30 días para no Enamorarme

Capítulo VIII

PRIMER SET

POV: Thiago

Día 12 de la apuesta.

Los sábados deberían servir para descansar.
Al menos eso decía la gente normal.

Los voleibolistas teníamos otra definición de "descanso".
Entrenar.

Abrí los ojos cuando la alarma sonó a las seis y media. La apagué de un manotazo y me quedé mirando el techo.
Lo primero que vi fue el celular.
Y lo primero que recordé...
Fue el mensaje de Valentina.

Seguía sin responder.
Lo tomé entre las manos.
La conversación seguía abierta.
_"Gracias por ayudar con el análisis de hoy. Nos va a servir mucho para el próximo partido."_

Nada más.
Un simple agradecimiento.
No tenía por qué responder.
Entonces...
¿Por qué todavía seguía pensando en eso?

Solté el aire y bloqueé la pantalla.
—Olvídalo, Benítez.

Me levanté de la cama antes de seguir dándole vueltas.
Mi madre ya estaba preparando el desayuno.
—Buenos días.
—Buenos.
Bostecé mientras me sentaba frente a la mesa.
—¿Entrenamiento?
Asentí.
—Como todos los sábados.

Mi padre apareció unos segundos después con una taza de café.
—Los interescolares ya están cerca.
—Lo sé.
—Entonces aprovechen cada práctica.

Asentí otra vez.
No hacía falta que me lo recordaran.
Este año queríamos ganar el campeonato.
Y para eso no alcanzaba con jugar bien.
Había que jugar como un equipo.

A las ocho y media llegué al polideportivo municipal donde entrenábamos.
Todavía faltaban unos minutos para empezar, pero ya había varios compañeros calentando.

—¡Capitán!
Dani levantó una mano desde la cancha.
—Pensé que hoy llegarías tarde.
—Sigue soñando.

Lucas apareció detrás de él con un balón bajo el brazo.
—Yo sí aposté que llegabas tarde.
—Otra apuesta que pierdes.
—Ya llevo demasiadas por tu culpa.
—Eso te pasa por apostar todo.

Bruno soltó una carcajada mientras terminaba de atarse las zapatillas.
—No le hagas caso.
Perder es su pasatiempo favorito.
—Mentira.
Mi pasatiempo favorito es molestarte.
—Eso explica muchas cosas.

Mateo llegó unos segundos después con una botella de agua.
Como siempre, saludó con un simple movimiento de cabeza.
—Buenos días.
—Buenos.

Mientras hablábamos, el resto del equipo fue llegando poco a poco.
Nico y Tomás empezaron a practicar saques al fondo de la cancha.
Gabriel, uno de los centrales, discutía con Enzo sobre quién había perdido más balones el entrenamiento anterior.

—¡Fuiste tú!
—¡Mentiroso! ¡Hay testigos!
—Los testigos también estaban distraídos.

Las risas llenaron el gimnasio.
Era imposible aburrirse con ese grupo.

El silbato del entrenador Raúl puso fin al desorden.
—¡Todos al centro!

Los jugadores dejaron los balones y formaron un semicírculo frente a él.
Raúl cruzó los brazos.
—Faltan pocas semanas para los interescolares.
Así que, desde hoy, los entrenamientos serán más exigentes.

Algunos se quejaron por lo bajo.
—Los escuché.
Las quejas desaparecieron de inmediato.
—Bien.
Ahora otra cosa.

Miró hacia la entrada del gimnasio.
—Pasen.

Todos giramos la cabeza.
Las chicas del equipo femenino acababan de entrar.
Sofía iba hablando con Camila mientras acomodaba su mochila.
Detrás de ellas venían Martina, Julieta y el resto del equipo.
Y casi al final...
Valentina.

Llevaba la muñeca todavía vendada, aunque mucho menos que antes.
Caminaba con tranquilidad mientras escuchaba algo que Sofía le decía.

Sin darme cuenta, me quedé mirándola.

—Benítez.
La voz de Lucas sonó justo a mi lado.
—¿Qué?
—Llevas más de tres segundos.

Lo miré con cara de pocos amigos.
—Cállate.
Lucas sonrió como si acabara de confirmar una teoría.
—Solo decía.

Rodé los ojos antes de volver a mirar al frente.
Por suerte, Raúl continuó hablando antes de que siguiera molestando.

—Valentina empezará hoy con ejercicios de recuperación.
Nadie va a exigirle más de la cuenta.
¿Entendido?
—¡Sí, profesor! —respondimos todos.

Ella asintió con una sonrisa.
Era pequeña.
Pero se notaba que estaba feliz de volver.
Y, por alguna razón...
Yo también me alegré.

Enseguida me obligué a pensar en otra cosa.
Diecinueve días.
Eso era lo importante.
Diecinueve días para ganar la apuesta.

Lo demás...
No debía importar.

Raúl dio una palmada para llamar nuestra atención.
—Calentamiento. Cinco vueltas a la cancha y después movilidad. Quiero ver a todos despiertos.

Los equipos se dispersaron enseguida.
Mientras empezábamos a trotar, Lucas se colocó a mi lado.
—¿Sabes qué descubrí?
—Que hablas demasiado.
—También. Pero descubrí algo mejor.
—Sorpréndeme.
Se inclinó un poco hacia mí.
—Hoy no revisaste dónde estaba Valentina.

Lo miré de reojo.
—Porque ya la vi cuando entró.
Lucas sonrió con satisfacción.
—Exactamente.

Tardé un segundo en entender lo que acababa de decir.
—...Olvida lo que dije.
—Demasiado tarde.

Bruno, que corría delante de nosotros, soltó una carcajada.
—Anótenlo. Lo admitió solito.
—¿Van a dejarme entrenar en paz?
—No prometemos nada —respondieron los dos al mismo tiempo.

Negué con la cabeza.
A veces dudaba seriamente de por qué seguía siendo amigo de ellos.

Después del calentamiento comenzaron los ejercicios técnicos.
Los armadores trabajaban precisión.
Los centrales practicaban bloqueos.
Los líberos hacían recepciones imposibles.

Raúl caminaba de un lado a otro corrigiendo detalles.
—¡Tomás, más arriba esas manos!
—¡Nico, llegas tarde al bloqueo!
—¡Enzo, deja de mirar el balón y mira al armador!




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