LO QUE CAMBIÓ SIN DARME CUENTA
POV: Thiago
Día 15 de la apuesta. Martes.
Había algo extraño en la forma en que estaban pasando los días.
Al principio de la apuesta, cada hora parecía una batalla.
Treinta días.
Eso era todo lo que tenía que aguantar.
Treinta días sin enamorarme de Valentina Palacios.
Parecía fácil.
Incluso me había reído cuando Lucas propuso la apuesta.
Ahora, quince días después...
La mitad del tiempo ya había pasado.
Y el problema era que ya no estaba tan seguro de qué estaba intentando ganar.
El martes empezó como cualquier otro día.
Demasiado temprano.
Demasiado sueño.
Y demasiadas ganas de volver a mi cama.
Entré al colegio con la mochila sobre un hombro y encontré a Lucas apoyado contra una columna del patio.
Lo peor era que su cara decía que ya tenía algo preparado.
Y cuando Lucas tenía algo preparado, normalmente significaba problemas.
—Buenos días, capitán.
—Buenos días.
Me miró unos segundos.
—Qué raro.
Suspiré.
—¿Qué ahora?
—Nada.
—Lucas.
Sonrió.
—Solo esperaba que hoy llegaras con peor humor.
Fruncí el ceño.
—¿Por qué?
—Porque es martes.
—¿Y?
—Los martes siempre estás de mal humor.
Bruno apareció detrás de él justo a tiempo para escuchar.
—Tiene razón.
Lo miré.
—¿Tú también?
—No es mi culpa que seas predecible.
Dani llegó junto a Mateo y soltó una risa.
—Confirmo.
—¿Desde cuándo todos analizan mi personalidad?
Mateo se encogió de hombros.
—Desde que Lucas empezó a hacerlo.
—Eso explica muchas cosas.
Lucas sonrió orgulloso.
—Soy observador.
—Eres molesto.
—También.
No pude evitar reír un poco.
Aunque no iba a admitirlo delante de ellos.
Entramos al salón cuando sonó el timbre.
La mayoría de los estudiantes ya estaba en sus lugares.
Valentina estaba sentada en la banca cuatro, revisando unos apuntes.
Era increíble cómo podía llegar temprano y aun así parecer que ya había hecho la mitad del día.
Tenía una libreta abierta, varios papeles ordenados y un lápiz en la mano.
Me senté en mi lugar.
—Buenos días.
Levantó la vista.
—Buenos días.
Nada más.
Una conversación normal.
Como cualquier otra.
Pero hacía unas semanas algo así habría sido imposible.
Antes, incluso un saludo terminaba en una competencia absurda.
Ahora simplemente nos saludábamos.
Y eso era lo raro.
Que empezaba a parecer normal.
La primera clase fue Matemáticas.
La segunda, Artes.
Y hasta ese momento todo iba demasiado tranquilo.
Hasta que la profesora de Lengua anunció un trabajo.
—Para la próxima semana harán una exposición grupal.
Un montón de quejas aparecieron inmediatamente.
La profesora levantó la vista.
—Todavía no dije los grupos.
Todos se callaron.
Empezó a nombrarlos.
Yo escuchaba sin prestar demasiada atención.
Hasta que llegó mi turno.
—Benítez, Palacios, Sofía y Lucas.
Me quedé mirando al frente.
No podía ser.
Giré lentamente hacia Lucas.
Él sonrió.
—Esto será divertido.
—No.
—Ni siquiera sabes qué iba a decir.
—No importa.
Valentina soltó una pequeña risa.
—Eso fue bastante rápido.
—Conozco a Lucas.
—Eso es cierto.
Lucas puso una mano sobre su pecho.
—Me duele que tengan tan poca confianza en mí.
Sofía levantó una ceja.
—Porque te conocemos.
Nos reunimos durante el recreo para organizar el trabajo.
El tema era liderazgo y trabajo en equipo.
Irónico.
Especialmente considerando nuestro grupo.
—Podemos dividir las partes —propuso Valentina.
Como siempre, fue la primera en ordenar las ideas.
—Yo puedo buscar información sobre comunicación dentro de un equipo.
Asentí.
—Yo hago la parte de estrategias.
Lucas levantó la mano.
—Yo puedo explicar cómo motivar a un equipo.
Todos lo miramos.
Silencio.
—¿Qué?
Sofía cruzó los brazos.
—¿Tú?
—Sí.
—¿El mismo Lucas que se desespera cuando pierde un partido amistoso?
—Eso es pasión.
—Eso es dramatismo.
Bruno, que estaba sentado cerca, intervino.
—Aunque no lo crean, algo de razón tiene.
Lucas sonrió.
—Gracias.
—No dije que fuera mucho.
Las risas aparecieron en la mesa.
Al final dividimos las partes.
Y lo más extraño fue que trabajar juntos no fue complicado.
Nadie discutió.
Nadie intentó mandar más que los demás.
Simplemente organizamos el trabajo.
Después del recreo, las clases continuaron hasta que llegó la hora del entrenamiento.
Ese era el momento del día donde podía dejar de pensar en trabajos, tareas y apuestas.
La cancha.
El balón.
El equipo.
Eso era lo único importante.
Raúl ya estaba esperando cuando llegamos al gimnasio.
—Dos minutos antes.
Bien.
Parece que hoy recuerdan la hora.
Lucas levantó una mano.
—Profe, quiero aclarar que yo siempre recuerdo la hora.
Dani lo miró.
—Llegaste tarde tres veces la semana pasada.
—Pero la recordaba.
Raúl negó con la cabeza.
—Calentamiento.
Todos empezamos a movernos.
El entrenamiento fue intenso desde el principio.
Recepciones rápidas.
Ataques.
Bloqueos.
Defensa.
Raúl no dejaba pasar ningún detalle.
—¡Más comunicación!
—¡No miren solo el balón!
—¡Confíen en sus compañeros!
Esa última frase quedó resonando.
Porque, de alguna forma, era justo lo que estaba pasando.
Los equipos ya no estaban tan separados como antes.
Los chicos hablaban con las chicas.
Las chicas corregían detalles.
Todos estaban empezando a funcionar juntos.
Editado: 24.08.2026