30 días con mi ex

Capítulo 32

El viento había cambiado.

Lo supo al bajar del auto.

No era el mismo aire cálido que la había despedido hace semanas. Era otro: más áspero, más callado.

La casa estaba allí, intacta, pero vacía.

No había señales.

Las ventanas cerradas, el portón sin ruido.

Era como si el mundo hubiera dejado de esperarla.

—¿Mamá? —preguntó, más por costumbre que por esperanza.

Solo el eco del viento le respondió.

Corrió por la acera con una angustia que no se parecía al miedo, sino a esa culpa silenciosa que nace cuando sabes que tal vez llegaste tarde.

Sus piernas no responden bien.

La herida en la frente seguía allí, curada pero aún sensible.

Tocó la puerta de Sara con fuerza, una, dos, tres veces.

—¡Sara, por favor! ¡Ábreme!

La puerta se abrió con lentitud.

Sara apareció, despeinada, con cara de no haber dormido.

Y al verla, bajó la mirada. No hubo abrazo. No hubo sonrisa.

Solo un silencio cargado de algo que no sabían nombrar.

—¿Dónde están? —preguntó Gianna, temblando.

Sara tragó saliva, como si cada palabra le costará una parte del alma.

—No están aquí… Se los llevaron esta mañana. Al hospital.

Las piernas de Gianna flaquearon.

No se cayó, pero algo dentro de ella sí.

—¿Por qué nadie me dijo? ¿Por qué…?

—Tu mamá me llamó hace horas. Intenté llamar a George, pero…

—¿Pero qué?

Sara no respondió.

Solo abrió un poco más la puerta y dejó que Gianna entrara.

La casa estaba tibia. Familiar. Pero ella no se sentía parte de eso.

Había vuelto, sí. Pero no sabía desde dónde.

Y entonces, la confesión.

—Yo le dije a George dónde estabas.

El mundo parecía detenerse.

No hubo gritos.

Solo un silencio más hondo que todos los anteriores.

Gianna la miró, con ojos mojados, pero sin rabia.

—Lo sé.— comenta Gianna.

De pronto tocan a la puerta de nuevo.

Sara abre y George desesperado.

—Por Dios, me fue difícil alcanzarte.

Sara mira a su amiga y presentía que no estaba bien, divisa la herida en su frente y se preocupa. La tocaba y ella parecía ida.

—Gianna, te voy a preparar algo de tomar. Estás pálida.

Gianna por su parte no reacciona, estaba sumergida en todo lo que pasó.

De inmediato Sara vuelve con una taza de café y un pedazo de pan. Gianna con poco esfuerzo intenta comerse eso y al sentir que la energía llegaba, se levantó.

—Vamos al hospital, necesito verlos. — dijo con un tono de voz afligido y a punto de quebrarse en pedazos.

La culpa estaba empezando a visitarla.

George buscó el auto y la llevó de inmediato al hospital. Ni siquiera lo escuchaba cuando él estaba tratando de calmar la situación.

Al llegar, salió sin esperar que el carro se detuviera completamente.

El pasillo olía a desinfectante y angustia. Los techos bajos, las luces parpadeando.

El mundo parecía más estrecho en ese lugar.

Gianna avanzó con el corazón desbordado.

Cada paso dolía y el miedo de perder estaba presente.

Buscó en la recepción y la persona encargada le dijo donde estaban. Fue allí de inmediato.

Cuando abrió la puerta del cuarto 212, lo primero que vio fue la silueta del cuerpo de su madre.

Erguida, fuerte, como siempre pero con los hombros caídos.

Petra no volteó de inmediato.

Seguía sentada al borde de la cama, con las manos entrelazadas como quien sostiene una plegaria incompleta.

Severo dormía. Respiraba lento. Demasiado lento.

Gianna dio un paso dentro.

La madre giró apenas la cabeza.

Y la vio.

Solo por un segundo.

No hubo palabras.

Ni abrazo.

Solo esa mirada que duele más que cualquier grito.

—Llegaste al fin —dijo Petra, sin voz, sin rabia, pero con el alma rota.

Gianna quiso correr, abrazarla, arrodillarse.

Pero su cuerpo no se movió.

No sabía si podía.

—No sabía que estaba así... —susurró.

—¿Y tenías que saberlo para volver? —contestó Petra, con la frialdad que solo el dolor más profundo puede provocar.

Gianna apretó los puños.

—Perdón, mamá. Perdón por no estar.

Petra se levantó. Dio dos pasos. La vio de cerca.

Y por primera vez, vio más allá.

La herida en la frente.

La palidez.

El cuerpo frágil.

—¿Qué te pasó? —preguntó entonces, con una mezcla de espanto y ternura.

—Muchas cosas. Pero no vengo a hablar de mí. Vine por él… —dijo mirando a su padre—. ¿Va a despertar?

Petra bajó la mirada.

Se le quebró un suspiro.

—Dicen que sí. Pero está débil. Muy débil.

Gianna caminó hasta la cama y tocó la mano de su padre.

Estaba tibia. Y eso bastó para que el pecho le estallara.

—Perdón papá, es mi culpa todo esto.

Petra la miró, esta vez sin juicio. Solo como madre.

Y madre también de sus errores.

—No es tu culpa. Tu papá tampoco cuidaba de su alimentación, ni de su salud.

Gianna asintió, sin palabras.

Se sentó en una de las sillas y tomó la mano de su padre.

Y por primera vez en mucho tiempo, no pensó en el tiempo perdido.

Solo en el momento que tenía ahora.

—Mamá, ve a casa y descansa. Yo me quedaré aquí con él.

—No puedo irme, ahora no. Tengo miedo que lo dejes solo.

—Mamá, esta vez no me iré. Te lo prometo.

Petra la mira en modo súplica. Y solo por esta vez, decide expresarse.

—Mi niña, mira como estás, toda herida.

Se acerca a ella y toca su frente. La abraza sin Gianna esperarlo.

Y Gianna recordó el día que lo perdió todo. Su corazón estaba roto otra vez. Comenzó a llorar como ese día. Desbordada sin detenerse, pensando que así sacaría ese dolor que aún tenía estancado en el pecho.

De pronto, algo se movió.

El leve crujir de unas sábanas blancas rompió el aire espeso de la habitación.

Y entonces, como un susurro venciendo al tiempo, Severo Antonella abrió los ojos.




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