30 días para no Enamorarme

Capítulo XV

EL PRIMER PARTIDO

POV: Thiago

Día 18 de la apuesta. Viernes.

Los días importantes siempre empezaban igual.
Con una mezcla extraña entre emoción y nervios.

Algunos decían que antes de un partido solo había que concentrarse.
Mentira.
Antes de un partido tu cabeza piensa en todo.
En si entrenaste lo suficiente.
En si cometiste errores que todavía no corregiste.
En si el primer punto va a salir bien.
En si vas a poder mantener la calma cuando todo empiece.

Y ese día...
Mi cabeza estaba llena de demasiadas cosas.
Pero había una que intentaba ignorar más que las demás.
Los interescolares habían llegado.

La alarma sonó a las seis de la mañana.
La apagué sin ganas y me quedé mirando el techo unos segundos.
Normalmente los viernes eran días normales.
Clases.
Entrenamiento.
Bromas con mis amigos.

Pero ese viernes no.
Ese viernes empezaba el torneo que llevábamos meses esperando.

Me levanté, me preparé y bajé a desayunar.
Mi madre ya estaba en la cocina.
—Buenos días.
—Buenos días.
Me miró unos segundos.
—Estás nervioso.
No era una pregunta.
Suspiré.
—Un poco.
Sonrió.
—Eso significa que te importa.

Me senté frente a ella.
—No quiero equivocarme.
—Thiago.
Levanté la mirada.
—Un partido no se gana porque una persona haga todo perfecto.
Hizo una pausa.
—Se gana porque el equipo entero sigue jugando incluso cuando algo sale mal.

Asentí.
Era algo que sabía.
Pero escuchar a alguien más decirlo ayudaba.

Mi padre apareció poco después con las llaves del auto.
—¿Listo?
—Sí.
—Entonces vamos.

El colegio estaba diferente.
Desde la entrada se notaba.
Había carteles de los equipos.
Estudiantes con camisetas.
Profesores organizando grupos.
El ambiente parecía una mezcla entre festival y competencia.

Los interescolares eran así.
No era solo un partido.
Era todo el colegio pendiente.

Entré al salón con mi mochila y varios compañeros ya estaban hablando del torneo.
—Hoy ganamos sí o sí —dijo Bruno.
Lucas lo miró.
—Cada vez que dices eso pasa algo malo.
—¿Qué?
—La última vez dijiste eso y perdimos por un punto.
—Eso fue mala suerte.
Mateo acomodó sus cuadernos.
—Eso fue porque no dejaron de discutir durante el partido.
Lucas señaló a Bruno.
—Él empezó.
—Tú respondiste.
—Porque tenía razón.
—Ese es el problema.

Las risas aparecieron.
Era imposible tener un día tranquilo con ellos.

Durante la primera hora casi nadie prestó atención.
El profesor explicaba un tema mientras varios miraban el reloj.
Incluso él se dio cuenta.
—Sé que tienen un partido importante hoy.
Todos levantaron la cabeza.
—Pero si van a jugar, al menos intenten fingir que están escuchando.

Lucas levantó la mano.
—Profesor.
—¿Qué?
—¿Cuenta como participación si estamos pensando en estrategias?
El profesor lo miró en silencio.
—No.
—Tenía que intentarlo.

En el recreo el ambiente estaba todavía más intenso.
Los equipos tenían horarios diferentes.
Los chicos nos reuniríamos antes del partido masculino.
Las chicas harían lo mismo con su categoría.

Eso significaba que, por primera vez en varios días...
Valentina y yo casi no íbamos a coincidir.
Y era extraño.
Porque durante las últimas semanas había sido al revés.
Siempre había alguna razón para hablar.
Una tarea.
Un entrenamiento.
Una actividad.
Algo.
Ahora no.

Ella estaba al otro lado del patio con Sofía y las demás jugadoras.
Yo estaba con mi equipo.
Como debería ser.
Como siempre había sido.

—¿Qué pasa? —preguntó Bruno.
Aparté la mirada.
—Nada.
Lucas sonrió.
—Otra vez esa palabra.
—No empieces.
—No dije nada.
—Pero estabas pensando algo.
—Siempre estoy pensando algo.

Eso era cierto.

Después de las clases, los dos equipos nos dirigimos al polideportivo donde se realizarían los partidos.
El lugar estaba lleno.
Había equipos de otros colegios.
Entrenadores.
Familias.
Estudiantes animando.
El ruido de los balones golpeando el piso llenaba el lugar.
Era exactamente el ambiente que habíamos esperado.

Raúl reunió al equipo masculino antes de entrar a la cancha.
—Escuchen.
Todos guardamos silencio.
—Hoy no necesito que intenten ser héroes.
Miró a cada uno.
—No quiero jugadas perfectas. Quiero concentración.
Asentimos.
—Confíen en lo que entrenaron.

Después miró hacia mí.
—Benítez.
—Sí, profesor.
—Como capitán, recuerda algo.
Esperé.
—Un buen capitán no es el que gana solo.
Es el que mantiene al equipo unido cuando las cosas se complican.
Asentí.
—Entendido.

Desde la otra parte del gimnasio escuché un silbato.
El equipo femenino estaba por comenzar su calentamiento.

Sin querer miré hacia allí.
Valentina estaba con su equipo.
La muñeca ya casi no tenía venda.
Se veía concentrada.
Diferente.
No como en los entrenamientos.
Ahora no era la chica con la que discutía todos los días.
Era la capitana del equipo femenino.
La jugadora que llevaba años preparándose para ese momento.

Y por un segundo olvidé completamente la apuesta.

Hasta que Lucas apareció a mi lado.
—Tres segundos.
Volví a la realidad.
—Deja de contar.
—Entonces deja de mirar.
—No estaba mirando.
—Claro.

Lo ignoré.
Porque discutir con Lucas antes de un partido era perder energía.
Y hoy necesitaba toda la concentración posible.




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