30 días para no Enamorarme

CapítuloXXIV

DEMASIADAS COINCIDENCIAS

POV: Thiago

Día 24 de la apuesta. Jueves

El jueves empezó con una certeza bastante simple:
El viernes iba a ser un desastre.

No porque pensara que íbamos a perder.
Tampoco porque nuestro rival fuera imposible.
El problema era que todo parecía estar sucediendo al mismo tiempo.

Los interescolares.
Los entrenamientos.
Las clases.
Los exámenes que todavía quedaban.

Y, como si eso no fuera suficiente, mi cabeza había decidido convertirse en mi peor enemigo.

Me desperté antes de que sonara la alarma.
Otra vez.
Miré el reloj.
Cinco cuarenta y ocho.

—No puede ser...

Me di la vuelta e intenté volver a dormir.
Cinco minutos después seguía despierto.
Perfecto.

Me levanté.
Mientras me cambiaba, pensé en el partido del viernes.
Después pensé en la conversación con Valentina del día anterior.
Después volví a pensar en el partido.
Y finalmente me pregunté por qué estaba pensando tanto.
No encontré una respuesta.

Bajé a desayunar.
Mi madre estaba preparando café y Matías ya estaba vestido para ir a la empresa.

—Buenos días —dijo mi madre.

—Buenos días.

Matías me miró.

—¿Qué te pasa?

—Nada.

—Tienes cara de haber dormido tres horas.

—Dormí bien.

—Entonces tienes cara de estar pensando demasiado.

Me senté.

—Tengo un partido mañana.

—Eso no es nuevo.

—Ya sé.

Mi padre dejó el teléfono sobre la mesa.

—¿Nervioso?

—No.

Matías levantó una ceja.

—Eso fue demasiado rápido.

—Porque no estoy nervioso.

—Claro.

Mi madre puso un plato frente a mí.

—Solo concéntrate en hacer lo que sabes.

Asentí.

—Sí.

Mi padre sonrió.

—Y recuerda que perder un partido no cambia quién eres.

—Lo sé.

—Aunque tu hermano probablemente te lo recuerde durante una semana.

Matías sonrió.

—Solo si juega mal.

—Gracias.

—De nada.

Mi madre negó con la cabeza.

—Los dos son iguales.

—Yo soy claramente el favorito —dijo Matías.

Lo miré.

—¿Quién decidió eso?

—Yo.

—Entonces no cuenta.

Mi padre soltó una carcajada.
Por unos minutos olvidé completamente el partido.
Y eso fue bueno.

Ricardo me dejó en el colegio unos minutos antes del timbre.
Apenas crucé la entrada, vi a Lucas sentado en uno de los bancos del pasillo.
Tenía un cuaderno abierto.
Eso ya era sospechoso.

—¿Estás estudiando?

Levantó la cabeza.

—Estoy fingiendo.

—¿Por qué?

—Porque Bruno me dijo que debía hacerlo.

Bruno apareció detrás de él.

—Y funcionó durante treinta segundos.

Dani se acercó.

—Nuevo récord.

Mateo estaba leyendo tranquilamente.

—¿Qué estudias?

Lucas cerró el cuaderno.

—Nada.

—Entonces ¿para qué lo abriste?

—Para aparentar responsabilidad.

—No te sale —dijo Bruno.

Lucas guardó el cuaderno.

—Bueno, ya que estamos todos...

Nos miró seriamente.

—¿Qué tan grave es el partido de mañana?

—Bastante —respondí.

—¿Podemos perder?

—Sí.

—No me gusta esa respuesta.

—Preguntaste.

—Podrías haber mentido.

Mateo sonrió.

—Eso no ayuda.

Lucas suspiró.

—Entonces mañana toca sufrir.

—Jugar —corregí.

—Es prácticamente lo mismo.

Entramos al salón.
Mientras dejaba mi mochila, escuché voces en el pasillo.
El equipo femenino estaba pasando por allí.
Valentina iba con Sofía y Martina.
Nos vimos apenas unos segundos.

—Buenos días —dijo ella.

—Buenos días.

Lucas miró de Valentina a mí.
Después a Bruno.
Bruno le dio un pequeño golpe en el hombro.

—Ni se te ocurra.

—No dije nada.

—Tu cara sí.

Lucas sonrió.

—Mi cara es inocente.

—Tu cara nunca es inocente.

Las clases fueron bastante normales.
O lo más normales que podían ser cuando todos estaban pensando en los partidos del día siguiente.

Durante Matemáticas, la profesora devolvió las pruebas.
Sentí un pequeño golpe de nervios cuando dejó la hoja sobre mi mesa.
Miré la nota.
No era perfecta.
Pero tampoco estaba mal.
Había aprobado.

—Bien —muré.

Lucas, desde atrás, levantó la mano.

—Profesora.

Ella lo miró.

—¿Sí?

—¿Hay posibilidad de recuperar la dignidad después de esta prueba?

Algunos compañeros se rieron.
La profesora suspiró.

—Hay posibilidad de estudiar para la próxima.

Lucas bajó la mano.

—Eso suena peor.

Bruno miró su examen.

—¿Cuánto sacaste?

Lucas lo escondió.

—No importa.

—Eso significa que te fue mal.

—No necesito que confirmes mis sospechas.

Dani se inclinó hacia él.

—¿Cuánto?

Lucas finalmente mostró la hoja.
Dani abrió los ojos.

—Ah.

—No digas nada.

—No iba a decir nada.

—Tu cara lo dijo todo.

Yo me reí.
Lucas me señaló.

—Tú tampoco te rías.

—Aprobé.

—Traidor.

Durante el recreo, fui al patio con los chicos.
Nos sentamos en una mesa cerca de la cancha.
Lucas estaba intentando comer y hablar al mismo tiempo.

—Mañana, después del partido, quiero algo dulce.

Bruno lo miró.

—¿Por qué?

—Porque me lo merezco.

—¿Por qué?

—Por sobrevivir.

Mateo negó con la cabeza.

—Todavía no jugamos.

—Estoy pensando a futuro.

Dani se rio.

—Qué estratega.

Entonces escuché una voz detrás de nosotros.

—¿Qué están planeando?

Nos giramos.
Valentina estaba con Sofía, Camila y Martina.




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