EL PUNTO DECISIVO
POV: Thiago
El árbitro levantó la mano.
—Capitanes.
Me acerqué al centro de la cancha junto al capitán del otro colegio.
El gimnasio estaba lleno.
Las tribunas tenían alumnos de ambos colegios, profesores y familiares.
El ruido de las conversaciones se mezclaba con los silbatos de los entrenadores y el golpe constante de los balones contra el piso.
El árbitro hizo el sorteo.
Ganamos.
—Elegimos saque —dije.
El otro capitán asintió.
Regresé a mi lado de la cancha.
Lucas me esperaba con una sonrisa.
—¿Listo?
—Siempre.
—Eso dices ahora.
—¿Tú estás nervioso?
—No.
—Te están temblando las manos.
Lucas escondió las manos detrás de la espalda.
—Es una estrategia.
Bruno soltó una carcajada.
—Claro.
Raúl se acercó.
—Muchachos.
Todos dejamos de hablar.
—Recuerden lo que practicamos. No intenten ganar el partido en los primeros cinco puntos.
Jueguen tranquilos.
Observen al rival y adapten el juego.
Asentimos.
—Y, sobre todo, comunicación.
Miré a mis compañeros.
—Vamos.
Chocamos las manos.
—¡Uno, dos, tres!
—¡San Ignacio!
El grito de todos se escuchó por encima del ruido del gimnasio.
Tomé mi posición.
El árbitro levantó el silbato.
Por un instante, todo pareció quedarse en silencio.
Después sonó.
El primer saque fue nuestro.
Lucas lanzó el balón.
Golpeó fuerte.
El rival recibió.
El balón volvió hacia su armador y, en cuestión de segundos, llegó el primer remate.
Gabriel consiguió tocarlo con el bloqueo, pero la pelota salió hacia el fondo.
—¡Mía!
Dani corrió y logró mantenerla en juego.
Mateo armó.
Rematé.
El balón cayó justo en la línea.
—¡Punto!
Las tribunas explotaron.
—¡Vamos! —gritó Bruno.
Sonreí.
Primer punto.
Pero apenas comenzaba.
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El rival respondió rápido.
Su siguiente saque fue mucho más complicado.
La pelota llegó con efecto y Dani tuvo que lanzarse para recibirla.
—¡Buena! —grité.
Mateo consiguió armar.
Lucas atacó.
El bloqueo rival la devolvió.
Gabriel volvió a tocar.
La jugada se alargó.
Uno.
Dos.
Tres ataques.
Ningún equipo cedía.
Finalmente, el rival encontró un espacio entre Bruno y yo.
La pelota cayó.
—Punto para el equipo visitante.
Lucas se pasó una mano por el cabello.
—Bueno...
Eso fue incómodo.
—Concéntrate —dije.
—Estoy concentradísimo.
El siguiente punto lo perdimos también.
Y el siguiente.
De pronto, estábamos abajo 4-2.
Raúl pidió tiempo.
Nos reunimos alrededor de él.
—Respiren.
Nadie habló.
—Están intentando acelerar el juego. No entren en eso.
Miró hacia mí.
—Thiago, organiza la defensa.
Asentí.
—Lucas, no fuerces los ataques. Si no tienes espacio, busca una colocación.
—Entendido.
Raúl nos miró a todos.
—Todavía queda muchísimo partido.
Volvimos a la cancha.
Esta vez jugamos diferente.
No intentamos responder a la velocidad del rival.
Empezamos a construir cada punto.
Recepción.
Armado.
Ataque.
Defensa.
Poco a poco, comenzamos a recuperar terreno.
5-4.
6-5.
7-7.
Las tribunas aumentaban el ruido con cada punto.
En uno de los intercambios más largos, conseguí salvar una pelota que parecía perdida.
Bruno la levantó.
Mateo armó desde atrás.
Lucas remató.
Punto.
—¡Vamos!
Lucas chocó su mano con la mía.
—Así sí.
—Te dije que dejaras de desesperarte.
—No estaba desesperado.
—Claro.
—Estaba... motivado.
—Seguro.
Nos reímos mientras regresábamos a nuestras posiciones.
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El primer set terminó 25-22 a nuestro favor.
No fue fácil.
Pero conseguimos mantener la cabeza fría.
Nos reunimos alrededor de Raúl.
—Bien jugado —dijo.
Todos respirábamos con dificultad.
—Pero no se confíen. Ellos van a cambiar la estrategia.
—¿Qué hacemos? —preguntó Bruno.
—Observen al armador.
Raúl señaló la cancha rival.
—Está buscando constantemente al atacante de zona cuatro.
Si bloqueamos esa opción, tendrán que modificar el juego.
Asentimos.
Mientras tomábamos agua, levanté la vista hacia las tribunas.
Mi familia estaba allí.
Mi madre aplaudía.
Mi padre hablaba con Matías.
Y, unos asientos más adelante, estaba la familia de Valentina.
Emma agitaba una pequeña bandera.
Sonreí.
Después miré hacia la otra mitad del gimnasio.
El equipo femenino estaba esperando su turno para jugar más tarde.
Valentina estaba junto a sus compañeras.
No podía escuchar lo que hablaban desde allí.
Pero cuando levantó la mirada, nuestras miradas se cruzaron.
Ella levantó el pulgar.
Yo hice lo mismo.
Nada más.
Volví con mi equipo.
No necesitábamos hablar.
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El segundo set comenzó mucho más complicado.
El rival había cambiado su saque.
Ahora buscaban directamente a Dani.
—¡Mía! —gritó él.
Recibió.
Pero la pelota salió demasiado lejos.
Mateo tuvo que correr.
Consiguió salvarla, aunque quedó fuera de posición.
El rival aprovechó.
3-1.
Raúl gritó desde el banco:
—¡Tranquilos!
Intentamos reaccionar.
Pero ellos estaban jugando mejor.
6-3.
9-5.
Pedimos tiempo.
Lucas se dejó caer sobre la banca.
—No me gusta este set.
—A nadie —respondí.
Raúl nos observó.
—Escuchen.
Su tono cambió.
—No necesitan hacer algo extraordinario.
Solo hagan bien lo que saben hacer.
Editado: 10.09.2026