El cielo comenzaba a cambiar de color.
Un naranja tenue se filtraba por la ventana y pintaba los bordes del sillón donde estaban sentados.
Alfonso tenía un brazo rodeando sus hombros.
Gianna apoyaba la cabeza en su pecho,
y por primera vez en mucho tiempo, el silencio no dolía.
Solo miraban el amanecer.
No hablaban del futuro.
No hablaban del ayer.
Simplemente estaban.
Hasta que el sonido rompió todo.
Un motor.
Lejano al principio.
Luego más fuerte.
Demasiado fuerte para ser cualquiera.
Alfonso levantó la cabeza.
Gianna se tensó al instante.
Sabía ese sonido.
El golpe seco del pasado llamando a la puerta.
El auto se detuvo frente a la casa.
Y todo el aire del mundo parecía quedarse en pausa.
Alfonso se levantó.
Gianna se quedó quieta.
—Por favor, quédate adentro y no salgas hasta que yo te diga.
Ella no respondió. Solo corrió a ponerse la ropa. Alfonso hizo lo mismo y se asomó por la ventana.
Al mirar por la ventana, lo vio.
George.
Cuán imponente figura, con el rostro endurecido y brazos cruzados, esperando algo de acción o algo así.
Apoyado contra su auto.
Serio.
Cansado por el largo camino que tuvo que pasar.
Alfonso miró hacia Gianna, preguntándose si ella fue capaz de llamarle, pero esta vez abrió la puerta de par en par, enfrentando las cosas como son.
—¿Qué demonios haces aquí?— preguntó George super molesto.
—Es mi casa y la pregunta es para ti, en todo caso.— contesta Alfonso suavemente, como quien no quiere discutir ni pelear.
—Dile a Gianna que estoy aquí.— demandó George.
—No me has contestado, ¿qué haces aquí?
—¡Dije que llames a Gianna! O si prefieres puedo arrancarte de la puerta y buscarla.
—¿Arrancar la puerta? ¿Quién te crees, el dueño de ella?
George se acercó a grandes pasos y subió las escaleras del porche.
Gianna salió justo a tiempo, colocándose entre ellos.
—¿A qué viniste?— pregunta Gianna molesta a George.
—¿Así me vas a tratar a mí? Vengo a buscarte, tu padre está muy mal de salud. Y tú de vacaciones con tu amor. ¿No tienes coraje para decirme que realmente me dejaste por esto otra vez?
—George, esto no te incumbe y no te metas más entre nosotros.— dijo Alfonso muy molesto.
Gianna pone las manos en su pecho y lo echa para atrás con suavidad para cuidarlo.
—¿Es cierto que papá está mal?
—Lo vi y no es el mismo Severo de siempre. Se veía destruido, como si no estuviera presente. No hay forma de que esté mejor si no vas y le dices que estas bien. Por favor, Gianna no seas egoísta. No pongas tu mundo a girar alrededor de este idiota.
Alfonso se acerca de nuevo y trata de sacar a Gianna del medio. Pero ella reacciona de un modo protector y empuja a George casi a punto de caerse por las escaleras.
—¡Basta! Es innecesario esta discusión.
—Dile a tu noviecito temporero que te tienes que ir.
—¡George, cállate ya!— exigió Gianna.— Alfonso, entra a la casa, hablaré con George.
Alfonso entiende y decide dejarlos solo cerrando la puerta con un golpe sordo.
—Por lo menos está demostrando que tiene fuerza, yo puedo ayudarlo.— dijo George sarcásticamente.
—¿Quién te dijo que estoy aquí?
—Sara, me dio la dirección y el número de celular. ¿Por qué nos haces esto?
—¿El qué?
—Volver con este. No entiendo de verdad.
—Y no te importa eso. Es mi vida, mi corazón.
—¿Así es que me estás diciendo que lo amas?
—Sí y sabes que siempre.
George bajó la cabeza, sabía que tenía razón y que ella siempre fue sincera con él sobre sus sentimientos.
—¿Me podrías llevar a ver a papá?
—¿Para qué crees que vine? No visitar a la pareja en luna de miel.
—Déjame despedirme, por favor.
George se siente muy molesto y se rinde ante la petición de Gianna.
Gianna retrocede y entra a la casa. Encuentra a Alfonso muy molesto en la sala.
—No fui yo quien le dijo dónde estaba. Sara le dijo, porque mi papá está mal.
—Si, escuché.
—Tengo que irme.
Él levanta la vista y sus ojos se aguan.
—No es por querer, es porque no puedo quedarme. Mi papá me necesita.— comenta Gianna bien afligida.
—Entiendo eso, pero ¿y nosotros? Así se acabará todo esto.
—¿Podemos mantenernos en contacto?
Alfonso se siente muy vencido.
—Está bien.
—Gracias por todo esto. No me arrepiento de nada de lo que hice. Lo volvería a hacer si fuera necesario. Por ti lo que sea, pero en este momento mi familia me necesita.— intentó explicar Gianna.
Alfonso la detiene y la besa en los labios como nunca. Con profundo dolor.
—Espero que tu papá mejore. Nos vemos o hablamos o no sé, pero pronto.
Ella asiente y lo besa igual para luego irse.
Mientras da la espalda se detiene en dos segundos, quería quedarse pero sabe que no puede. Así que se va y pasa por el lado de George.
—Entra al auto.— le pide a George, porque sabe que es capaz de volver y hacer algo que no está bien.
Entra en el auto enojado y espera que ella se siente a su lado para encender el motor.
—¿Y tus cosas?— preguntó George.
Gianna mira a su alrededor y sabe que lo perdió todo cuando decidió marcharse a la nada el otro día.
—No tengo nada. Vámonos.
Así que se quedó callado y el camino fue lleno de silencio. Gianna miraba por la ventana todo el recorrido y los recuerdos que estaba dejando salir, igual que sus lágrimas. Pensaba en todo lo vivido en estos días y que fueron emocionantes, pero más le dolió pensar en lo de anoche. En todo lo que sintieron y vivieron y cómo la vida los obliga a separarse.
El camino era lo bastante largo y entre el silencio y el dolor, decidió dormirse para no pensar más.
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escenas románticas, conflictos emocionales, lenguaje moderado
Editado: 22.08.2026