DÍA 6 — EL ACCIDENTE
POV: Thiago
Día seis de la apuesta.
Ya había dejado de contar los días.
Ahora los medía de otra forma.
En reglas rotas.
En entrenamientos compartidos.
En veces que Lucas se burlaba de mí.
Y, sobre todo, en la cantidad de veces que terminaba pensando en Valentina cuando se suponía que debía hacer exactamente lo contrario.
No era un buen sistema.
Pero era el único que tenía.
Desde el Día 3, cuando apareció Martín con su sonrisa perfecta y casi terminamos peleando en medio de un entrenamiento, había decidido volver a mantener distancia.
Había funcionado.
Más o menos.
Seguíamos compartiendo banca.
Seguíamos diciendo "buenos días" por simple educación.
Seguíamos trabajando cuando los profesores lo pedían.
Nada más.
Ni una conversación extra.
Ni una discusión.
Ni una provocación.
Era extraño.
Después de diez años peleando por cualquier cosa, el silencio se había convertido en nuestra nueva forma de llevarnos mal.
Y, contra todo pronóstico...
Funcionaba.
O al menos eso quería creer.
A las tres de la tarde llegué al gimnasio del colegio.
El calor era insoportable.
El aire acondicionado llevaba más de una semana descompuesto y el techo de chapa convertía la cancha en un horno.
Ni siquiera había empezado a entrenar y ya tenía la camiseta pegada a la espalda.
Lucas apareció detrás de mí con una botella de agua.
—Si hoy sobrevivo, exijo aumento de sueldo.
—No te pagan.
—Por eso mismo.
Negué con la cabeza mientras dejaba mi mochila en la banca.
Bruno y Dani ya estaban haciendo el calentamiento.
Mateo acomodaba los balones en un carrito.
Todo parecía normal.
Hasta que miré hacia el otro lado de la cancha.
Ellas ya habían llegado.
Las chicas estiraban cerca de la red mientras su entrenadora daba algunas indicaciones.
Valentina estaba un poco apartada del grupo.
Llevaba el uniforme de entrenamiento, unas rodilleras negras y el cabello recogido en una cola alta.
Tenía puestos unos audífonos.
No hablaba con nadie.
No me había visto entrar.
Perfecto.
Mejor así.
Giré inmediatamente la cabeza.
Diez metros de distancia.
Territorio seguro.
Podía entrenar sin cruzarme con ella.
Podía hacerlo.
—¡Todos al centro!
La voz del entrenador Raúl retumbó en todo el gimnasio.
Los dos equipos dejaron de calentar y caminaron hacia la línea central.
Algo me dijo que aquello no podía traer nada bueno.
Raúl juntó las manos.
—En dos semanas empiezan los interescolares.
Todos asentimos.
—Y sigo viendo exactamente el mismo problema.
Hizo una pausa mientras recorría al grupo con la mirada.
—Cuando entrenan juntos parecen dos equipos completamente distintos.
Silencio.
—Eso cambia desde hoy.
Lucas murmuró algo que preferí no escuchar.
—Trabajarán en parejas mixtas durante todo el entrenamiento.
Perfecto.
Exactamente lo que necesitábamos.
Raúl empezó a repartir nombres.
—Bruno con Camila.
—Dani con Sofía.
—Mateo con Julieta.
Sentí un pequeño alivio.
Tal vez...
—Thiago con Valentina.
Claro.
Porque la vida odiaba verme tranquilo.
Lucas soltó una risa que intentó disimular tosiendo.
Le lancé una mirada asesina.
Él respondió levantando ambos pulgares.
Traidor.
Del otro lado, Valentina se quitó lentamente los audífonos.
Por un instante nuestras miradas coincidieron.
No hizo ningún gesto.
Solo caminó hasta donde estaba yo.
Se detuvo aproximadamente a un metro de distancia.
Lo suficientemente cerca para trabajar.
Lo suficientemente lejos para dejar claro que no era por gusto.
—Primer ejercicio —continuó Raúl—. Coordinación de pases.
Cada pareja realizará cincuenta recepciones sin dejar caer la pelota.
Si falla...
Empieza de nuevo.
Se escuchó un coro de quejas.
Raúl sonrió.
—Entonces será mejor que se entiendan.
Qué gracioso.
Tomé un balón del carrito.
Valentina hizo lo mismo, pero terminó dejándolo cuando entendió que trabajaríamos con uno solo.
Otra coincidencia incómoda.
Nos colocamos frente a frente.
Durante unos segundos ninguno habló.
No hacía falta.
Yo sostenía la pelota.
Ella esperaba en posición de recepción.
Finalmente rompí el silencio.
—¿Lista?
Era la primera frase que le dirigía desde hacía varios días que no fuera un saludo.
Ella simplemente asintió.
Ni una palabra.
Lancé el primer pase.
La pelota viajó limpia.
Valentina la recibió con facilidad.
Volvió hacia mí.
Perfecta.
La devolví.
Otra vez.
Y otra.
Y otra.
Los movimientos empezaron a salir de forma automática.
Pase.
Recepción.
Pase.
Recepción.
El sonido seco del balón contra los antebrazos se mezclaba con los silbatos del resto de la cancha.
—Diez —contó Raúl desde el otro lado.
Seguimos.
Once.
Doce.
Trece.
No hablábamos.
Ni siquiera nos mirábamos más de lo necesario.
Solo seguíamos el ritmo.
Y, para mi mala suerte...
Funcionábamos demasiado bien.
Odiaba admitirlo.
Pero Valentina tenía una recepción impecable.
Nunca necesitaba dar más de dos pasos.
Siempre devolvía el balón exactamente donde debía.
Era desesperantemente buena.
En el pase número diecisiete ocurrió.
Mi mano golpeó el balón apenas un poco más abajo de lo debido.
Un error mínimo.
Suficiente.
La pelota salió desviada hacia la derecha.
—¡Voy! —avisó Valentina.
Corrió detrás del balón antes de que tocara el suelo.
Yo también di un paso, pero ya era tarde.
Ella llegaba primero.
Solo tenía que estirar un poco más el brazo.
Editado: 01.08.2026