Estaban todos en casa, sentados en la sala, esperando alguna respuesta simple.
Severo ya estaba en su habitación siendo atendido por su esposa Petra con mucho amor.
No hablaba aún pero hacía gestos de cariño, como acariciar el rostro de su esposa y tomar de vez en cuando su mano. Una imagen que Gianna poco vio en su infancia y que le enternece ver.
Sara estaba presente junto a un George preocupado y tenso.
Los tres estaban en silencio. Escuchaban los pasos de Petra por todas partes de la casa.
Gianna ayudaba como podía pero Petra le pedía que descansara. Estuvo toda la noche en vela hasta el amanecer, donde los doctores le dieron de alta y la ambulancia lo trajo a casa.
Sara parecía tranquila y en silencio apoyaba a su amiga.
—Si quieren, vayan a sus casa y descansen. Ya papá está aquí y está mejor de salud.
Sara se levanta.
—No quisiera irme sin antes saber, ¿Necesitas algo?
—Todo está bien por ahora, no necesito nada. Solo descansaremos y cuidaremos de papá.
—Está bien. Pero no dudes en llamarme o buscarme para lo que sea. Aquí dejo tu teléfono que dejaste en casa.
Gianna se sorprende al verlo.
—Muchas gracias por guardarlo. Te llamaré cualquier cosa.
Se despide de su amiga con un abrazo sincero y la despacha.
George sigue sus pasos y cuando Gianna retrocedió se asustó mucho.
—No es para tanto. Solo me estaba yendo— dijo George algo desanimado.
—Antes de que te vayas, tenemos que hablar, pero no aquí.
—¿Sobre?
Tomó su mano y lo llevó hasta afuera en la acera.
—George, perdóname por todo esto. Sé que no he sido muy clara contigo. Pero solo quiero decirte que eres muy especial para mí. Sin ti, no podría llegar hasta aquí. Siempre me traes de vuelta a la realidad y aunque es pesada, lo haces sacrificando muchas cosas.
George sigue cabizbajo y sin reaccionar como siempre ha sido.
—No es solo eso, Gia, estoy harto de ver como vuelves al mismo lugar y sigo siendo yo el que te saca de ese abismo mental. Y me arrastras, me destrozas por dentro— confiesa George algo molesto pero en tono tranquilo.
—Por eso, te pido perdón. Ahora mismo, quiero y deseo de todo corazón, que seas libre. No pido ahora que me entiendas, como solías hacerlo. Tienes que seguir con tu vida, ya no debes rescatarme ni sacarme de ninguna parte. Es necesario que esta vez, no nos veamos y tú sigas con tu vida.
George la mira a los ojos como rendido totalmente por sus palabras.
—Hace mucho que lo intento, pero siempre aparezco y te salvo. Y ya no es algo que hago a propósito. Lo que siento por ti lo hace.
Toma sus manos y las besa.
—Pero esta vez ya no dejes que eso pase. No quiero que te pierdas de vivir aventuras por mi culpa.
—¿Estarás bien sin que yo te rescate?
Ella sonríe ante la dulzura que caracteriza a George cuando se trata de hablarle.
—Necesito aprender a hacerlo por mí misma y sanar.
—Entiendo, estás madurando y eso es bueno. Pero el día que estés perdida y nadie crea en ti o te abandonen, me llamas y voy hacia ti.
—Eres tan bueno, si pasa te llamo y si no pasa estaré bien.
—Bueno, te llamaré en la semana para saber de tu papá, solo para eso. Pero si necesitas algo, búscame sin temor.
La abraza como a una pequeña niña y le da un beso en la cabeza.
Se adentra al auto sin mirar hacia atrás y se va.
Gianna suelta una lágrima de esperanza y mira al cielo que repentinamente se estaba poniendo gris.
Comienza a llover de repente y ella piensa en Alfonso. En todo lo que les pasó y quisiera verlo.
Ahora llueve con más intensidad y al voltearse nota que alguien está allí esperando por ella.
Al verlo, aún empapada por la lluvia, se tira en sus brazos y lo besó como nunca.
Parecía un sueño, un sueño hermoso. Verlo de nuevo, en medio del aguacero y de las tormentas que allí los marcaban.
Y sus corazones funcionaron a la par. Ambos latían con esa intensidad que nadie más hacía.
Mientras seguía lloviendo con fuerza ese abrazo se convirtió en algo difícil de romper por mucho tiempo. Sin darle tanta vuelta a lo pasado.
Hay amor y esta vez en modo presente.
No lo niegan, están en frente de todos los obstáculos. Esta vez ninguna persona los separaba. Solo el miedo.
Pero eso no importaba cuando Gianna estaba en sus brazos. El mundo dejaba de importar. La realidad era una idea y el amor, una fuerza que nadie entendía por qué seguía existiendo aunque ellos hicieran las cosas como quieren.
Mal o bien. Malas decisiones. Palabras que cortaban. Errores que no medían antes de cometerse. Todo eso se iba borrando, cuando estos dos cuerpos se mantenían unidos en ese abrazo eterno que decía muchas cosas sin palabras.
Pero la lluvia seguía cayendo con fuerza y aun con eso se prolongaba la idea de que permanecieran para siempre. Estaban llenos de esperanzas pero sin expectativas del futuro.
Se separan de momento, notan que están bien empapados de la lluvia y que el frío empieza a llegar. Sin medir otra vez alguna consecuencia, se metieron al auto de la hermana de Alfonso.
Él ya escuchaba los gritos de ella acusándolo de dejarle el carro destrozado y mojado por dentro pero le daba igual lo que pasará después.
Encendió la calefacción y poco a poco se calmaron.
La emoción de verse, esa que siempre reprimen y posponen con un simple saludo, esta vez salía afuera de su piel.
—No pensé que te volvería a ver.— comenta ella temblando de frío.
—Encontré la carta.
Gianna recalca en su mente y de momento la recuerda. No tenía la esperanza de que lo hiciera.
—Y me hizo viajar hasta acá. Para decirte que eres maravillosa. Tienes una forma única de partirme en dos con tus palabras.
Gianna se ríe.
—Esa no era la intención.— comenta ella.
—Lo sé por eso vine. Para pedirte que no soltemos esto.
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escenas románticas, conflictos emocionales, lenguaje moderado
Editado: 05.09.2026