MÁS QUE UN EQUIPO
POV: Thiago
Día 13 de la apuesta. Domingo.
Hay personas que creen que un equipo se forma entrenando.
Yo antes pensaba lo mismo.
Después de esa mañana entendí que un equipo también se construía compartiendo una mesa.
Porque cuando el entrenador Raúl dijo que era hora del almuerzo, ninguno salió corriendo hacia la comida.
Todos empezamos a preguntar lo mismo.
—¿Qué hay de comer?
—¿Hay postre?
—¿Quién cocinó?
—¿Podemos repetir?
Raúl negó con la cabeza, resignado.
—No sé por qué me esfuerzo en preparar actividades si al final solo les interesa la comida.
—Porque entrenar da hambre —respondió Lucas con total seriedad.
—Y porque Dani desayunó hace como cuatro horas —añadió Bruno.
—Eso fue hace muchísimo tiempo —protestó Dani.
Las risas llenaron el gimnasio.
Salimos hacia el quincho del club, donde ya habían preparado varias mesas largas.
Sobre ellas había enormes fuentes con milanesas, ensaladas, arroz, pan y jarras de jugo.
El olor hizo que varios aceleraran el paso.
—¡El último lava los platos! —gritó Gabriel.
Enzo salió corriendo.
—¡Ni loco!
En cuestión de segundos medio equipo estaba compitiendo por llegar primero.
—Parecen chicos de primaria —comentó Sofía mientras caminaba con tranquilidad.
—Lo son —respondió Camila.
Valentina soltó una risa.
—Solo que más altos.
No pude evitar sonreír.
Tenían razón.
Raúl levantó la voz antes de que alguien empezara a servirse.
—¡Esperen!
Todos se quedaron quietos.
—Antes de comer...
Se hizo un silencio.
—...quiero recordarles una sola cosa.
Lucas suspiró.
—Ya empezó el discurso.
El entrenador lo ignoró.
—Hoy no quiero ver al equipo masculino por un lado y al femenino por otro.
Varias miradas se cruzaron.
—Siéntense donde quieran, pero mezclados.
La idea de esta jornada es que se conozcan mejor.
Nada de formar grupos separados.
—Entendido —respondimos.
Aunque algunos parecían menos convencidos que otros.
Cada uno tomó un plato y comenzó a servirse.
Yo agarré un par de milanesas y un poco de arroz.
—¿Solo eso? —preguntó Bruno.
—Voy a repetir después.
—Cobarde.
—Prefiero poder moverme cuando terminemos.
Lucas apareció con un plato que parecía una montaña.
—¿Tú piensas alimentar a toda tu familia?
—Estoy en etapa de crecimiento.
Mateo lo observó unos segundos.
—Hace tres años que dices lo mismo.
—Y sigo creciendo espiritualmente.
Dani casi se atragantó de la risa.
Busqué un lugar libre.
Cuando estaba por sentarme, Sofía habló.
—Aquí hay espacio.
Miré la mesa.
Estaban Sofía, Camila, Martina, Nico, Leo...
Y Valentina.
Por un instante dudé.
Después recordé lo que había dicho Raúl.
Equipos mezclados.
Me senté.
Valentina quedó justo a mi derecha.
—Hola —dijo con naturalidad.
—Hola.
Comenzamos a comer.
Durante los primeros minutos nadie habló demasiado.
El único sonido era el de los cubiertos y las conversaciones de las otras mesas.
Hasta que Lucas apareció.
Con una bandeja en las manos.
—¿Hay lugar?
Leo señaló la punta de la mesa.
—Sí.
Lucas sonrió.
—Perfecto.
Se sentó exactamente frente a mí.
No era casualidad.
Nunca lo era.
—Bueno... —empezó mientras cortaba una milanesa—.
Como nadie habla...
Tengo una pregunta.
Bruno levantó la vista.
—Eso nunca termina bien.
Lucas ignoró el comentario.
—¿Quién empezó a jugar voleibol primero?
Martina levantó la mano.
—Yo a los ocho años.
—Nueve —dijo Leo.
—Diez —añadió Camila.
Las respuestas fueron apareciendo una tras otra.
Hasta que Lucas miró a Valentina.
—¿Y tú?
Ella dejó el tenedor sobre el plato.
—Siete.
—¿Tan pequeña?
Asintió.
—Mi hermano mayor jugaba.
Un día faltó una chica para completar un entrenamiento.
Entré solo para probar.
Nunca dejé de hacerlo.
—Eso explica muchas cosas —comentó Sofía.
Valentina sonrió.
—Supongo.
Lucas giró hacia mí.
—¿Y tú, capitán?
Me encogí de hombros.
—Nueve años.
Mi papá me llevó a un entrenamiento porque decía que gastaba demasiada energía rompiendo cosas en casa.
Las risas no tardaron en aparecer.
—¿Funcionó? —preguntó Camila.
—Más o menos.
Todavía rompo algunas.
—Confirmo —dijo Bruno.
La conversación empezó a fluir sola.
Ya nadie parecía pensar en que éramos dos equipos diferentes.
Gabriel contó cómo una vez se había equivocado de cancha durante un torneo.
Enzo confesó que antes le daba miedo sacar porque siempre golpeaba la red.
Martina relató el día en que terminó con hielo en la cabeza después de recibir un remate de Sofía.
—¡Fue un accidente! —se defendió Sofía.
—Eso dices siempre.
—Porque siempre es verdad.
Mientras todos hablaban, miré de reojo a Valentina.
Escuchaba con atención.
De vez en cuando hacía algún comentario.
O se reía.
Era raro verla así.
En el colegio casi siempre estaba concentrada.
Analizando algo.
Pensando en entrenamientos.
Ahora simplemente disfrutaba el momento.
Y se notaba.
—¿Qué? —preguntó de repente.
Parpadeé.
—¿Qué?
—Me estabas mirando.
Sentí que el corazón daba un pequeño salto.
—No.
Levantó una ceja.
—Sí.
—Solo...
Busqué una excusa.
—Pensaba que hacía días que no te veía reír tanto.
Durante un segundo creí haber dicho demasiado.
Pero ella solo sonrió.
—Será porque hoy no estamos entrenando.
—Eso ayuda.
—Y porque Lucas está haciendo el ridículo desde hace veinte minutos.
Editado: 24.08.2026