LO QUE YA NO PODEMOS IGNORAR
POV: Thiago
Día 10 de la apuesta.
Hay una diferencia enorme entre romper una regla...
Y dejar de fingir que todavía intentas cumplirla.
Los primeros días llevaba la cuenta de cada mirada, de cada palabra y de cada roce accidental. Ahora ya ni abría las notas del celular todas las noches. Las reglas seguían existiendo, claro, pero era como si hubieran dejado de importar poco a poco.
Eso era exactamente lo que me preocupaba.
No perder quinientos mil pesos.
Sino que ya no estaba seguro de querer ganar a cualquier precio.
—¿Sigues vivo?
Abrí un ojo.
Lucas estaba apoyado en el marco de la puerta del salón con una sonrisa insoportable.
—Lamentablemente para ti, sí.
—Qué pena.
Entró al salón junto con Bruno, Dani y Mateo. Los cuatro llevaban las mochilas colgadas de un solo hombro, como si el peso de estudiar fuera demasiado para usar los dos.
—Buenos días, capitán —saludó Dani.
—¿Qué quieren?
—Nada.
Eso era mentira.
Cuando los cuatro decían "nada", significaba problemas.
Bruno dejó una botella de agua sobre mi banca.
—Pregunta rápida.
—No.
—Todavía no pregunté.
—Igual no.
Lucas chasqueó la lengua.
—¿Le respondiste el mensaje?
Sentí que el estómago daba un pequeño vuelco.
No debería sorprenderme.
Ellos parecían enterarse de todo.
—No.
—¿Seguro?
—Sí.
—¿Ni un "gracias"?
Negué con la cabeza.
Lucas me observó unos segundos antes de asentir.
—Bien.
—¿Bien?
—Todavía tienes algo de dignidad.
Dani soltó una risa.
—Aunque guardó el número.
Giré tan rápido que casi me dolió el cuello.
—¿Cómo sabes eso?
—Porque si la hubieras bloqueado ya nos lo habrías presumido hace tres días.
Maldito.
Odiaba cuando tenía razón.
Antes de que pudiera responder, el primer timbre sonó por todo el edificio.
Los cuatro regresaron a sus lugares mientras seguían riéndose.
Yo respiré hondo.
Un día normal.
Solo necesitaba que fuera un día normal.
Entré al salón.
Por costumbre, mis ojos buscaron la banca cuatro.
Valentina ya estaba allí.
La venda seguía cubriendo su muñeca derecha, aunque era más pequeña que la del hospital. Escribía despacio con la mano izquierda, frunciendo ligeramente el ceño cada vez que alguna letra salía torcida.
No levantó la vista.
Yo tampoco dije nada.
Me senté.
Cinco centímetros.
La famosa frontera seguía ahí.
Solo que ahora se sentía diferente.
No más pequeña.
Más... inútil.
—Buenos días —muré.
Ella dejó de escribir.
—Buenos días.
Silencio otra vez.
Durante unos segundos ninguno hizo nada.
Hasta que vi cómo intentaba cambiar de página sujetando el cuaderno con una sola mano.
El papel se dobló.
Volvió a intentarlo.
No pudo.
Antes de pensar demasiado, sujeté la esquina del cuaderno para mantenerla firme.
Ella levantó la vista.
Nuestros ojos se encontraron apenas un instante.
—Gracias.
Soltó la palabra tan bajito que casi no la escuché.
Retiré la mano enseguida.
—De nada.
Eso había sido todo.
Cinco segundos.
Pero por alguna razón sentía que Lucas encontraría la manera de convertir aquello en veinte reglas rotas.
La clase de Literatura empezó unos minutos después.
La profesora caminó hasta el frente con un montón de hojas.
—Hoy trabajaremos comprensión lectora.
Toda la clase dejó escapar un suspiro colectivo.
—Van a leer un cuento y responder unas preguntas en parejas.
Escuché varias quejas.
Yo solo miré el techo.
Otra vez.
La profesora comenzó a repartir las copias.
Cuando llegó a nuestra banca dejó únicamente un juego de hojas.
—Compartan.
Perfecto.
Valentina acomodó las hojas entre los dos.
La distancia era tan pequeña que ambos terminamos inclinándonos al mismo tiempo para leer.
—Empieza tú —dijo.
Asentí.
Leí el primer párrafo en voz baja.
Después ella continuó con el siguiente.
Así durante varios minutos.
No era una conversación.
Ni una discusión.
Solo dos personas leyendo un cuento.
Y, aun así...
Se sentía extrañamente cómodo.
—La respuesta de la dos es la B —comenté cuando terminamos.
Ella negó con la cabeza.
—No. La C.
—¿Por qué?
Señaló una línea del texto.
—Porque aquí dice que el personaje cambia de opinión antes del final.
Leí otra vez.
Tenía razón.
La miré.
—Bien visto.
Parpadeó, como si no esperara escuchar eso.
—Gracias.
Escribió la respuesta sin agregar nada más.
No entendía por qué aquella conversación me había dejado una sensación tan rara.
Tal vez porque era la primera vez en mucho tiempo que discutíamos sobre algo...
...sin discutir de verdad.
El recreo llegó antes de que pudiera seguir pensando.
Lucas apareció junto a mi banca apenas sonó el timbre.
—Informe.
—No.
—Informe.
—No pasó nada.
Dani levantó una ceja.
—¿Nada?
—Nada.
Mateo señaló las hojas del ejercicio.
—Trabajaron juntos otra vez.
—Porque la profesora lo pidió.
Bruno sonrió.
—¿Y?
—¿Y qué?
—¿Se pelearon?
Recordé la discusión sobre la respuesta dos.
—No.
Los cuatro intercambiaron una mirada.
—Eso ya empieza a preocuparnos —dijo Lucas.
—¿Qué cosa?
—Que ya ni pelean.
Rodé los ojos.
—No inventen cosas.
—No las inventamos.
Lucas cruzó los brazos.
—Antes discutían hasta por el color del marcador.
—Porque ella siempre escogía el azul.
—¿Ves?
Abrí la boca.
La cerré otra vez.
Maldito.
Editado: 24.08.2026