30 días para no Enamorarme

Capítulo XXIII

LO QUE NO ESTABA EN EL PLAN

POV: Thiago

Día 23 de la apuesta. Miércoles.

Había algo extraño en los miércoles.
No eran tan pesados como los lunes, pero tampoco tenían la tranquilidad de un viernes.
Eran simplemente ese punto de la semana en el que uno empezaba a preguntarse cuánto faltaba para el fin de semana.

Y yo tenía otra cosa en la cabeza.
Los interescolares.

Desde el partido del lunes, todo parecía haberse vuelto más serio.
Ya no estábamos jugando simplemente para pasar de ronda.
Ahora sabíamos que podíamos llegar lejos.
Y eso significaba que los próximos partidos serían todavía más difíciles.

Cuando llegué al colegio, Lucas ya estaba esperándome junto a Bruno y Dani.

—Llegas tarde.

Miré la hora.

—Faltan diez minutos para el timbre.

—Exactamente. Tarde.

—No tiene sentido.

—No todo tiene que tener sentido.

Bruno negó con la cabeza.

—¿Dormiste bien?

—Sí.

—Mentira —dijo Dani.

Lo miré.

—¿Cómo sabes?

—Tienes cara de haber pensado demasiado.

—Dormí perfectamente.

Lucas me observó.

—¿Pensando en el próximo partido?

—Sí.

—Ah.

Sonrió.

—Por supuesto.

—¿Qué?

—Nada.

—Lucas.

—No dije nada.

Seguimos caminando.
Antes de entrar al salón, vi a Valentina al otro lado del pasillo.
Estaba con Sofía, Martina y Camila.
No parecía estar hablando de voleibol.
Eso ya era raro.

Me quedé mirándolas un instante.
Valentina levantó la vista.
Me vio.
Sonrió brevemente.
Yo respondí con otra sonrisa.
Después seguí caminando.

Lucas, por supuesto, lo notó.

—Otra vez.

—¿Otra vez qué?

—Nada.

—Entonces deja de decir "otra vez".

—Está bien.

Entramos al salón.
Las primeras clases transcurrieron con normalidad.

Hasta que, durante el segundo bloque, el director apareció en la puerta.

—Buenos días.

Todos respondimos.

—Necesito hablar unos minutos con ustedes.

El salón quedó en silencio.
El director sostuvo una carpeta.

—Ya se publicaron oficialmente los horarios de la siguiente ronda de los interescolares.

Algunos comenzaron a murmurar.
Yo levanté la cabeza.

—Los partidos se disputarán esta semana.

Lucas se inclinó hacia mí.

—¿Esta semana?

Asentí.

—Parece.

El director continuó.

—El equipo masculino jugará el viernes por la tarde.

Perfecto.
Viernes.
Eso nos daba dos días para prepararnos.

—El equipo femenino jugará el mismo día, pero en otro horario.

Miré hacia Valentina.
Ella también había levantado la cabeza.

—Debido a la organización del torneo, ambos equipos deberán presentarse con anticipación y permanecer en las instalaciones hasta finalizar sus respectivos encuentros.

Eso significaba que probablemente pasaríamos casi todo el viernes en el polideportivo.

—También quiero recordarles que representar al colegio implica responsabilidad.
No solo dentro de la cancha.

El director terminó de hablar y se retiró.

Lucas esperó dos segundos.

—¿Escucharon?

—Sí —respondió Bruno.

—Viernes.

—Sí.

—Partido.

—Sí.

—Y comida.

Bruno lo miró.

—¿De dónde sacaste lo último?

—Si vamos a estar toda la tarde allí, alguien tendrá que alimentarnos.

Dani asintió.

—En eso tiene razón.

No pude evitar reírme.

Durante el recreo, varios compañeros comenzaron a hablar sobre los partidos.
Algunos estaban emocionados.
Otros nerviosos.

Yo me senté con Bruno, Dani y Mateo en una de las mesas del patio.
Lucas llegó unos minutos después.

—Tenemos un problema.

Mateo levantó la mirada.

—¿Cuál?

Lucas dejó su teléfono sobre la mesa.

—El rival.

Miramos la pantalla.
Era el equipo que nos tocaba el viernes.

Bruno frunció el ceño.

—Son buenos.

—Muy buenos —añadió Mateo.

Yo observé las estadísticas.
Tenían buenos sacadores y una defensa bastante sólida.

—No será fácil.

Lucas suspiró.

—Yo quería un rival terrible.

—Eso no existe —dijo Dani.

—Déjame soñar.

En ese momento, Valentina y las chicas se acercaron.

—¿Ya vieron contra quién juegan? —preguntó Sofía.

—Sí —respondió Bruno.

—Nosotras también tenemos un rival complicado.

Valentina se sentó cerca de Martina.

—Pero es bueno.

—¿Bueno? —repitió Lucas—.
El nuestro parece diseñado para arruinarnos la semana.

Valentina sonrió.

—Eso significa que tendrán que jugar mejor.

—Gracias por el apoyo.

—De nada.

La conversación continuó unos minutos.
Hasta que Martina preguntó:

—¿Cuánto tiempo llevan jugando todos?

Las respuestas comenzaron a aparecer.
Años.
Algunos desde pequeños.
Otros desde hacía apenas unos cuantos.

Me sorprendió descubrir que incluso dentro de nuestro grupo había historias que nunca había escuchado.
Camila contó que había empezado porque su prima practicaba.
Dani dijo que se había metido porque necesitaba hacer deporte.

—Y porque no quería correr —añadió Bruno.

—Exactamente.

Todos rieron.
Después Valentina miró hacia mí.

—¿Tú por qué empezaste?

—Ya lo conté.

—Lo sé.
Pero quiero saber qué te hizo quedarte.

La pregunta me tomó por sorpresa.
Pensé unos segundos.

—Supongo que me gustó competir.

—Eso era bastante obvio —dijo Sofía.

—Y también...

Miré la cancha que se veía desde el patio.

—Me gustó la sensación de mejorar.

Valentina asintió.

—Entiendo.

—¿Y tú?

Ella pensó un momento.




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