En la calidez del hermoso pueblo de Antia, donde el sol alumbra sin obstáculos ni montañas. Una mujer adulta, caminaba de lado a lado, ansiosa desesperada y llorosa sin dormir un par de noches. Buscaba soluciones caseras para cuidar a su esposo quien se veía devastado en la sala.
Pálido y triste. Y por primera vez asustado estaba Severo, padre de Gianna, porque su corazón no respondía muy bien.
Había pasado veinticuatro días, donde esperaba que su pequeña hija atravesara la puerta y lo fuera a ver. Internamente se arrepentía de haberla tratado la última vez así.
Petra, su esposa, no se acercaba a él. Lo culpaba de no saber dónde estaba su hija desde aquel terremoto que se sintió fuerte en ese pueblo. Ella sabía y sentía que estaba viva. Pero donde no sabía. Así que en contra de su voluntad, metiéndose en la vida de su hija y después de interrogar a Sara como cien veces por día, sin obtener respuesta.
Llamó a George.
Él apareció al medio día mientras Severo tomaba un descanso. Y se detiene a abrazar a Petra, la quería como otra madre.
—¿Está todo bien?— pregunta preocupado viendo a Petra destruida.
—Severo está cada día peor. No sé que tiene, no quiere hablar. Pero estos días ha preguntado por Gianna, no sé qué más decirle. — dijo Petra.
—Pero, ¿Gianna no está con Sara?
Petra dice que no con su cabeza.
George comienza a sospechar, tampoco sabe de ella desde hace casi un mes. Preocupado se tumba en la pared.
—Le pregunto todo el tiempo, solo me dice que está ocupada pero que está bien. Pero yo presiento lo peor. No me ha llamado, ella no haría eso. Gianna está desaparecida.
—Voy a hablar con Sara. Ella tiene que saber dónde está.
—Por favor hijo, haz todo lo posible. Y no sé en qué quedaron ustedes si siguen juntos, pero necesito que traigas a Gianna de vuelta a casa.— ruega Petra tomando sus manos.
—Haría lo que sea por ella y por ustedes. Y se la voy a traer aquí. Lo prometo.
George salió disparado y molesto, preguntándose porqué siempre tenía que buscarla, pero por ella haría lo que fuera.
Tocó la puerta de Sara, al punto que casi la tumba.
Sara abre y se confronta con él pero al verlo sintió temor. Sabía que este era el momento.
—Dime la verdad, ¿Dónde está Gianna?
Sara da dos pasos atrás por la actitud de George molesto. No era agresivo para nada solo que era un poco más alto que ella y estaba molesto.
—George, si te lo digo me va a matar, no puedo decírtelo.
—¿Qué estás queriendo decir con eso? Su papá está muy mal. Al menos piensa en su familia. ¿Crees que Gia te perdonaría si no le dices lo que está pasando?
Sara temerosa le da una nota con una dirección en el pueblo escondido de esta isla.
George abre los ojos, no cree que ella esté tan lejos. Mira a Sara quien está asustada.
—¿Por qué Gianna está por allá?
Sara no responde. George entre cierra los ojos tratando de no suponer con quien. Sería estúpido que estuviera con quien odiaba por haberle quitado el amor de Gianna.
George lo pensó por largo tiempo, haciendo que esa visita fuera eterna. Sara trata de hacer alguna cosa más, busca en su teléfono el número donde recibió esta dirección. Lo escribe en otra nota adicional y se la da.
—Ella me había enviado esa dirección desde este número. No podía decirle a Petra esto porque su padre la buscaría y no creo que…
George asiente porque sabe que Gianna no la pasaría bien si Severo la buscaba.
Pues entonces sus sospechas eran ciertas. Y esperaba con todo su corazón que cuando la buscara no estuviera con él.
Y si estaba con él, no sabía si su corazón iba a poder soportarlo.
George cerró la puerta del auto con fuerza.
El sol comenzaba a bajar, lento, como si supiera que lo que estaba por llegar no sería fácil para nadie.
Mientras tanto, en otro punto de la isla, la luz entraba por la ventana de la cocina con la misma calma.
Gianna estaba sentada, con los ojos clavados en la nada, como si sintiera que algo se acercaba.
No sabía por qué, pero algo le dolía más que antes.
Como si el aire ya no pesara por el miedo, sino por la culpa.
Alfonso quería hacer algo diferente esa tarde fría y encendió una fogata. Se quedó perplejo mirando el fuego. Gianna salió asustada por el olor que emanaba el fuego y corrió afuera.
Lo vio tan tranquilo sentado mirando como todo ardía y se unió a su velada.
Sintieron el calor calmar un poco y quemar los días anteriores de su memoria.
Pero ambos seguían debatiéndose si seguir.
—¿Creés que podamos volver a lo de antes alguna vez?— pregunta Alfonso en tono melancólico.
—No lo sé.
—Pero tal vez podamos inventar otra cosa.
—¿ A este punto?
Alfonso la mira y siente una ligera decepción por su respuesta.
Gianna lo siente, se levanta y se va para la sala. Dejándolo allí con mucho que pensar.
La noche permaneció en silencio.
Demasiado.
Gianna acomodaba algunas cosas cerca del sillón y quiso reintentar en escribir aquella carta. Tenía en mente, que había cosas que ella no podía decir bien. El miedo de meter la pata, seguir hiriendolo no lo soportaría más. Se odiaría así misma si sucede de nuevo. Pero ya no podía decir lo que sentía ni pensaba con orden. Tenía todos los pensamientos arremolinados en su cabeza. Como una dinamita que puede estallar.
Esta noche se sentía ansiosa como si algo estuviera a punto de pasar.
El celular de Alfonso vibró sobre la mesa.
Una vez.
Dos veces.
Ella no quería mirar. Pero lo hizo.
Número desconocido.
Hasta que lo reconoció.
George.
El teléfono cayó de sus manos.
El golpe seco sonó como una puerta que se cierra.
Y ella supo, sin dudas, que el final estaba más cerca que nunca.
#8464 en Novela romántica
#1944 en Chick lit
escenas románticas, conflictos emocionales, lenguaje moderado
Editado: 22.08.2026