30 días con mi ex

Capitulo 28

El silencio era distinto esta vez.

No pesaba. No apretaba el pecho.

Era un silencio tibio, como si por fin el mundo se hubiera tomado un respiro.

Gianna se incorporó con dificultad. Su cuerpo todavía sentía el eco del miedo, pero la habitación tenía algo de paz.

La luz entraba desde la ventana de forma suave, como si el día supiera que no debía gritar.

En la pared del comedor, un calendario colgado marcaba los días de aquel pacto extraño.

Había cruces rojas en cada casilla.

Veintidós en total.

Alguien —probablemente Alfonso, en medio del caos o la rutina— había seguido tachando.

Incluso cuando ella ya no estaba. Incluso cuando no sabía si volvería.

Gianna se acercó despacio. Miró el día veintitrés, aún limpio.

Un espacio en blanco.

Como si el universo no hubiera querido escribir nada más después de la tormenta.

Cerró los ojos.

Por primera vez, no pensó en lo que había perdido.

Pensó en lo que todavía estaba.

Va a la alacena y toma una taza para prepararse un café, desde que volvieron a la casa han estado distanciados pero tranquilos. Sin querer se le resbala la taza de café y cae a sus pies todos los pedazos de cerámica.

Alfonso asustado entra a la casa.

—¿Qué estás haciendo?— pregunta asustado.

—Solo vine por café y se me resbaló. Perdón.— contestó nerviosa.

Alfonso la miró algo molesto y recogió los pedazos para echarlos a la basura.

—Pudiste haberme llamado y yo te lo preparaba. Si no te hubieses adelantado, estás cosas no pasarían.

Gianna quedó en silencio porque ya no sabía si estaba hablando de la taza o de lo que pasó.

—Perdón yo… no debí hacerlo.

Él la mira con la misma duda que ella.

—No pasa nada.

—Si pasa.

—Vamos a dejarlo atrás. Estamos bien, estás bien y eso es lo que importa.

—Tienes razón. Aunque no sé cómo hacerlo.

—Yo sí, quedándose quieta en la cama y dejando que te ayude.

—No eres mi sirviente y puedo hacer las cosas sola.

—Eres muy buena haciendo las cosas sola— dijo Alfonso con sarcasmo. Algo de él si estaba molesto pero ni él mismo sabía que era.

Gianna se mueve entre algunas piezas de la taza rotas en el suelo y se va para el sillón a mirar por la ventana.

Alfonso recoge y luego prepara café para ambos. Los sirve y se sienta cerca de ella para verla tomárselo. Como si estuviera esperando una respuesta. Ella por su parte no lo quería mirar. Tenía los ojos aguados por el comentario.

—No paro de hacer las cosas mal— confiesa ella con su voz quebrada.

Alfonso posa su mano en su hombro como en forma de apoyo. Pero ella siente que no es suficiente. Que algo cambió desde que se fue.

—No es eso. Es que eres como el viento, decides por donde aparecer y no mides lo que puedes llevarte por delante con tus acciones.

Ella lo mira algo cansada de sus acusaciones indirectas y decide callar. Ya ella sabía que por este camino las cosas no iban a estar bien y que él se lo va a repetir hasta que lo olvide. Y dato curioso de él es que no sabe olvidar lo malo.

Así que piensa que es mejor irse a dormir al cuarto, aunque su mente no la dejaba en paz.

Alfonso por su parte se fue a fuera y se quedó rompiendo troncos, reprimiendo todo lo que sentía. Buscando en su interior si debía seguir intentando algo o dejarlo ya acabarse. Faltaba poco. Sabía cuánto faltaba y en este punto sentía miedo.

La amaba pero no sabía si dejarla ir, si sería lo mejor o intentarlo.

Pensó en regresar y pedirle disculpas por lo que dijo. Pero su ego estaba herido desde ya sin hacerlo. Sentía que tenía el derecho de molestarse pero intentaba entenderla.

La noche era casi inmóvil.

Alfonso dormía, o eso creía ella.

El leve vaivén de su respiración era lo único que se movía en la sala.

Gianna se sentó al borde de la cama con cuidado.

Sentía el cuerpo bien, pero el alma se le caía a pedazos.

Ya nada iba a ser igual desde este punto en adelante, ella había destruido bastante, pensaba. Y para mañana había una alta posibilidad de que todo terminará por sus malas decisiones. Siempre se echaba la culpa de todo, pero esta vez fue demasiado pronto y quería resolverlo bien.

Lo miró.

Y aunque seguía amándolo, sabía que había algo que ya no volvía a ser lo mismo.

El silencio entre ellos se había vuelto demasiado cómodo.

Como si hubieran dejado de intentar entenderse.

Lo único que pensó es que este era el momento de regresar a su vida, que debería despedirse de él y dejar que las cosas sanen. Que esta vez no huiría si no se rendirá porque no ve otro panorama mejor. Puso su vida en peligro.

Pero, ¿quién la buscaría desde acá? ¿Alfonso la dejará ir tan fácilmente?

Se acercó al mueble donde Alfonso dejaba su celular. Lo tomó, dudando.

Lo desbloqueó.

Buscó el número de George, en su mente.

No porque quisiera volver a él.

Sino porque, en ese momento, parecía el único que todavía podría buscarla si se volvía a perder. Y realmente sabía que la iba a buscar hasta en los confines de la tierra.

Porque siempre estaba ahí.

Pero no llamó.

Lo miró unos segundos. Titubeó

Sintió que sería traicionar algo más profundo que el amor.

Lo dejó sobre la mesa.

Y en su lugar, buscó una hoja.

Un bolígrafo.

Empezó a escribir.

Alfonso se mueve inquieto en el sillón y abre los ojos un poco. La ve sentada en la mesa escribiendo y eso era lo único que lo hizo sentir mejor. Verla concentrada en algo diferente. Pero tuvo leve temor y sí eso escrito era una despedida.

Gianna alzó un poco la cabeza y lo miró, sus ojos se encontraron.

Arrugó la hoja y la ocultó en uno de los bolsillos de su pantalón.

Alfonso no preguntó, solo dejó ser.




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