30 días con mi ex

Capítulo 26

El sonido de la puerta al abrirse fue diferente esta vez.

No lento, no cuidadoso.

Fue seco, decidido.

Gianna se incorporó como pudo, su espalda contra la pared, los dedos helados. Su piel como gallina, el miedo rondaba por todos lados.

El hombre entró.

Más alto de lo que imaginaba, o tal vez era el miedo el que lo agrandaba.

Llevaba una taza en una mano y una linterna en la otra.

Su mirada no se detuvo en nada. Solo en ella. Una mirada que daba miedo en todo momento.

Como si estuviera perdido en una película de terror.

—Estás despierta —dijo con voz baja, casi neutral.

—Sí —respondió ella, tensa.

Trataba de dar la impresión de que no sentía miedo, porque no sabía de que sería capaz esa persona. Pero por dentro veía su final. Y aunque quería sobrevivir a esto, también sentía que esta era su recompensa a tanto daño que hizo alguna vez.

Él dejó la taza sobre la mesita. No era café. Era algo turbio, sin olor claro.

—No preguntaste nada —dijo él, mirándola como quien analiza un objeto.

Ella tragó saliva.

—No sabía si debía.

El hombre sonrió con una lentitud perturbadora.

—Bien. Esa es una respuesta sensata.

Dio dos pasos hacia ella.

Gianna no se movió. Pero todo en su cuerpo temblaba. Su cabeza dolía mucho y latía. Algo en ella se estaba perdiendo cada vez más. Ya no sentía su vida segura.

—Este lugar —dijo él, señalando el techo de madera— está lejos de todo. Lejos del ruido, lejos de errores. Lejos de gente que no sabe lo que quiere.

Ella quiso hablar. Pero no lo hizo. Pensó en lo que dijo, como si todo fuera sacado de un libro. Como si ella alguna vez lo hubiera escrito en alguna página.

Él inclinó la cabeza.

—Puedo cuidarte.

—¿Cuidarme?

—O puedo dejarte ir —añadió, como si hablara de cambiar de canal en la televisión.

Gianna sintió un escalofrío.

—Pero si te vas… —dijo él, bajando la voz aún más— no te aseguro que llegues muy lejos.

Hay zonas del bosque donde nadie escucha. Donde nadie encuentra nada.

Y entonces, la amenaza quedó flotando en el aire.

No era explícita. Pero era suficiente.

Él se dio media vuelta. Se detuvo en la puerta.

—Tienes hasta que caiga el sol para decidir.

Quedarte… o salir y perderte.

Cerró la puerta detrás de sí. Esta vez no con llave. Pero el sonido fue igual de brutal. Recordó cuando Alfonso la cerró de golpe el otro día y se estremeció. Estaba dudando de todo si era real o no.

Esta vez esa puerta sonó, sin traba. Pero eso no significaba libertad.

Era peor: significaba que la decisión era suya. Y que él la estaba observando.

El sol descendía como si lo empujaran.

Cada minuto era más oscuro. Más frío.

Gianna respiró hondo y se obligó a moverse.

Revisó sus bolsillos. Nada útil.

Unas notas revueltas y entre ellas la servilleta del reto del otro día. Cerró sus ojos con tanto dolor y recordó cuando bailaron aquella noche. Cuando se entregaron al otro sin miedo nada. Que fue una de las mejores noches de su vida. Y se arrepintió tanto de haberse ido así.

Lo extrañaba tanto. Y ahí se dio cuenta de su verdadero espacio seguro.

Se acercó a la ventana.

El cristal estaba opaco, pero podía ver árboles. Y algo más allá… una silueta pequeña.

¿Una antena? ¿Un vehículo? ¿Una persona?

El corazón se le aceleró. No podía esperar. Si se quedaba, era su jaula. Si salía, podía perderse. Pero al menos saldría en su propio nombre.

Mientras en el bosque Alfonso, lleno de miedo, pasaba entre los árboles apretando sus ambas manos. Preparándose para lo que sea.

Miraba hacia todas partes, pero la sombra no dejaba que viera la realidad de las cosas. En una se detuvo a recuperar el aliento. Mira hacia la distancia, algo como una cabaña, fuego y temor de lo que iría a encontrar.

Lo pensó, podía estar en medio del peligro. Pero ella lo impulsaba, recuperarla era lo que necesitaba. Hace mucho, huía de la posibilidad de buscarla. Esperaba que mágicamente ella apareciera en su vida, con ese mensaje que le parecía tonto y tierno.

Esos perdones, le sonsacaron el alma. Les molestaba pero los agradecía y tardaba un día en decidirse si le escribía. Muchas veces lo hacía y regresaba a ella en un segundo. Porque la extrañaba mucho y amaba demasiado. Ese demasiado que nadie podía entender. Ni siquiera todos a su alrededor lo querían entender.

Pero esta vez, no estaba ningún mensaje en su bandeja de entrada. Había miedo, silencio y una decisión. Salvarla de ella misma.

Alfonso resbaló con el barro por tercera vez.

Se levantó sin quejarse.

Tenía el pecho lleno de piedras, pero no podía parar.

El aire era más húmedo.

Los árboles más apretados.

Y allí, acercándose un poco más, entre la niebla, lo vio:

La cabaña.

Pequeña, deshecha por el tiempo, con humo saliendo por una chimenea torcida.

Una silueta se movía por detrás de la ventana.

—Dios mío… —susurró.

Empezó a correr, sin pensar. El corazón latiendo como si también supiera que estaba cerca.

Se escondió detrás de una columna al llegar a la cabaña y vio a un hombre, todo desaliñado, que parecía perdido en otra parte del mundo. Estaba con un cuchillo en la mano, pelando una fruta de manera violenta. Apretó sus manos con fuerza.

Se movía entre las paredes y sin querer, sus pasos hacían ruido en el pasto.

—¿Quién anda ahí?— preguntó el hombre como si nada. Y entró a la cabaña.

Se escuchó un grito ahogado de una chica. Alfonso se puso en alerta, sabía que era ella.

Y buscó entre la fogata algo para defenderse. Solo había pedazos de tronco y leña quemada ya. Intentó moverse sigilosamente entre el pastizal. Y escuchaba como suplicas de ella que no le hiciera daño.

Buscó la puerta y estaba abierta. Pero sabía que cualquier ruido adicional acabaría con ella.




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