30 días para no Enamorarme

Capítulo XIV

MÁS DIFÍCIL DE LO QUE PARECE

POV: Thiago

Día 21 de la apuesta. Lunes.

Los lunes deberían estar prohibidos.
Y si además había prueba de Matemáticas...
Mucho peor.

La alarma sonó a las seis y media.
La apagué con un manotazo y me quedé unos segundos mirando el techo.

Lo primero que recordé no fue el partido de los interescolares.
Fue la prueba.
—Genial...

Me incorporé lentamente.
Anoche había terminado estudiando más tarde de lo que pensaba.
No porque el tema fuera difícil.
Sino porque mi cabeza había decidido recordar medio festival mientras intentaba resolver ejercicios.

Todavía podía escuchar la voz de Valentina diciéndome:
_"No dejes el estudio para esta noche."_

Tenía razón.
Y odiaba admitirlo.

Cuando bajé a desayunar, Matías ya estaba listo para ir a la empresa.
Mi padre terminaba su café.
Mi madre preparaba unas tostadas.
—Buenos días.
—Buenos días —respondieron los tres.

Mi madre dejó un plato frente a mí.
—¿Dormiste bien?
—Más o menos.
—¿Muchos nervios por el partido?
Negué.
—Por la prueba de Matemáticas.

Matías soltó una risa.
—Eso sí da miedo.
Le lancé una mirada.
—Gracias por el apoyo.
—Para eso están los hermanos mayores.

Mi padre dejó la taza sobre la mesa.
—Confía en lo que estudiaste.
No sirve de nada preocuparse ahora.
Asentí.
Era un buen consejo.
Aunque bastante difícil de seguir.

Como todos los días, Ricardo me dejó frente al colegio.
Apenas crucé la entrada escuché una voz demasiado conocida.
—¡Capitán!

Lucas.
Venía caminando junto a Bruno, Dani y Mateo.
—Buenos días.
—Depende —respondió Lucas.
—¿Ya recordaste que hoy hay Matemáticas?
—Gracias por arruinarme la mañana.
—De nada.

Bruno se rio.
—Yo estudié todo el domingo.
Lucas lo miró sorprendido.
—¿En serio?
—No.
Solo quería ver tu reacción.
Dani empezó a reír tan fuerte que varios alumnos voltearon a verlo.
—Casi te lo crees.
—No juegues con mis sentimientos —protestó Lucas.

Mateo, que caminaba a nuestro lado, habló por primera vez.
—Yo sí estudié.
Los cuatro lo miramos.
—¿Qué? —preguntó.
—Nada.
Solo confirmamos que eres el responsable del grupo —respondí.

Entramos al edificio justo cuando sonó el timbre.
Los pasillos estaban llenos.
Alumnos corriendo.
Profesores intentando poner orden.
El mismo caos de todos los lunes.

Mientras caminábamos hacia el salón, vi al equipo femenino doblar por el pasillo contrario.
Sofía iba hablando con Camila.
Martina llevaba un montón de carpetas entre los brazos.
Y unos pasos detrás caminaba Valentina.
Sostenía un cuaderno de Matemáticas mientras repasaba unas fórmulas.

Lucas siguió mi mirada.
—Mira eso.
—¿Qué cosa?
—Ella sigue estudiando.
—¿Y?
—Faltan dos minutos para entrar.
—Cada uno estudia como quiere.

Lucas sonrió.
—La estás defendiendo.
Rodé los ojos.
—Estoy diciendo un hecho.
—Ajá.
Claro.

Antes de que pudiera responderle, Valentina levantó la vista del cuaderno.
Nuestras miradas se cruzaron apenas un instante.
Ella cerró el cuaderno.
—Buenos días.
—Buenos días.
—¿Listo para la prueba?
Hice una mueca.
—Preferiría jugar otro partido.

Ella soltó una pequeña risa.
—No creo que las ecuaciones sean tan peligrosas.
—Depende de quién las mire.
—Eso suena a que no estudiaste mucho.
—Estudié...
Lo suficiente para sobrevivir.
—Entonces suerte.
—Igualmente.

Ella continuó caminando hacia su asiento.
Lucas esperó exactamente tres segundos antes de hablar.
—Cada día conversan más.
—Nos saludamos.
—Hace un mes ni eso.

Bruno le dio una palmada en la espalda.
—Déjalo tranquilo.
Está nervioso por Matemáticas.
—Y por otras cosas —añadió Lucas.
—Lucas...
—Ya me callo.
Aunque esa sonrisa decía exactamente lo contrario.

La profesora de Matemáticas entró al salón con una carpeta llena de hojas.
Eso nunca era buena señal.
—Buenos días.
—Buenos días, profesora.
—Guarden absolutamente todo.
Solo quedarán sobre la mesa un lápiz, una regla y una calculadora.

Los murmullos desaparecieron de inmediato.
Comenzamos a guardar mochilas y cuadernos.
La profesora empezó a repartir las pruebas.

Cuando dejó la mía frente a mí, respiré hondo.
_"Unidad 4 – Funciones cuadráticas."_
Perfecto.
Justo el tema que menos me gustaba.

Miré la primera pregunta.
No era tan difícil.
La segunda...
Tampoco.
Sentí que los nervios empezaban a desaparecer.
Tal vez el domingo no había estudiado tan poco como pensaba.

A mi izquierda, Lucas fruncía el ceño como si estuviera intentando descifrar un idioma completamente nuevo.
Por un momento levantó la cabeza y me miró.
Después señaló disimuladamente la hoja.
Negué casi sin moverme.
Ni lo intentara.

La profesora caminaba entre los bancos como un halcón.
Lucas suspiró resignado y volvió a la prueba.

No pude evitar sonreír.
Al menos no era el único que estaba sufriendo.

El timbre anunció el final de la prueba.
La profesora comenzó a recoger los exámenes uno por uno.
Un murmullo recorrió el salón casi al instante.
—Dejen las hojas sobre mi escritorio antes de salir al recreo —indicó.

Nos levantamos poco a poco.
Lucas fue el primero en entregar.
Al volver, se dejó caer dramáticamente sobre su silla.
—Acabo de vivir la peor hora de mi vida.
Bruno levantó una ceja.
—La semana pasada dijiste exactamente lo mismo después de Educación Física.
—Porque el profesor nos hizo correr diez vueltas.
—Fueron cuatro.
—Para mí fueron diez.




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