30 días con mi ex

Capítulo 33

La mañana no trajo certezas.

Solo una luz tenue filtrándose por la ventana y un murmullo de hospital que parecía repetir, una y otra vez, que todo podía cambiar en un segundo.

Petra se había quedado dormida en la silla, aún con la manta sobre las piernas. Gianna, desde el borde de la cama, no despegaba los ojos de su padre.

Él dormía mejor, pero aún no era suficiente para soltar el miedo.

El aire estaba lleno de palabras que no sabían cómo decirse.

Había gratitud, pero no nombre. Había culpa, pero no disculpas.

Solo una tregua sostenida por la fragilidad de un cuerpo conectado a máquinas.

Gianna se levantó despacio.

Fue a la pequeña cafetera del pasillo y regresó con dos vasos.

Le ofreció uno a Petra, sin decir nada.

Su madre lo tomó sin rechazarlo. Fue todo el gesto que necesitaban por ahora.

—Gracias —dijo, después de unos segundos.

Gianna asintió. Y cuando Petra quiso levantarse, hizo una pausa…

Y la abrazó.

No fue un abrazo largo.

Ni reconfortante.

Fue torpe, apenas unos segundos. Pero fue suficiente para que Gianna cerrara los ojos.

Y supiera que algo dentro de su madre también dolía, también esperaba.

Luego de eso, Severo se movió.

Un leve sonido, apenas un suspiro.

Y las dos mujeres se giraron al mismo tiempo.

Los ojos de Severo se abrieron lentamente, como si pelearan por quedarse aquí un poco más.

Y cuando la vio, cuando reconoció a Gianna en la penumbra, su boca no dijo una palabra.

Pero sus ojos, por un segundo largo e imposible, se llenaron de paz.

Como si, con solo verla, el cuerpo recordara por qué valía la pena seguir.

Gianna se acercó y se inclinó para tomarle la mano.

No lloró, no habló.

Solo apretó esa mano frágil como quien sostiene una vida entera desde un hilo invisible.

Un par de minutos después de que Severo volviera a cerrar los ojos, la puerta de la habitación se abrió suavemente.

Entró una enfermera de rostro amable, con una carpeta en mano. Habló con voz baja, casi en susurros, como si conociera el peso de todo lo que estaba en juego ahí dentro.

—Buenos días —dijo mirando a ambas—. Quería comentarles que el doctor pasó temprano por la mañana. Revisó los últimos resultados y, aunque va a necesitar descanso, hay señales claras de mejoría.

Gianna levantó la vista, incrédula.

Petra se quedó en silencio.

—¿Eso significa…?

—Significa que está fuera de peligro inmediato —respondió la enfermera con una sonrisa tenue—. Podría regresar a casa esta noche, si todo sigue estable. Por supuesto, con indicaciones estrictas, pero… sí. Podría volver.

El silencio esta vez fue distinto.

No de incertidumbre.

Sino de alivio contenido.

Como si por fin pudieran aflojar un músculo que llevaba días en tensión.

Petra bajó la cabeza y dejó salir un suspiro largo, que más que alivio, era agotamiento.

Gianna solo cerró los ojos. Sintió que el corazón se le había soltado del pecho y estaba volviendo lentamente a su lugar.

—Gracias —alcanzó a decir con voz trémula.

La enfermera asintió con una dulzura leve y se retiró.

Gianna miró a su madre, esperando que dijera algo más. Pero Petra solo tomó su bolso y murmuró:

—Voy a ir a casa para asearme y preparar la habitación para tu padre. Por favor, no te vayas.

—No me iré a ninguna parte. Tranquila.

La habitación se quedó en silencio otra vez.

Petra se había marchado hacía unos minutos, y Gianna sintió que por primera vez en días, el universo le estaba permitiendo quedarse quieta. Sin explicar, sin defenderse, sin tener que sostener nada.

Solo era ella.

Y su padre.

Ese cuerpo que alguna vez fue inquebrantable y ahora descansaba frágil sobre una cama ajena.

Gianna arrastró una silla hasta quedar cerca. No muy cerca. Lo suficiente como para verlo respirar. Lo suficiente como para no romperse del todo.

—Papá... —dijo en voz baja, como si esa palabra todavía tuviera que pedir permiso.

Sus dedos se unieron frente a ella. No sabía si rezaba, si se abrazaba a sí misma o si simplemente intentaba no temblar.

—Sé que no puedes escucharme… o tal vez sí. No tengo idea. Tampoco sé si importa. Solo sé que necesitaba decirte esto.

Inspiró profundamente.

El aire le dolió.

Lo miró. Sus párpados seguían cerrados, pero su expresión era distinta. Menos tensa. Como si esas palabras le llegaran desde muy lejos.

—No vine a que me perdones. Vine porque te extraño. Porque me niego a pensar que esta historia termine sin que al menos lo sepas. Sé que nuestra relación se deterioró con los años y todo lo que iba pasando, pero siempre tengo en mi mente al papá que jugaba conmigo, que me llevaba a la playa y a lugares hermosos. Al papá que siempre tenía algo que contar de sus historias de niño.

Ella se inclinó un poco, sin tocarlo, y apoyó la frente contra el borde de la cama. Cerró los ojos.

Y de pronto, sin pensarlo, se deslizó dentro de un recuerdo:

Severo la peinaba frente al espejo. Gianna tendría seis años. Llevaba una trenza mal hecha, llena de bucles sueltos y con moños desiguales. Pero cuando se giró y él la miró con esos ojos torpes y amorosos, ella se sintió hermosa. Como si no hubiera error posible. Y ella sabe ahora que el amor es distinto y se demuestra de otras formas. Sabe que su padre, temía siempre demostrarlo, porque nunca se lo enseñaron, pero los pocos gestos que demostraba hacían ver que no era una roca fría sin sentimientos.

—Papá, ¿sabes? —susurró de vuelta al presente—. A veces todavía me siento esa niña. Solo que con menos trenzas y más miedo.

Una lágrima cayó sobre la sábana.

—Y a pesar de todo, sigo siendo tu hija. Con todo lo bueno… y con todo lo que aún no sé reparar.

No necesitó respuesta.

La forma pausada en la que él respiraba, el leve movimiento de sus manos, fue suficiente.




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