DÍA 3 — LOS CELOS
POV: Thiago
Si el Día 2 había sido extraño...
El Día 3 empezó todavía peor.
Lo primero que hice al despertar fue mirar la hora.
Las seis y media.
Lo segundo fue acordarme de que durante el recreo tenía que encontrarme con Valentina en la biblioteca para revisar el ensayo de Historia.
Fruncí el ceño.
No porque me molestara el trabajo.
Me molestaba que hubiera sido lo primero en lo que pensé al abrir los ojos.
Genial.
Regla tres.
Ni siquiera había salido de la cama y ya estaba perdiendo.
Me giré hacia el otro lado y traté de volver a dormirme.
Imposible.
Cada vez que cerraba los ojos aparecía la misma escena del día anterior.
Los dos viendo quién hacía la introducción.
Ella corrigiendo una fecha del libro con esa expresión seria que ponía cuando se concentraba.
Su voz diciendo, completamente seca:
—Eso está en la página siguiente.
Y yo teniendo que admitir que tenía razón.
Bufé.
No era normal que recordara una conversación tan aburrida.
Era un ensayo de Historia.
Historia.
No una película.
No una final de voleibol.
Historia.
—Qué desastre...
Me levanté antes de seguir dándole vueltas.
En la cocina, mi mamá ya estaba desayunando mientras revisaba unos documentos del trabajo.
—Buenos días.
—Buenos.
Me sirvió un vaso de jugo sin dejar de leer.
—Tienes cara de no haber dormido.
—Entrenamos fuerte ayer.
Mentira.
Bueno... a medias.
Sí habíamos entrenado.
Pero el cansancio físico no era el problema.
El problema era que mi cerebro parecía empeñado en reproducir cada cinco minutos cualquier conversación que hubiera tenido con cierta capitana insoportable.
Agarré una tostada.
Le di un mordisco.
No sabía a nada.
—¿Te pasa algo? —preguntó mi mamá.
—No.
—¿Seguro?
—Sí.
Mentí con tanta naturalidad que hasta yo mismo me creí durante unos segundos.
Lucas ya me estaba esperando en la entrada del colegio.
Tenía una sonrisa sospechosa.
Eso nunca era buena señal.
—Buen día, Romeo.
Suspiré.
—¿Podrías llamarme por mi nombre una vez en la vida?
—No mientras sigas perdiendo la apuesta.
Bruno apareció detrás de él con una botella de agua en la mano.
—¿Durmió bien el enamorado?
—No estoy enamorado.
—Eso dicen todos.
—¿Quiénes?
—Los enamorados.
Dani soltó una carcajada tan fuerte que varios alumnos voltearon a verlo.
Mateo, como siempre, permanecía en silencio.
Hasta que habló.
—Tienes ojeras.
Lo miré.
—Gracias por el dato.
—De nada.
Odiaba que hablara tan poco.
Porque cuando lo hacía, siempre tenía razón.
Lucas me dio un golpecito en el hombro.
—No olvides la biblioteca.
—No la olvidé.
Los cuatro sonrieron al mismo tiempo.
Maldición.
Había respondido demasiado rápido.
—Sabía que estabas pensando en eso —dijo Dani.
—Pensaba en el ensayo.
—Claro.
—Sí.
—Y nosotros somos astronautas.
Les hice un gesto con la mano.
—Váyanse.
—Nos vemos en el salón, campeón.
Entraron riéndose al edificio.
Idiotas.
Los cuatro.
Llegué al salón antes de que sonara el timbre.
Respiré tranquilo.
Quizá, por una vez, sería yo el primero en llegar.
Abrí la puerta.
Y ahí estaba.
Sentada en la banca cuatro.
Obviamente.
Valentina tenía un buzo azul marino encima del uniforme.
El clima había cambiado durante la noche y hacía bastante frío.
Lo que más me sorprendió fue otra cosa.
Llevaba el cabello suelto.
Por primera vez en mucho tiempo no tenía la coleta alta con la que entrenaba siempre.
El pelo le caía sobre los hombros en ondas suaves mientras hojeaba un libro.
Me quedé mirándola.
Uno.
Dos.
Tres.
Cuatro.
Cinco.
Maldición.
Aparté la vista de inmediato.
Ni un minuto de clase y ya había roto otra regla.
Excelente inicio.
Como si hubiera sentido mi mirada, levantó la cabeza.
Nuestros ojos se cruzaron apenas un instante.
—Buenos días.
Su tono era tan neutral que parecía una grabación.
—Buenos días.
Me senté.
Cinco centímetros.
La frontera seguía ahí.
Ni ella parecía tener intención de cruzarla.
Ni yo tampoco.
Durante unos minutos reinó el silencio.
Solo se escuchaban hojas pasando y algunos alumnos entrando al salón.
Entonces Valentina deslizó una hoja hacia mi lado de la banca.
Era el borrador de la introducción.
—Revísalo cuando puedas.
La miré.
—¿Ahora?
—No. En el recreo.
Asentí.
—Está bien.
Eso fue todo.
Sin discusiones.
Sin ironías.
Sin ataques.
Qué raro.
Antes, cualquier trabajo juntos terminaba en una competencia absurda por demostrar quién tenía la razón.
Ahora simplemente...
Funcionábamos.
No.
Funcionábamos no.
Cooperábamos.
Que era todavía más raro.
Las dos primeras clases transcurrieron con una calma casi sospechosa.
Literatura.
Después Matemáticas.
Durante ambas apenas intercambiamos un par de palabras.
—¿Me pasas la regla?
—Sí.
—Gracias.
—De nada.
Eso era todo.
Cada frase tenía menos de cinco palabras.
Lucas estaría orgulloso.
O quizá diría que ya había roto la regla solamente por responder.
Con él nunca se sabía.
Cuando sonó el timbre del recreo, guardé el cuaderno enseguida.
Valentina hizo lo mismo.
Nos levantamos casi al mismo tiempo.
—Biblioteca en diez minutos —dijo ella.
—Voy.
Asintió una vez y salió del salón junto con Sofía.
La seguí con la mirada.
Uno.
Dos.
Tres.
Aparté los ojos.
Demasiado tarde.
Otra vez.
Editado: 01.08.2026