30 días para no Enamorarme

Capítulo XXII

DESPUÉS DEL SILBATO

POV: Thiago

Día 22 de la apuesta. Martes

El martes llegó demasiado rápido.

Después del partido del lunes, pensé que me iba a despertar con los brazos destruidos y sin ganas de levantarme de la cama.
No fue exactamente así.
Me dolía todo lo suficiente como para recordarme que había jugado un partido de tres sets,
pero no tanto como para impedirme moverme.

Lo peor era el cansancio.

Abrí los ojos antes de que sonara la alarma y me quedé mirando el techo.
Por unos segundos no recordé qué día era.
Después vi el uniforme preparado sobre la silla.

Martes.
Colegio.
Entrenamiento.
Y, probablemente, otra cantidad absurda de cosas que hacer.

—Genial...

Me levanté y bajé a desayunar.
Matías ya estaba sentado en la mesa, revisando algunos documentos de la empresa mientras tomaba café.
Mi padre estaba leyendo algo en su teléfono.
Mi madre, como siempre, se encargaba de que ninguno de nosotros saliera de casa sin comer.

—Buenos días —dije.

—Buenos días —respondió mi madre.

Matías levantó la mirada.

—¿Sobreviviste?

Lo miré.

—Buenos días para ti también.

—Pregunto por el partido.

—Sí. Ganamos.

—Lo vi.

Me detuve.

—¿Fuiste?

—No. Me mandaron videos.

—Ah.

Mi madre dejó un vaso frente a mí.

—Tu padre y yo sí fuimos.

—Lo sé.

—Jugaste bien —dijo mi padre.

Sonreí.

—Gracias.

Matías dejó los documentos sobre la mesa.

—Aunque en el segundo set casi me haces levantarme del sofá.

—¿Por qué?

—Porque cada vez que atacaban parecía que ibas a intentar atravesar la pared.

—Eso se llama jugar.

—Eso se llama tener poca consideración por tu hermano mayor.

Solté una risa.
Mi padre negó con la cabeza.

—Lo importante es que ganaron.

Asentí.

—Sí.

Por alguna razón, todavía podía recordar perfectamente el último punto.
El sonido del silbato.
Los gritos de mis compañeros.
Las tribunas.
Y la sensación de haber terminado el partido sabiendo que habíamos hecho las cosas bien.

Pero también recordaba otra cosa.
La mirada de Valentina desde el otro lado de la cancha.
El pulgar levantado.

Nada importante.
Nada que tuviera que significar algo.
Solo un gesto.

Eso me repetí.

—Thiago.

Levanté la cabeza.
Mi madre me observaba.

—¿Estás escuchando?

—Sí.

—Te pregunté si quieres más tostadas.

—Ah. Sí.

Matías soltó una carcajada.

—Está pensando en el partido.

—Eso parece —dijo mi padre.

Bajé la mirada hacia mi desayuno.

—Estoy pensando en muchas cosas.

No iba a explicar cuáles.
No hacía falta.

Ricardo me dejó frente al colegio unos minutos antes de que sonara el timbre.
Apenas entré, escuché:

—¡Benítez!

Me giré.
Lucas venía caminando con Bruno, Dani y Mateo.

—¿Qué?

Lucas levantó una mano.

—Tengo una pregunta.

—No.

—Ni siquiera sabes qué voy a preguntar.

—Precisamente.

Bruno se rio.

—Déjalo. Desde ayer está convencido de que es comentarista deportivo.

Lucas me señaló.

—Tu desempeño ayer fue excelente.

—Gracias.

—Pero tengo una crítica.

—Sabía que no podía ser un cumplido.

—Tardaste demasiado en cerrar el partido.

—Ganamos en dos sets.

—Exactamente. Pudiste hacerlo más rápido.

Mateo lo miró.

—Eso no funciona así.

—Déjame hablar como experto.

Dani negó con la cabeza.

—No eres experto.

—Tengo experiencia.

—¿En qué?

Lucas pensó unos segundos.

—En mirar partidos.

Bruno sonrió.

—Eso sí te lo creo.

Seguimos caminando hacia el salón.
El ambiente estaba más tranquilo que el lunes.
Tal vez porque no había examen.
O porque todos todavía hablaban del partido.

Cuando entramos al salón, varios compañeros comenzaron a comentar los resultados de los interescolares.
Uno de ellos se acercó.

—Benítez, ¿viste que ya publicaron los resultados?

—¿De todos los partidos?

—Sí.

Sacó su teléfono.

—San Ignacio clasificó a la siguiente ronda.

Lucas apareció inmediatamente detrás de mí.

—¿En serio?

—Sí.

—¡Vamos!

Mateo sonrió.

—Eso significa que todavía tenemos partidos por jugar.

—Y más oportunidades de ganar —añadió Bruno.

Yo asentí.
Eso era lo que quería.
Seguir jugando.
Seguir avanzando.
No pensar demasiado en nada más.

El timbre sonó.
Todos regresamos a nuestros lugares.

Durante la primera clase intenté concentrarme.
Funcionó durante unos quince minutos.
Después mi mente volvió al partido.
No al resultado.
A una jugada específica.

En el segundo set, cuando el rival comenzó a presionarnos,
Raúl nos había dicho que dejáramos de mirar únicamente la pelota.
Leer al armador.
Observar los movimientos.
Pensar antes de reaccionar.

Me di cuenta de que algo parecido estaba ocurriendo fuera de la cancha.
Últimamente había estado reaccionando demasiado rápido a ciertas cosas.
Especialmente cuando se trataba de Valentina.
Y eso era peligroso.

La apuesta seguía existiendo.
Aunque cada día pareciera más fácil olvidarla.

Negué con la cabeza.
No.
No iba a empezar con eso otra vez.

En el recreo salimos al patio.
Lucas compró algo para comer y regresó con una expresión de satisfacción.

—Tengo una noticia.

Bruno lo miró.

—¿Qué hiciste?

—Nada.

—Entonces, ¿por qué tienes esa cara?

—Porque tengo información.

Dani se acercó.




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