocupada.
—Discutimos y se fue. Tengo miedo de que algo le haya pasado. Ella no es de aquí, no conoce nada de este lugar.
—¿Hace cuanto se fue?
—Hace dos días y medio.
—A este punto tiene que estar por la mitad del camino. En caso de que haya ido hacia el camino del puente— comentó el señor mirando por el retrovisor a Alfonso.
La señora se voltea en su asiento para mirar a Alfonso. Quien estaba nervioso y con sus ojos aguados.
—Tranquilo, la vamos a encontrar, te lo prometo— posa su mano en la de él. — Se nota que la amas mucho.
Alfonso asiente y deja escapar una lágrima de sus ojos.
—Ojalá no le haya pasado nada malo.
Terminó diciendo al escuchar el auto rugir con mucho esfuerzo. Pues era una pickup de color rojo vieja que temblaba en el camino.
En realidad era él mismo temblando de miedo o quizás era él mismo el que temblaba.
De amor.
De rabia.
De no saber si iba a llegar a tiempo.
Gianna abrió los ojos por segunda vez, pero no sabía si era un nuevo día o el mismo infierno.
El tragaluz seguía dejando entrar una luz gris, indefinida, como si el tiempo no se moviera en ese lugar. El vaso de agua seguía ahí, pero más tibio.
Alguien había entrado. Alguien la estaba observando, aunque no lo hiciera de frente.
Intentó incorporarse, pero el cuerpo aún no respondía del todo.
La herida en la frente palpitaba con una fuerza incómoda.
Había algo distinto en el aire: olía a humo.
No humo de incendio… humo de leña.
¿Estaban cocinando? ¿Quién? ¿Por qué?
Se arrastró un poco más hacia la puerta.
Escuchó pasos.
Voces.
Una. Grave. Masculina.
Y otra… ¿era una radio?, ¿o estaba alucinando otra vez?
Entonces lo vio por la hendija de la puerta.
Un hombre, de espaldas, moviéndose lento, como si hiciera todo sin apuro.
Llevaba un gorro y una camisa manchada. Parecía cortar algo… zanahorias, quizá.
Gianna retrocedió con el corazón retumbando.
No sabía si hablar, si pedir ayuda, si quedarse quieta.
No sabía si ese hombre la había salvado…
o la había elegido.
Se apoyó contra la pared de madera.
Todo crujía.
Todo sonaba demasiado fuerte.
Como si ese lugar no estuviera acostumbrado al movimiento.
Y ahí, otra vez, la voz de su mente:
¿Dónde está Alfonso?
Por primera vez desde que despertó, lo llamó en voz alta:
—Alfonso…
Pero su voz no atravesó la puerta.
Ni la madera.
Ni el miedo.
—Alfonso… —susurró Gianna, sin saber si su voz cruzaba el espacio o solo rebotaba en su mente.
[...]
En ese mismo instante, a kilómetros de allí, Alfonso bajaba de la camioneta del señor en medio de un camino de tierra, flanqueado por árboles y sombras.
La lluvia había cesado, pero el barro quedaba como testigo de las últimas horas.
El aire era húmedo, pesado, como si todo a su alrededor supiera que el tiempo corría en su contra.
Se acercaron a una pequeña tienda donde vendían pan, cigarrillos y linternas oxidadas.
Había una mujer sentada en la entrada, con un pañuelo en la cabeza y la mirada fija en el camino.
Alfonso apenas podía sostener la ansiedad dentro del pecho.
—Disculpe… ¿Vio a una chica pasar por aquí? Pelo castaño claro, caminaba sola, algo perdida quizá…
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escenas románticas, conflictos emocionales, lenguaje moderado
Editado: 04.08.2026