DÍA 1 — LA APUESTA
POV: Thiago
El vestuario olía exactamente igual que todos los lunes.
Sudor. Desodorante barato. Toallas húmedas olvidadas en algún rincón. Y cuatro idiotas incapaces de guardar silencio durante más de diez segundos.
Era curioso. Podía reconocer ese olor con los ojos cerrados.
Era el olor de las victorias.
Y también el de las derrotas.
Me dejé caer sobre la banca de madera mientras me quitaba las rodilleras. Sentía los hombros pesados y las piernas temblándome por el entrenamiento. Tres horas seguidas de práctica contra el equipo del Colegio Nacional bastaban para dejar a cualquiera sin ganas de volver a tocar un balón durante una semana.
Aun así, sonreí.
Habíamos ganado todos los sets.
—Capitán, no pongas esa cara de héroe nacional —dijo Lucas mientras me lanzaba una toalla—. Solo fue un entrenamiento.
La atrapé sin esfuerzo.
—Celos.
—No, cansancio.
—Es lo mismo cuando vienes de ti.
Bruno soltó una carcajada desde el otro lado del vestuario.
—No empiecen otra vez. Tengo demasiada hambre para escuchar sus discusiones existenciales.
Dani seguía sentado encima de los casilleros, balanceando las piernas como si no existiera el concepto de gravedad.
Nunca entendí cómo llegaba ahí arriba.
Tampoco pregunté.
Había cosas que era mejor aceptar.
Mateo, como siempre, permanecía en silencio mientras guardaba sus cosas con una tranquilidad que parecía imposible después de tres horas de entrenamiento.
Éramos cinco.
Cinco amigos desde primero de secundaria.
Cinco formas completamente distintas de volverme loco.
Lucas era el desastre con piernas.
Bruno era el cerebro del grupo.
Dani era incapaz de quedarse quieto más de treinta segundos.
Mateo hablaba tan poco que cuando abría la boca todos prestábamos atención.
Y yo...
Bueno.
Yo era el capitán.
Eso sonaba mejor de lo que realmente era.
Ser capitán significaba llegar primero, irse último y recibir los gritos del entrenador cuando alguien hacía una tontería.
Casi siempre esa "alguien" era Lucas.
—¿Escucharon lo de la cancha dos? —preguntó Bruno mientras bebía agua.
Levanté una ceja.
—¿Qué pasó?
—La lluvia de ayer terminó de destrozarla.
—Se inundó por completo —añadió Dani—. El entrenador dice que el piso quedó levantado. Van a cerrarla durante un mes.
Silencio.
Todos nos miramos.
Un mes.
Eso solo podía significar una cosa.
Lucas fue el primero en sonreír.
Y cuando Lucas sonreía de esa manera, alguien terminaba metido en problemas.
—Entonces...
Bruno terminó la frase.
—Vamos a compartir la cancha con el equipo femenino.
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.
No por miedo.
Por fastidio.
—Perfecto —murmuré con todo el sarcasmo que encontré—. Justo lo que necesitaba para alegrar mis tardes.
Lucas soltó una risa.
—Sabía que esa noticia te iba a encantar.
—Me da exactamente igual.
—Claro.
—Claro.
—Totalmente.
Los cuatro respondieron al mismo tiempo.
Idiotas.
Tomé mi botella y bebí un largo trago de agua.
Estaba tibia.
Qué asco.
—No exageren —dije—. Compartir una cancha no cambia nada.
—Depende.
—¿Depende de qué?
Lucas apoyó los brazos sobre sus rodillas y me miró con esa expresión que siempre ponía antes de empezar un interrogatorio.
—Depende de quién sea la capitana del otro equipo.
No respondí.
No hacía falta.
Todos sabían la respuesta.
Valentina.
Solo pensar en ese nombre bastó para hacerme rodar los ojos.
Nos conocíamos prácticamente desde que aprendimos a caminar.
Mismo colegio.
Mismas competencias.
Mismos eventos familiares.
Nuestros padres eran amigos desde antes de que nosotros naciéramos, así que era imposible no cruzarnos.
Y desde los ocho años...
No nos soportábamos.
Todo empezó en una colonia de verano.
Una competencia ridícula.
Carreras.
Natación.
Juegos.
Medallas.
Al final ella ganó por un punto.
Un solo punto.
Nunca olvidé la sonrisa que me dedicó cuando anunciaron el resultado.
Desde entonces cada torneo entre nosotros era una guerra.
Y yo odiaba perder.
Especialmente contra ella.
—¿Otra vez pensando en Valentina? —preguntó Dani.
Le lancé una mirada asesina.
—Ni siquiera la mencioné.
—No hacía falta.
Lucas fingió suspirar.
—Es impresionante.
—¿Qué cosa?
—Puedes poner cara de pocos amigos con cualquier persona del planeta.
Hizo una pausa dramática.
—Pero cuando alguien dice "Valentina" pareces listo para declarar la Tercera Guerra Mundial.
Los demás estallaron en carcajadas.
Yo no.
—Qué graciosos.
—Lo somos.
—Muchísimo.
—Cállense.
Me levanté dispuesto a ir a las duchas.
Necesitaba alejarme antes de que siguieran inventando teorías absurdas.
Di apenas tres pasos.
—Espera.
La voz de Lucas me hizo detenerme.
Suspiré.
—¿Ahora qué?
Cuando me giré, los cuatro estaban mirándome.
Eso nunca era buena señal.
Lucas dio un paso al frente.
—Hagamos una apuesta.
—No.
—Ni siquiera sabes cuál es.
—Conociéndote, no quiero saberla.
Bruno sonrió.
—Escúchala primero.
Crucé los brazos.
—Tienen treinta segundos.
Lucas sacó el teléfono del bolsillo.
—Quinientos mil.
Parpadeé.
—¿Qué?
—Eso vale la apuesta.
Ahora sí captó toda mi atención.
No porque necesitara el dinero.
Mis padres jamás me habían dejado preocuparme por eso.
Pero el orgullo...
El orgullo era otra historia.
—¿Y qué tengo que hacer?
Los cuatro intercambiaron miradas.
Como si llevaran días preparando aquello.
De repente comprendí algo.
Eso no era una ocurrencia de último momento.
Los muy traidores ya lo habían planeado.
Editado: 01.08.2026