ENTRE LÍNEAS
POV: Thiago
Día 16 de la apuesta. Miércoles.
El problema de intentar convencerte de algo era que, tarde o temprano, terminabas escuchando tus propias mentiras.
Durante días me repetí lo mismo:
No pasa nada.
Solo somos compañeros.
Solo estamos trabajando juntos.
Solo estamos entrenando.
Y cada vez sonaba menos convincente.
Porque si realmente no pasaba nada...
¿Por qué me importaba tanto demostrarlo?
El miércoles empezó como cualquier otro día.
O al menos intenté que fuera así.
Llegué al colegio unos minutos antes del timbre y encontré a los chicos en el patio.
Lucas estaba sentado sobre una de las bancas con una expresión demasiado seria.
Eso nunca era buena señal.
—¿Qué pasó? —pregunté.
Todos lo miraron.
Bruno fue el primero en responder.
—Nada.
—Entonces, ¿por qué Lucas tiene esa cara?
Dani se encogió de hombros.
—Está pensando.
Lo miré.
—Eso explica la preocupación.
Lucas puso una mano sobre su pecho.
—Qué poca confianza tienen en mí.
—La suficiente —respondió Mateo.
—¿Para qué?
—Para saber que algo estás planeando.
Lucas sonrió.
Mala señal.
—Tengo una pregunta.
Suspiré.
—No.
—Ni siquiera la hice.
—Pero te conozco.
Bruno soltó una risa.
—Tiene razón.
Lucas ignoró el comentario.
—¿Has pensado cuánto falta para que termine la apuesta?
Silencio.
No quería responder.
Porque sabía exactamente cuánto faltaba.
Catorce días.
Solo catorce.
—Sí.
Lucas asintió lentamente.
—Y antes estabas feliz contando los días.
—Sigo estándolo.
—Claro.
Ese "claro" me molestó más de lo necesario.
Porque sonaba como si no me creyera.
Y lo peor era que yo tampoco estaba completamente seguro de creerme.
Entramos al salón antes de que sonara el timbre.
Valentina ya estaba en su lugar.
Como siempre.
Tenía varios apuntes abiertos y estaba revisando algo del trabajo de Lengua.
Me senté.
—Buenos días.
Ella levantó la vista.
—Buenos días.
Después de eso volvió a sus apuntes.
Y yo hice lo mismo.
Normal.
Simple.
Sin nada raro.
Entonces...
¿Por qué sentía que estaba esperando que dijera algo más?
Aparté la mirada.
Esto era exactamente el tipo de cosa que no necesitaba pensar.
La mañana pasó entre clases y trabajos pendientes.
En Lengua continuamos organizando la exposición.
Lucas, para sorpresa de todos, estaba realmente aportando.
Aunque seguía siendo Lucas.
—Creo que mi parte debería abrir la presentación.
Valentina lo miró.
—¿Por qué?
—Porque soy carismático.
Sofía levantó la vista de sus hojas.
—Eso está por comprobarse.
—La gente me quiere.
—La gente te soporta.
—También sirve.
No pude evitar reír.
Lucas tenía una habilidad especial para convertir cualquier situación en un desastre.
Pero también era cierto algo.
El grupo funcionaba.
Incluso con él.
Durante el recreo, el tema principal volvió a ser el torneo.
Los interescolares estaban cada vez más cerca y todos empezaban a sentir la presión.
—Tenemos que mejorar los saques —dijo Nico.
—Y la recepción —añadió Martina.
Valentina asintió.
—Sobre todo cuando el rival cambia el ritmo del partido.
Todos la escuchamos.
No porque fuera capitana.
Porque sabía analizar las cosas.
—El problema es que a veces queremos resolver todo con una jugada rápida —dije.
Ella me miró.
—Exacto.
Lucas abrió los ojos exageradamente.
—Esperen.
Todos lo miramos.
—¿Qué?
Señaló entre nosotros.
—Acaban de estar de acuerdo sin discutir.
Silencio.
Bruno empezó a reír.
—Es verdad.
—No es tan raro —dije.
Lucas negó con la cabeza.
—Para ustedes sí.
Valentina cruzó los brazos.
—¿Quieres que discutamos para que estés tranquilo?
Lucas sonrió.
—No.
Me gusta más así.
Eso fue lo más extraño que había escuchado de él.
Por una vez, Lucas no quería vernos pelear.
Después de clases llegó el entrenamiento.
Raúl nos reunió antes de empezar.
—Hoy vamos a trabajar algo diferente.
Todos prestamos atención.
—Quiero que piensen como equipo, no como posiciones individuales.
Señaló la cancha.
—Un partido no se gana porque una persona juega bien.
Caminó unos pasos.
—Se gana porque todos hacen su trabajo.
Nos dividió en grupos.
Esta vez mezclados.
Como veníamos haciendo desde la jornada del domingo.
Ya no se sentía extraño.
Y eso me sorprendía.
El primer ejercicio fue de comunicación.
Un jugador tenía los ojos vendados y debía moverse siguiendo las indicaciones del resto.
No parecía complicado.
Hasta que empezó.
—Más a la derecha.
—No, izquierda.
—¡Al frente!
—¡Alto!
El pobre Leo terminó chocando con un cono.
Todos nos reímos.
—Excelente trabajo —dijo Raúl.
Todos lo miramos.
—¿Eso fue sarcasmo?
—Completamente.
Incluso él sonrió.
—Precisamente por eso estamos haciendo esto.
El entrenador recogió el cono.
—No basta con hablar.
Hay que aprender a escuchar.
En mi grupo me tocó con Valentina otra vez.
Era curioso.
Antes habría pensado que era una mala suerte.
Ahora simplemente era parte del entrenamiento.
—Confía en nosotros —me dijo.
La miré.
—Eso suena peligroso viniendo de ti.
Ella sonrió.
—¿Todavía dudas de mí?
—Nunca dije eso.
—Pero lo pensaste.
Me quedé callado.
Porque tenía razón.
Y porque, por alguna razón...
Ya no pensaba eso.
Editado: 24.08.2026