30 días para no Enamorarme

Capítulo XVII

EL DÍA DESPUÉS

POV: Thiago

Día 19 de la apuesta. Sábado.

Dicen que ganar un partido ayuda a dormir mejor.
Mentira.
Dormí como una piedra.
Pero no porque hubiéramos ganado.
Sino porque terminé completamente agotado.

El despertador sonó a las siete de la mañana.
Lo apagué sin abrir los ojos.
Cinco minutos más.
Eso pensé.
Cinco segundos después alguien golpeó la puerta.
—¡Thiago! —escuché la voz de mi madre—. Si llegas tarde, no me eches la culpa.

Abrí un ojo.
Miré la hora.
Las siete y veinte.
—¡¿Qué?!
Salté de la cama tan rápido que casi me llevé la silla por delante.
—¡Ya voy!

Me cambié a toda velocidad y bajé las escaleras todavía acomodándome la camiseta de entrenamiento.
Mi hermano mayor, Matías, ya estaba desayunando mientras revisaba unos documentos en la tablet.
Trabajaba en la empresa de mi familia desde hacía un par de años y, según él, los sábados también existían para trabajar.
No entendía cómo podía hacerlo.

—Buenos días, dormilón —dijo sin despegar la vista de la pantalla.
—No empieces.
Mi padre dejó una taza de café sobre la mesa.
—¿Otra vez casi llegas tarde?
—La alarma sonó.
—Pero tú no.
Matías soltó una risa.
—Eso explica muchas cosas.
Lo miré con resignación.
—Gracias por el apoyo.
—Para eso están los hermanos mayores.

Mi madre apareció desde la cocina con un plato de tostadas.
—Come tranquilo. Todavía tienes tiempo.
Miré el reloj otra vez.
Respiré aliviado.
—Pensé que ya eran las ocho.
—Si fueran las ocho, Raúl ya te habría llamado cinco veces —comentó Matías.
No pude discutirle eso.
El entrenador era capaz de hacerlo.

Mientras desayunaba, mi padre dejó el diario sobre la mesa.
En una de las páginas deportivas había una pequeña nota sobre el inicio de los interescolares.
—Miren esto.
Me inclinó el periódico.
Había una fotografía de varios equipos entrando al polideportivo.
No aparecíamos nosotros, pero sí el título:
_"Gran inicio de los Juegos Intercolegiales."_

—Este torneo siempre mueve mucha gente —comentó mi padre.
—Y todavía falta lo mejor —respondí.
—Eso espero.

Matías dejó la tablet a un lado.
—¿Cuándo vuelven a jugar?
—El lunes.
—Entonces hoy es entrenamiento liviano, ¿no?
Asentí.
—Raúl dijo que iba a ser más de análisis que de intensidad.
—Mejor.
Después del esfuerzo de ayer, les conviene recuperar.

Terminé el desayuno, agarré la mochila y me levanté.
—Nos vemos.
—Suerte —dijo mi madre.
—Y no llegues tarde esta vez —añadió Matías.
Le hice un gesto con la mano mientras salía de casa.

El camino hacia el club estaba mucho más tranquilo que de costumbre.
Los sábados por la mañana la ciudad parecía moverse a otra velocidad.

Cuando llegué, varios compañeros ya estaban afuera.
Lucas fue el primero en verme.
—¡Miren quién decidió aparecer!
—Llegué temprano.
—Temprano... para el segundo entrenamiento.
Bruno soltó una carcajada.
—Déjalo. Hoy hasta vino peinado.
—Es un milagro —agregó Dani.
Mateo negó con la cabeza.
—Cinco minutos juntos y ya empezaron.
—Es nuestra forma de demostrar cariño —respondió Lucas con total tranquilidad.
—Pues qué manera tan rara tienen de hacerlo.

Nos reímos.
La tensión de los días anteriores había desaparecido.
Habíamos ganado el primer partido.
Eso se notaba en el ambiente.

Gabriel apareció cargando una bolsa con pelotas.
—¿Listos para sufrir otra vez?
—Raúl dijo que hoy sería suave —contestó Tomás.
—Precisamente por eso desconfío.
Enzo levantó una ceja.
—Cuando un entrenador dice "suave", normalmente termina siendo el doble.
Todos asentimos.
Era una regla no escrita del deporte.

El silbato sonó desde el interior del gimnasio.
Raúl nos esperaba con los brazos cruzados.
—Buenos días.
—¡Buenos días, profesor!
Nos formamos frente a él.
El entrenador recorrió la fila con la mirada.
No habló durante unos segundos.
Después sonrió.
Una sonrisa pequeña.
Pero sincera.

—Antes de empezar...
Quiero felicitarlos.
Ayer jugaron un gran partido.
Hubo errores, claro.
Los habrá siempre.
Pero nunca dejaron de competir.
Y eso fue lo que marcó la diferencia.

Nadie dijo nada.
Escuchar un elogio de Raúl no era algo que ocurriera todos los días.

—Disfruten la victoria...
Solo hasta hoy.
Porque desde el lunes nadie va a recordar lo que hicimos ayer.
Tendremos que demostrarlo otra vez.

El gimnasio quedó completamente en silencio.
—Ahora sí...
Vamos a trabajar.

Raúl esperó a que todos dejáramos las mochilas junto a la pared antes de volver a hablar.
—Hoy no vamos a hacer un entrenamiento pesado.

Lucas sonrió de inmediato.
—Sabía que hoy era mi día de suerte.

—No terminé de hablar.
La sonrisa le desapareció en menos de un segundo.

Dani soltó una carcajada.
—Duró poco la felicidad.

Raúl señaló la pantalla que habían colocado en un extremo del gimnasio.
—Vamos a analizar el partido de ayer.

Hubo algunos murmullos.
No era raro que revisáramos videos después de un torneo importante, pero normalmente lo hacíamos durante la semana.

—Quiero que aprendan a reconocer sus propios errores antes de que se conviertan en costumbre.

Apagó una de las luces del gimnasio y el video comenzó.
La primera jugada mostraba nuestro saque inicial.
Todos observábamos en silencio.
Raúl pausó la imagen apenas terminó el punto.
—¿Qué ven?

Nadie respondió durante unos segundos.
Hasta que Mateo levantó la mano.
—Nuestro bloqueo llegó un poco tarde.
—Exacto.
Raúl marcó la pantalla con un puntero.
—Gabriel.
Enzo.
Los dos reaccionaron cuando el armador ya había soltado la pelota.
Eso les quitó tiempo.




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