30 días para no Enamorarme

Capítulo XVIII

UN DOMINGO DIFERENTE

POV: Thiago

Día 20 de la apuesta. Domingo.

Los domingos tenían una regla no escrita en mi casa.
Nada de hablar de la empresa.
Mi padre la había impuesto hacía años.
Según él, si pasábamos los siete días de la semana pensando en trabajo, terminaríamos viviendo para él.
Y, aunque a Matías le costaba cumplirla, normalmente lo intentabamos.

Aquella mañana bajé las escaleras todavía medio dormido.
El aroma a café recién hecho llenaba toda la planta baja.
—Buenos días —saludé mientras me sentaba.
—Buenos días —respondió mi madre.

Matías ya estaba desayunando.
Mi padre hojeaba el periódico con una taza de café en la mano.
Todo parecía completamente normal.

Hasta que mi madre habló.
—No hagan planes para esta tarde.
Levanté la vista.
—¿Por?
—Hoy empieza el Festival de Primavera.
Mi padre dejó el periódico sobre la mesa.
—Hace tiempo que no salimos los cuatro.

Matías sonrió.
—Milagro.
Creí que ya se habían olvidado de que existían los domingos.
Mi madre le lanzó una mirada.
—Muy gracioso.
—Gracias.

Yo tomé un sorbo de jugo.
—¿Y cuál es el plan?
—Almorzamos en casa y después vamos al festival.
Simple.
Asentí.
No sonaba mal.
Hacía bastante que no compartíamos una salida familiar.
Aunque sospechaba que mi madre aprovecharía para sacarnos cincuenta fotos.

Después del almuerzo salimos rumbo a la plaza principal.
Como siempre, Ricardo condujo el automóvil mientras mi padre conversaba con él sobre el tránsito.
Quince minutos después llegamos.

El festival ya estaba lleno.
Había puestos de comida, artesanías, juegos para niños, música en vivo y un escenario enorme donde una banda afinaba los instrumentos.
—Cada año viene más gente —comentó Matías mientras observaba el lugar.
—Es una tradición de la ciudad —respondió mi padre.

Empezamos a caminar entre los distintos puestos.
Mi madre se detenía cada dos minutos para mirar alguna artesanía.
Matías desapareció durante unos segundos.
Volvió con un café en la mano.
—¿En serio?
—¿Qué?
—Ni cinco minutos aguantaste.
—El café es una necesidad.
No un capricho.
Mi padre soltó una pequeña risa.
—Eso mismo digo yo.

Seguimos avanzando entre la gente.
Hasta que escuché una voz muy conocida.
—¡Fernando!

Mi padre levantó la cabeza inmediatamente.
Una sonrisa apareció en su rostro.
—¡Javier!

No hizo falta preguntar quién era.
La familia Palacios acababa de llegar.

Javier y mi padre se dieron un fuerte apretón de manos antes de abrazarse.
—¡Cuánto tiempo!
—Demasiado.

Mi madre saludó enseguida a Laura con otro abrazo.
—¡Qué gusto volver a verte!
—Lo mismo digo.

Mientras ellos hablaban, una niña salió corriendo hacia nosotros.
—¡Tío Fernando!
Mi padre se agachó para recibir el abrazo.
—Hola, Emma.
¿Cómo está mi sobrina favorita?
La pequeña hizo una mueca.
—Soy tu única sobrina.
—Por eso eres mi favorita.
Todos rieron.
Yo también.
Emma tenía esa facilidad para hacer reír a cualquiera.

Detrás de ella apareció Valentina.
Llevaba un vestido blanco sencillo con pequeños detalles celestes y el cabello semi recogido.
Era raro verla sin el uniforme del colegio o la ropa deportiva.
Cuando nuestras miradas se cruzaron, sonrió apenas.
—Hola.
—Hola.

No hubo tensión.
Ni burlas.
Ni comentarios sarcásticos.
Solo un saludo completamente normal.
Y eso seguía pareciéndome extraño.

—¿Cómo va esa muñeca? —preguntó mi madre.
Valentina levantó ligeramente la mano.
—Mucho mejor.
Ya casi puedo entrenar al cien por ciento.
—Me alegra escucharlo.
Laura sonrió orgullosa.
—Lleva días desesperada por volver a jugar.
—Mamá...
—¿Qué?
Es verdad.
Todos rieron otra vez.

Mi padre cruzó los brazos.
—¿Y ustedes dos?
Matías y yo lo miramos al mismo tiempo.
—¿Qué pasa?
—El próximo partido es mañana, ¿verdad?
Asentí.
—Sí.
—Y ustedes también juegan mañana —añadió mirando a Valentina.
—Así es.
Javier sonrió.
—Entonces mañana habrá doble motivo para hacer fuerza.

Mi padre levantó una ceja.
—Siempre que ninguno de los dos vuelva con otra lesión.
Valentina y yo respondimos casi al mismo tiempo.
—No va a pasar.

Nos miramos apenas un segundo.
Emma fue la primera en darse cuenta.
—¡Hablaron igual!
Todos soltaron una carcajada.
Sentí un poco de calor en las mejillas.
Valentina también desvió la mirada con una pequeña sonrisa.

—Siguen igual que cuando eran niños —comentó Laura divertida.
—Solo que ahora discuten bastante menos.
Mi madre asintió.
—Muchísimo menos.

Miré a Matías.
Estaba sonriendo demasiado.
Eso nunca era buena señal.
Y tuve el presentimiento de que, si seguíamos los dos rodeados de nuestras familias...
Tarde o temprano alguien empezaría a sacar temas que preferiría olvidar.

*CAPÍTULO 18: UN DOMINGO DIFERENTE*
*Parte 2*
*POV: Thiago*
*Día 20 de la apuesta. Domingo.*

—Bueno, ya que nos encontramos... ¿por qué no recorremos el festival juntos? —propuso mi madre.
—Me parece una buena idea —respondió Laura.

Mi padre y Javier estuvieron de acuerdo enseguida.
Y así, sin planearlo, terminamos caminando los siete por la plaza.
Bueno...
Ocho, contando a Emma, que nunca caminaba realmente.
Iba de un lado a otro como si tuviera energía infinita.

—¡Miren ese puesto!
—¡Y ese también!
—¡Vale, apúrate!

Valentina soltó una risa.
—Emma, si corres así todo el tiempo, en cinco minutos te vas a cansar.
—¡No me canso!




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