30 días para no Enamorarme

Capítulo IX

UN DOMINGO DIFERENTE

POV: Thiago

Día 13 de la apuesta.

Los domingos estaban hechos para dormir. Al menos eso pensaba hasta que conocí al entrenador Raúl.

A las siete de la mañana ya estaba despierto, con el uniforme de entrenamiento y una botella de agua en la mochila, preguntándome quién había tenido la brillante idea de organizar una jornada de integración un domingo.

Spoiler: había sido Raúl.
Y nadie se había atrevido a discutirle.
—¿Seguro que hoy no entrenan? —preguntó mi madre mientras dejaba un plato con tostadas sobre la mesa.
—Eso dijo el entrenador.
—Entonces disfrútalo.

Solté una risa.
—Con Raúl, "disfrutar" suele significar correr hasta no sentir las piernas.

Mi padre levantó la vista del periódico.
—Aunque no sea un entrenamiento, aprovéchenlo. Un equipo también se forma fuera de la cancha.

Asentí mientras terminaba el desayuno.
Tal vez tenía razón.
Aunque dudaba mucho que Lucas dejara de hacer tonterías solo porque fuera domingo.
El club ya estaba bastante lleno cuando llegué.
Varios de mis compañeros estaban reunidos cerca de las canchas.

—¡Milagro! —gritó Lucas al verme—. Pensé que hoy te ibas a quedar dormido.
—Tú apostaste eso, ¿verdad?
Sonrió sin ninguna vergüenza.
—Obviamente.
—Perdiste otra vez.
—Estoy empezando a sospechar que las apuestas contigo están malditas.

Bruno soltó una carcajada.
—No. El problema es que apuestas cualquier cosa.
—Eso también.

Mateo llegó unos segundos después con un vaso de tereré en la mano.
—Buenos días.
—Buenos.

Dani apareció bostezando.
—Si alguien vuelve a organizar algo un domingo, renuncio al voleibol.
—No durarías ni dos horas —respondió Bruno.
—Probablemente.

Las risas hicieron que el ambiente se sintiera mucho más relajado que un entrenamiento normal.

Poco a poco fueron llegando los demás.
Tomás y Gabriel comenzaron a pelotear mientras esperaban.
Nico discutía con Enzo porque, según él, había llegado cinco minutos antes y eso merecía reconocimiento.
—Cinco minutos no cambian tu historial de impuntualidad —contestó Enzo.
—Algo es algo.
Un murmullo llamó nuestra atención.
El equipo femenino acababa de entrar al club.

Sofía iba al frente conversando con Camila y Julieta.
Un poco más atrás caminaban Martina y Abril, riéndose de algo.
Y casi al final...
Valentina.

La venda en su muñeca era mucho más pequeña que días atrás.
Ya no parecía incómoda al mover la mano.

Al notar mi mirada, levantó la cabeza.
Nuestros ojos se encontraron durante un instante.
Esta vez ninguno apartó la vista de inmediato.

Ella fue la primera en hablar.
—Buenos días, Benítez.
—Buenos días.

Sonrió apenas antes de seguir caminando hacia sus compañeras.

Lucas apareció a mi lado exactamente en ese momento.
—Interesante.
Ni siquiera lo miré.
—¿Qué cosa?
—Ya ni discuten para saludarse.

Suspiré.
—¿Puedes dejar de analizar absolutamente todo?
—No.
—Lo suponía.
Un silbatazo resonó por todo el club.
Raúl estaba en el centro de la cancha con una carpeta en la mano.
—¡Todos aquí!

Los jugadores de ambos equipos formamos un gran semicírculo frente a él.
El entrenador esperó unos segundos hasta que se hizo silencio.

—Hoy no vamos a entrenar como siempre.
Algunos sonrieron con alivio.
Raúl levantó una ceja.
—Eso no significa que vayan a descansar.
Las sonrisas desaparecieron.

—La idea de esta jornada es sencilla.
Quiero que aprendan a confiar en cualquier compañero, sin importar si pertenece al equipo masculino o femenino.
El voleibol se juega en grupo.
Y un buen grupo también sabe trabajar fuera de la cancha.

Hizo una pausa antes de continuar.
—Así que preparé varias actividades.

Escuché a Lucas murmurar:
—Eso nunca termina bien.

Raúl continuó como si no hubiera oído nada.
—Los equipos serán completamente mezclados.
No los elegirán ustedes.
Los voy a formar yo.
Y nadie cambia de grupo.

Un coro de quejas recorrió el lugar.
—Ya empezaron... —muró Raúl mientras abría la carpeta—. Precisamente por eso los voy a elegir yo.

Lucas se llevó una mano al pecho.
—Profe, confíe un poco en nosotros.
—Justamente porque los conozco no confío.

Las carcajadas fueron inevitables.
Yo también terminé riéndome.

Algo me decía que ese domingo iba a ser mucho más largo de lo que imaginaba.

Raúl comenzó a leer los equipos.
—Equipo uno: Lucas, Sofía, Gabriel, Camila, Enzo y Martín.
Lucas levantó un puño.
—¡Este equipo ya ganó!
—Todavía no empezaron —respondió Sofía.
—Pero tengo confianza.
—Eso mismo dijiste el sábado.

Las risas no tardaron en aparecer.
Raúl continuó.
—Equipo dos: Bruno, Julieta, Dani, Tomás, Abril y Joaquín.
Bruno miró a Dani.
—Por favor, no rompas nada.
—No prometo nada.
—Ya empezamos mal.

El entrenador siguió bajando la vista por la lista.
—Equipo tres: Benítez, Valentina, Mateo, Nico, Martina y Leo.

Sentí varias miradas encima.
No hacía falta adivinar de quiénes.
Lucas levantó lentamente la cabeza hacia mí con una sonrisa imposible de soportar.
—Qué... casualidad.
—Cierra la boca —murmuré.
—Yo no dije nada.
—Precisamente.

Raúl volvió a hablar antes de que siguiera molestando.
—Cada grupo pasará por cuatro estaciones. En cada una tendrán un desafío distinto. Ganará el equipo que consiga más puntos al final de la jornada.

Enzo levantó la mano.
—¿Y cuál es el premio?
—Comer primero.
—¡Eso sí motiva! —gritó Dani.

El entrenador negó con la cabeza, resignado.
—Cinco minutos para organizarse. Después empezamos.




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