En Agnes los últimos dos amaneceres no tenían el mismo color de antes. Ya no sentía el estómago revuelto, ni la incertidumbre de si tal vez hoy, sería un día diferente.
Se acostumbró a su ausencia por mucho tiempo y si sufría por ella, pero esta vez era distinto.
Alfonso había compartido con ella muchos días y empezó a ver a una chica distinta. Ya no era la destruía, era la que intentaba reparar las cosas. Aunque fue algo torpe, brusca y aun con su carácter mal heredado.
Él sabía que ella era un tesoro y esta vez, se estaba perdiendo.
Esta mañana se sumergió mucho en sus pensamientos, tanto que se olvidaba de algunas cosas simples.
Miraba a todas partes como esperando que ella entrara a la casa o saliera de algún cuarto. O escribiera algún reto.
Pero ella ya no estaba.
Se sentía bien el silencio inminente, pero lograba encajar con él. Su corazón latía lento y pausado. Cada paso que daba, lo contaba. Como esperando alguna respuesta y nada.
Llamó a su familia y les recordó que se encontraba bien.
Pero algo le faltaba para que ese bienestar se completara. Gianna.
La magia que lo envuelve, la esperanza que lo destroza.
Decidió recoger lo que faltaba de la casa y volver de a poco a la ciudad.
Pero mientras recogía, encontraba pedazos de papeles tachados y debajo del sillón encontró el mp3 de ella. Sonrió como niño, y se preguntó cómo un simple aparato podría convertirse en una parte de ella.
Luego encontró, debajo de los cojines del sillón, un papel blanco, perfectamente doblado. Miro a todas partes, irónicamente, pensando como si alguien lo descubriera.
La abrió y comenzó a leer. La letra cursiva, un poco difusa e inelegible de Gianna.
Pero pudo entender poco a poco lo que decía.
Para empezar, espero que estés bien.
Oh, Dios… a estas alturas sigo esperando eso. ¿Qué tengo que decir? Que no tengo el valor suficiente para encarar mi problema, pero estoy aprendiendo.
Ahora sí que me gustaría que entendieras que nada de esto tiene sentido alguno para mí. Mas si no lo hago, me quemo por dentro. Me siento parte culpable de tu sufrir, y me he convertido en esclava de unas palabras que no debí decir nunca.
Perdón por lo que ya dejó de ser, y por las tantas cosas que hice mal. Porque desde donde estoy puedo ver el daño, y no poder repararlo me frustra. No poder enmendarlo me hace levantarme cada mañana dolida por dentro. Cada vez que sueño contigo, lo sé. Y se me quedan palabras atascadas que no puedo sacar porque ya no sirven.
Pero si sirve de algo, y te ayuda a seguir: perdóname.
Por el amor que aún no se olvida, y el rencor que sembré ayer.
Por todas esas noches que te mantuve despierto pensando en mí.
Por todas esas lágrimas que no merecía.
Cómo quisiera que lo olvidarás todo y siguieras adelante.
Es algo que tienes que hacer.
Si sirve de algo esto, una vez más… perdón.
Y no lo hago con la intención de salir librada.
Romper tu dulce corazón es algo que, ni en otra vida, conseguiría estar bien.
Gianna
Alfonso terminó de leer la carta sin moverse.
Ni una palabra más. Ni un sonido. Solo el papel temblando levemente en sus dedos, como si fuera su corazón el que latía allí, expuesto.
La habitación parecía más vacía que nunca. Y no por la falta de objetos, sino por la ausencia de ella.
Gianna estaba en cada cosa: en la taza de café sin lavar, en la chaqueta que colgaba de la silla, en la canción que aún se repetía en su cabeza.
Pero sobre todo… en esa carta.
En esas letras torpes y sinceras, cargadas de culpa, de ternura, de amor y despedida.
Alfonso apretó los ojos como si pudiera evitar que las lágrimas cayeran, pero ya era tarde.
Una resbaló con rabia. Otra con tristeza.
Y otra más… con esa mezcla de comprensión y dolor que solo sienten los que han amado mucho.
Se levantó sin hacer ruido.
No rompió la carta. No la arrugó.
Solo la dobló con cuidado y la guardó dentro de su abrigo. Como si fuera una reliquia.
Como si fuera una parte de ella que aún podía conservar.
—No te vas así —murmuró, apenas audible, con los labios resecos por tanto callar.
No sabía dónde estaba. No sabía si era tarde.
Solo sabía que no quería que el silencio sellara su historia.
Y por primera vez, sin esperar a que ella volviera, decidió ir por ella.
No a exigir respuestas.
No a reclamar el daño.
Sino para decirle que, a pesar de todo, ella seguía siendo su lugar favorito del mundo.
Y aunque tuviera que volver con las manos vacías, quería que ella supiera que no era demasiado tarde para luchar por lo que aún ardía entre los dos.
Porque eso que tenían no era perfecto.
Pero era real.
Y Alfonso… ya no quería seguir amando en silencio.
Al salir le pidió al vecino que lo llevara a la entrada del pueblo.
Ese puente, todo reconstruido, como si nada hubiera pasado allí.
Se quedó justo en la entrada y alguien lo estaba esperando allí para llevarlo a casa.
Su hermana Marena.
No le cuestionó nada en el camino, solo lo llevó a casa a ver a su madre quien lo recibía con amor. Pero no estuvo mucho tiempo allí, ya era de noche. Así que le pidió prestado el auto a su hermana, le prometió volver.
Él sabía a dónde ir, conocía la ruta hacía ella de memoria.
Al llegar a la ciudad y pasar por aquella casa, vio a George y a Gianna hablar.
Parecían discutir algo entre ellos y sintió una breve desilusión.
Pero en vez de huir y enojarse como siempre, decidió esperar que se fuera de allí de una vez.
A escondidas, dentro de un auto. Pero por ella, por lo que escribió en aquella carta. Lo que sea.
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escenas románticas, conflictos emocionales, lenguaje moderado
Editado: 05.09.2026