30 días con mi ex

Capítulo 30

Esta mañana llovía a cántaros como nunca y el frío se hacía presente. Gianna había dormido poco, estaba ansiosa de que algo más pasaría. Aquella llamada inesperada, había despertado el modo supervivencia. Pues, ¿Y si su amiga le dijo todo a George? Serían muchos problemas, porque aunque esa relación terminó, el rencor entre el pasado y el intento del presente, era muy real.

Alfonso por su parte estaba buscando razones para hablarle. Estaba nervioso, caminando de lado a lado, inventando un poco para poder iniciar una conversación, esta vez, sana con ella.

Cuando ella sale a la sala, él hizo un ruido, carraspeó fuerte su garganta y eso la asustó.

—¿Estás bien?— preguntó extrañado por su actitud.

Ella suspira y se relaja. Pensó que algo malo había pasado.

—Si. Es que, no he dormido bien.

—Necesitas que vaya y busque algo en el supermercado de la vuelta. Está cerca.

Ella frunce el ceño por lo que sabe que el otro día que caminó hasta allá no quedaba tan cerca que digamos.

—No, estoy bien. Iré a descansar otra vez.

—Gianna Antonella.

Al escuchar su nombre completo ella retrocedió y lo confrontó.

Lo miró a los ojos y esa chispa se encendió. Como siempre pasaba, pero esta vez tenía que reprimir todo eso que sentía.

—Diga Alfonso Miguens.

Por primera vez hizo que sonriera.

—No quiero más esto. Este silencio, no es saludable.

—¿Qué quieres hacer?— preguntó ella algo vencida sin idea.

Él se acerca a ella y la mira a los ojos fijamente y se queda esperando.

Gianna cambia su mirada al suelo.

—Por favor, mírame.— le suplicó en tono desesperado.

—Todo esto es confuso.

—¡Mírame!

Al levantar su vista y verlo a los ojos como él pedía, muchas cosas pasaron por su cabeza. Pero esta vez aprendió a controlar algunos impulsos. También quería probarlo, él siempre esperaba que ella iniciara el incendio.

En sus ojos color marrón, ocultados por la claridad, relativamente pequeños pero con unas largas pestañas hermosas que hacía tierno la forma de ellos. Su mirada, siempre pudo decir más que sus labios, que tanto Gianna intenta ignorar.

Es casi como si leyera lo que piensa y supiera exactamente qué esperaba.

Podía leerlos con una sutileza que nadie tuvo.

—Yo te amo, desde lo más profundo de mi ser. Y no hay una forma que me ayude a arrancarlo de allí.— confiesa Gianna.

Alfonso suspira, contenido por la emoción fuerte de escucharla decir aquellas hermosas palabras.

Él también podía ver sus ojos, marrones oscuros, aguados por la angustia de amar tanto a alguien y no armarse de valor para luchar al cien por ciento.

—Pero ahora no sé nada. No sé por dónde comenzar o seguir. Cometí errores, ya sé. Tomé la riendas de mi vida y casi pierdo todo, lo sé. Fui una egoísta y orgullosa, que siempre se dejó llevar por la ira y decía cosas de las que me voy a arrepentir hasta que me muera. Pienso en eso todos los días de mi vida y no hay forma de borrarlo. Me arde el pecho solo de pensarlo. Y a lo mejor por ahí es que debo de empezar a trabajar. No lo sé. Pero estar a tu lado ahora así, tan imperfecta, iracunda y lo peor una estúpida sin remedio. No creo que vaya a lograr sanar y cambiar.

Huir nunca fue la respuesta a todos sus problemas. Tenía que romper con esa actitud y poder enfrentar las cosas cara a cara con las personas.

De sus ojos salieron espesas lágrimas, como el mismo cielo ahora. Se escuchaban truenos y relámpagos en el fondo haciendo que todo se intensifique.

Y ocurrió algo inesperado, que él pudo ver y entender todo lo que decía.

—¿Entonces, lo dejamos aquí?— pregunta desanimado.

—Puede ser lo mejor, pero no sé.

—Y ¿cómo hacemos? Nos vamos, no terminamos esos treinta días. Faltaba tan poco.

—Hay veces que hay cosas que resuenan y no dan para más.

Se miraron como si fuera la primera vez.

Y tal vez, en cierto modo, lo era.

Porque esta vez, no eran dos que buscaban salvarse.

Eran dos que se miraban, por fin, sabiendo que el amor no siempre basta.

Pero eso también era amor.

Tal vez el más honesto de todos.

No hicieron falta más palabras.

Porque cuando todo se ha dicho, el cuerpo empieza a hablar de otras formas.

Gianna se acercó, sin preguntar.

Y él, sin entender del todo, abrió el espacio de sus brazos como si la esperara desde siempre.

Se recostaron juntos en el sillón.

No como quien duerme, sino como quien guarda un recuerdo antes de perderlo.

Afuera seguía lloviendo.

Adentro, solo el sonido suave de dos respiraciones aprendiendo a calmarse. Dos fuegos tratando de apagarse.

Alfonso le acarició el cabello sin pensar.

Gianna apoyó su rostro en su pecho, como si fuera un lugar al que había vuelto por última vez.

Se buscaron con los dedos. Se dijeron cosas sin boca, sin voz.

El tiempo no se detuvo.

Pero en esa hora sin nombre, todo pareció volver al origen.

El lugar donde no se pide nada.

Donde solo existe el amor que ya no necesita demostrarse con palabras y hechos claros en papel.

Y si alguien hubiera pasado por la ventana en ese momento, habría pensado que eran dos personas que se amaban sin miedo.

Pero no era eso. Era otra cosa más rara y más pura:

El intento de despedirse sin romperse.

Cuando todo terminó, no dijeron nada. No hacía falta.

Lo entendieron en la forma en que sus cuerpos se soltaron, en cómo los ojos se buscaron sin reproche, como si por fin hubieran llegado al centro exacto del intento.

Y aunque el tiempo no se detuvo, por un segundo se miraron sabiendo que esos casi treinta días no habían sido en vano.

Sirvieron para eso.

Para recordar por qué se eligieron, y también, tal vez, para aprender a soltarse sin odio.




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