30 días para no Enamorarme

Capítulo XI

DESPUÉS DEL DOMINGO

POV: Thiago

Día 14 de la apuesta. Lunes.

Siempre había pensado que los lunes eran el peor invento de la humanidad.
Después del domingo de integración, estaba empezando a creer que lo realmente peligroso era volver al colegio como si nada hubiera pasado.

Porque nada había pasado.
Y, al mismo tiempo...
Habían pasado demasiadas cosas.

Llegué al colegio unos minutos antes del primer timbre.
El patio ya estaba lleno de estudiantes. Algunos terminaban tareas a último momento, otros conversaban apoyados contra los árboles y unos cuantos aprovechaban para jugar con un balón antes de entrar a clases.

Apenas crucé el portón, alguien me dio un golpe amistoso en el hombro.
—Buenos días, capitán.
Lucas.
Cómo no.

—Todavía es muy temprano para que empieces.
—Al contrario. Es la mejor hora.

Bruno apareció detrás de él con una botella de agua en la mano.
—Desde que abrió los ojos viene hablando.
—Eso es mentira.
—Lo dijo mientras caminábamos hasta aquí —aclaró Dani.
Mateo solo negó con la cabeza.
—No tiene solución.

Lucas sonrió orgulloso.
—Gracias.
—No era un cumplido.

Seguimos caminando hacia el edificio principal entre bromas.
Por un momento sentí que todo volvía a la normalidad.

Hasta que escuché dos voces pasar junto a nosotros.
—¿Viste? Ahí va Benítez.
—¿Y Palacios ya llegó?

No alcancé a ver quiénes eran.
Solo siguieron caminando por el pasillo.
Lucas también las escuchó.
—Parece que el rumor sigue vivo.
—Que digan lo que quieran.
—Eso dijiste muy rápido.

Lo miré de reojo.
—Porque me da igual.
—Ajá...

No insistió.
Pero conocía esa expresión.
La de "no te creo ni un poco".

Entramos al salón justo cuando sonó el timbre.
Como siempre, ocupé mi lugar en la banca cuatro.
Dejé la mochila en el suelo y saqué el cuaderno de Matemáticas.

Cinco segundos después...
—Buenos días.

Levanté la vista.
Valentina acababa de sentarse a mi lado.
Llevaba el cabello recogido en una coleta alta y la venda de la muñeca era mucho más pequeña que la semana anterior.
—Buenos días.

Guardó un libro dentro del pupitre.
—¿Descansaste?
La pregunta me tomó por sorpresa.
—Sí... creo.
Ella sonrió apenas.
—Yo terminé agotada.
—Raúl nos hizo trabajar más de lo que prometió.
—Como siempre.

Los dos soltamos una pequeña risa.
Fue una conversación de menos de treinta segundos.
Nada importante.
Nada especial.
Y, aun así...
Hace dos semanas habría parecido imposible.

La profesora de Matemáticas entró al salón con una carpeta llena de hojas.
—Buenos días, chicos.
—Buenos días.

Dejó las hojas sobre el escritorio.
—Antes de empezar la clase, voy a entregar los resultados de la evaluación del jueves pasado.

Escuché varios suspiros.
Nunca era buena señal.

La profesora comenzó a llamar uno por uno.
Cuando llegó a la banca cuatro, dejó dos hojas sobre nuestras mesas.
Miré la mía.
9,5.
Nada mal.

Giré apenas la cabeza.
Valentina observaba la suya.
10.
Como siempre.

Notó que estaba mirando.
—¿Qué?
—Nada.
Levanté una ceja.
—Sigues siendo insoportablemente buena en Matemáticas.
Ella sonrió de lado.
—Y tú sigues buscando excusas.
—Oye, saqué nueve y medio.
—Precisamente.
—¿Qué tiene de malo?
—Que el medio punto lo perdiste por distraído.

Fruncí el ceño.
—¿Cómo sabes?
Señaló mi examen.
—Olvidaste cambiar el signo en la última cuenta.

Bajé la vista.
Tenía razón.
Solté el aire.
—No puede ser...
Ella soltó una risa baja.
—Te lo dije.

Negué con la cabeza.
—No sé por qué sigo hablándote.
—Porque sabes que tengo razón.

Quise responder.
No encontré cómo.

La clase transcurrió con normalidad.
O casi.
Cada vez que la profesora hacía una pregunta difícil, Valentina levantaba la mano antes que nadie.
Yo respondía un par.
Ella otras tantas.
Y, sin darnos cuenta, habíamos vuelto a hacer lo que llevábamos años haciendo.
Competir.
Solo que esta vez...
Sin discutir.

Cuando sonó el timbre del cambio de hora, la profesora salió del salón.
Lucas giró inmediatamente hacia nosotros.
—Necesito hacer una investigación científica.
Suspiré.
—Empiezo a preocuparme.
—Es sencilla.
Apoyó los codos sobre nuestro pupitre.
—¿Ustedes dos ya saben hablar sin pelear?

Valentina cruzó los brazos.
—Sí.
—Interesante.
Sacó un cuaderno.
Fingió escribir.
—Fenómeno completamente nuevo.

Bruno le quitó el lápiz.
—Déjalos tranquilos.
—Estoy recopilando información.

Dani miró a Valentina.
—Una pregunta.
—¿Cuál?
—¿Cómo lograste que Thiago admita cuando se equivoca?

Los cuatro empezaron a reír.
—Eso nunca pasó —protesté.
Valentina levantó una ceja.
—Hace diez minutos aceptaste que perdiste medio punto por distraído.

Abrí la boca.
La cerré otra vez.
Lucas dio un pequeño golpe sobre el pupitre.
—¡Tenemos testigos!
—Esto va directo a los libros de historia.
—Cállense.
—No.

Mateo observó la escena con una sonrisa casi imperceptible.
—Es raro.
Todos lo miramos.
No solía hablar mucho.
—¿Qué cosa? —preguntó Bruno.
—Antes era imposible que ustedes dos mantuvieran una conversación de cinco minutos.
Ahora parecen compañeros normales.

Hubo un breve silencio.
Nadie respondió enseguida.
Porque, aunque sonara extraño...
Tenía razón.




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