30 días para no Enamorarme

Capítulo XXV

EL DÍA DEL PARTIDO

POV: Thiago

Día 25 de la apuesta. Viernes

El viernes llegó.
Y, por alguna razón, sentí que había estado esperando ese día durante semanas.

Abrí los ojos antes de que sonara la alarma y me quedé mirando el techo.
No estaba cansado.
Tampoco particularmente nervioso.
Era otra cosa.
Expectativa.

Hoy jugábamos la siguiente ronda de los interescolares.
Hoy no había espacio para distraerse.

Me levanté, me cambié y bajé a desayunar.
Mi familia ya estaba despierta.
Matías estaba revisando unos documentos antes de irse a la empresa.
Mi padre tomaba café mientras hablaba por teléfono.
Mi madre preparaba el desayuno.

—Buenos días —dije.

—Buenos días —respondieron.

Matías levantó la vista.

—¿Listo?

—Sí.

—¿Seguro?

—Sí.

—Entonces estás más tranquilo que yo.

Sonreí.

—Tú ni siquiera juegas.

—Precisamente. Puedo preocuparme sin tener que correr.

Mi madre dejó un plato frente a mí.

—Come bien.

—Sí.

—Y no te olvides de llevar agua.

—Mamá...

—Y algo para después del partido.

—Mamá.

—¿Qué?

—Ya tengo diecisiete años.

—Y eso no significa que dejes de necesitar que te recuerden las cosas.

Matías soltó una carcajada.

—Tiene razón.

—Nadie te preguntó.

—Pero igual la tengo.

Negué con la cabeza mientras empezaba a desayunar.
Por unos minutos todo fue normal.
Hasta que mi padre terminó su llamada.

—Vamos a ir todos.

Levanté la mirada.

—¿Al partido?

—Claro.

Matías asintió.

—Yo también.

Sonreí.

—Gracias.

Mi padre me dio una palmada en el hombro.

—Hazlo bien.

—Lo intentaré.

—No.

Lo miré.

—¿No?

—No lo intentes. Hazlo.

Matías levantó su taza.

—Ese es el discurso de papá.

—Funciona.

—A veces.

Ricardo me dejó en el colegio antes del horario habitual.
El polideportivo abriría más tarde, así que todavía teníamos clases.
Eso significaba que debía pasar varias horas fingiendo que podía concentrarme en materias normales mientras mi cabeza estaba completamente ocupada por el partido.
No funcionó.

Apenas entré al salón, Lucas apareció.

—Buenos días.

—Buenos días.

—¿Nervioso?

—No.

—Mentira.

—¿Por qué?

—Porque yo estoy nervioso y ni siquiera sé si voy a jugar todo el partido.

Bruno apareció detrás.

—Eso sí es verdad.

Dani se acercó.

—¿Alguien durmió?

Mateo levantó la mano.

—Yo.

Lucas lo miró como si acabara de descubrir una criatura extraña.

—¿Cómo?

—Dormí.

—Pero tenemos partido.

—Precisamente.

Lucas negó con la cabeza.

—No entiendo a este hombre.

Entramos al salón.
Unos minutos después llegaron las chicas.
Valentina entró junto a Sofía, Camila y Martina.
Por alguna razón, apenas la vi sentí que la tensión que había tenido toda la mañana disminuía un poco.

Ella también me vio.

—Buenos días.

—Buenos días.

Lucas miró hacia otro lado.
Bruno lo agarró del hombro.

—Ni se te ocurra.

—No hice nada.

—Todavía.

Las clases pasaron lentamente.
Demasiado lentamente.
Cuando finalmente sonó el timbre de salida, todos salimos casi al mismo tiempo.

Ricardo estaba esperándome.

—¿Directo al polideportivo?

—Sí.

Subí al automóvil.
Mientras avanzábamos, revisé mi mochila.
Uniforme.
Zapatillas.
Botella.
Toalla.
Todo estaba ahí.

Respiré profundamente.
Esta vez sí estaba listo.

El polideportivo estaba lleno.
Mucho más que el lunes.
Había alumnos en las tribunas, profesores, familiares y personas de otros colegios.
Los carteles de los diferentes equipos estaban pegados cerca de la entrada.
El ambiente era completamente distinto.
Ya no parecía una jornada escolar.
Parecía un torneo de verdad.

Entramos al vestuario.
Lucas dejó su mochila.

—Bueno.

Todos lo miramos.

—¿Qué?

—Solo quería decir algo importante.

Bruno suspiró.

—Adelante.

Lucas respiró profundamente.

—Si perdemos, al menos no fuimos eliminados por un equipo aburrido.

Dani comenzó a reír.

—¿Ese era tu discurso?

—Sí.

—Horrible.

—Gracias.

Mateo se acercó.

—Mejor escucha al entrenador.

Raúl entró en ese momento.
Todos nos callamos.

—¿Listos?

—Sí.

Raúl dejó una carpeta sobre el banco.

—El rival ya está calentando.

Nos miramos.

—Van a buscar nuestros errores desde el primer punto. No les den oportunidades fáciles.

Asentimos.

—Y recuerden algo.

Raúl nos observó.

—No necesitan jugar perfecto.

Hizo una pausa.

—Necesitan mantenerse dentro del partido.

Eso me quedó dando vueltas.
Porque tenía razón.
En un partido largo, no siempre gana el que empieza mejor.
Gana el que consigue mantenerse concentrado cuando las cosas salen mal.

—Vamos.

Salimos a la cancha.
El equipo rival ya estaba calentando.
Era evidente que tenían experiencia.
Se movían rápido.
Se comunicaban constantemente.
Uno de sus jugadores hizo un saque potente que pasó cerca de nuestra zona.

Lucas lo siguió con la mirada.

—Bueno.

—¿Qué? —preguntó Bruno.

—Eso fue una amenaza.

Me reí.

—Concéntrate.

El árbitro llamó a los capitanes.
Caminé hasta el centro.
El capitán rival se acercó.
Nos saludamos.
El árbitro explicó las reglas y realizó el sorteo.
Nos tocaba recibir.

Volví con mis compañeros.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.