Gianna gritó como nunca cuando vio a aquel hombre con el cuchillo en la mano.
—¿Qué estás haciendo?— preguntó el hombre, sospechando de ella y aquellos ruidos. —Dije que hasta la medianoche y no estás cumpliendo con tu trato. ¡Maldita sea!
—Déjeme ir, por favor. No diré nada de esto— rogaba ella sin fuerza.
—Ahora que lo dices, no va a ser tan fácil. Por tu culpa misma. ¿Quién te manda a caminar por estos lugares sola?
Gianna se mueve en el lugar y comienza a empujar cosas contra él. Hasta que él llega a ella y la agarra por el cuello. La alza contra la pared y la mira fijamente a los ojos.
Alfonso se arrastraba por las paredes de esa cabaña, buscando algo y encontró una ventana.
Hasta que la vio.
Vio al hombre sosteniendo contra la pared a Gianna y vio su herida en la frente. Se enojó consigo mismo y agarró ese coraje para defenderla. Tomó un tronco y todas sus fuerzas le dio a aquel hombre en la cabeza.
Se tambaleó y soltó a la chica quien cayó al suelo débil.
—¡Gianna! —gritó.
Ella intentó reaccionar.
Por un segundo, no supo si era real.
Si era otra alucinación.
Pero no: era Alfonso.
Con barro en el rostro, con las manos temblando, con el pecho abierto de tanto correr.
No hizo falta explicar más.
Alfonso la alcanzó, la sujetó del brazo e intentó cargarla y como pudo corrió afuera con ella.
Detrás, la silueta del hombre apareció entre los árboles, jadeando, gritando cosas sin sentido.
—¡Eran míos! ¡Todos se van, pero tú no!
Alfonso giró y lo vio acercarse, más descontrolado que violento.
Levantó una piedra. Nada más tenía.
De momento Gianna se despierta como si tuviera poca energía almacenada y lo ve a él.
Alfonso asustado la suelta.
—¡Sigue corriendo! —le gritó a Gianna.
—¡No voy a dejarte solo!
El hombre tropezó en una raíz.
Alfonso aprovechó, retrocedió unos pasos, lo miró a los ojos y le gritó:
—¡Ella no es tuya! ¡Ni ahora ni nunca!
El hombre lanzó un grito gutural, como si no pudiera entender qué estaba pasando.
Y en ese momento, una tercera figura apareció desde el bosque.
—¡Basta! —gritó una voz femenina.
Era la esposa del vecino, con una linterna en mano y su esposo detrás, apuntando con un bastón.
—¡Llamamos a la policía! —gritó ella— ¡Ya vienen en camino!
El hombre retrocedió.
Por primera vez, pareció frágil.
Como si se diera cuenta, demasiado tarde, de que el juego había terminado.
Gianna cayó de rodillas.
Alfonso fue hacia ella y la sostuvo.
No dijeron nada.
No hacía falta.
El cuerpo de él la cubría.
Y aunque todo temblaba alrededor, por fin no era el miedo lo que los unía.
A las horas pasar…
Gianna se sentía más cómoda esta vez, en una cama de sábanas blancas, como si estuviera en el cielo.
Y de pronto mirando a su alrededor, encantada con aquella habitación donde se respiraba aire puro. Allí estaba, con la cabeza recostada de la esquina de un sillón cerca de la ventana. Alfonso dormía un poco.
Se movió algo desesperada por levantarse de la cama y alcanzarlo, pero su cuerpo estaba realmente débil. Llevaba como tres días sin comer y eso para ella era muy peligroso.
De pronto se asoma una señora, con un rostro cálido parecía ser la más dulce del planeta.
—Tranquila, descansa un poco más.— dijo entre susurros.
Gianna tuvo miedo, pero cuando posó su mano por el hombro de ella, sintió paz. Sabía que estaba en buenas manos.
—Me llamo Olga, soy la vecina. Me da gusto que estés bien. Descansa un poco más, para que puedas comer algo y reponerte, estás muy débil querida.
Ella asintió y se recostó nuevamente.
Pero oscurecía un poco y se levantó asustada esta vez, ya más tarde.
Ve que no está cerca de ella. Se asusta de nuevo y trata de ponerse de pie.
Su cuerpo la vuelve a traicionar de nuevo en la cama.
—¿Qué estás haciendo?
Alfonso le cuestiona y pone la bandeja de comida que tenía en las manos en una mesa con cuidado.
La recuesta en la cama y se sienta al lado de ella.
—Estás aquí.— comenta ella con una sonrisa.
Alfonso le sonríe algo cansado.
—La señora Olga, preparó un caldo de pollo para ti.
Ella asiente sin más que decir.
Él busca la bandeja y con cuidado intenta alimentarla como a una bebé.
En medio del tercer bocado, Gianna rompe a llorar.
Alfonso se detiene y espera a que ella esté mejor.
—Perdón, perdón. No tenía que hacer esto. No tenía que huir. Perdón
Alfonso baja la cabeza aún sensible por el tema. De sus ojos brillosos solo hay una señal de esperanza y tranquilidad. No tenía que reprocharle nada ahora.
—Lo que cuenta es que estás bien. Que pudimos llegar a tiempo y salvarte de ese lunático.
Alfonso acaricia su frente y la herida que tenía, estaba perfectamente cocida y tapada por un parche especial. Ella ni se había dado cuenta de eso.
—Estás bien, es lo más que me importa ahora— dijo con sus ojos aguados y su voz quebrada.
De sus ojos salían lágrimas y Gianna se arrepentía de esto. De causarle tanto daño.
Ya no quería pelear contra nada. Ni siquiera contra el pasado ni repasar mentalmente todo el hecho, el peligro del que fueron salvados por personas maravillosas.
Él solo la quería a ella. Sin nada, con todo. Pasado, presente y futuro.
Esta vez, no había palabras, no había nada. Es como si todo se dejará atrás de una manera magnífica. La tregua se rompió de una manera abrupta, como una soga que se parte en dos por la fuerza.
Él siguió alimentando a Gianna, con todo el amor del mundo. Porque de él emanaba eso, desde su piel, sus abrazos, sus besos y las caricias. No había nada en el mundo que se comparara con él. Aunque le faltará coraje para demostrar lo que sentía a veces.
Y en cada gesto de él, Gianna reconocía algo más fuerte que las heridas:
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escenas románticas, conflictos emocionales, lenguaje moderado
Editado: 04.08.2026