TRES DÍAS
POV: Thiago
Día 27 de la apuesta. Donmigo
Me desperté con una sensación extraña.
No era cansancio.
Tampoco sueño.
Era esa clase de sensación que aparece cuando sabes que algo está a punto de cambiar,
aunque todavía no tengas idea de qué.
Miré la hora.
10:17 a. m.
Domingo.
Por fin.
Me quedé unos segundos acostado, mirando el techo.
Normalmente los domingos me encantaban.
Nada de clases.
Nada de profesores.
Nada de entrenamientos obligatorios.
Y, sobre todo, ninguna posibilidad de cruzarme con Valentina.
Aunque últimamente eso último ya no me parecía una ventaja.
Suspiré y me levanté.
Bajé las escaleras todavía medio dormido y encontré a mi familia en la sala.
Matías estaba tirado en uno de los sillones con el celular en la mano.
Mi mamá leía una revista y mi papá estaba revisando unos documentos.
—Buenos días —dije.
Matías levantó la mirada.
—Mira quién apareció.
—No empieces.
—Son las diez.
—Exactamente.
Es temprano.
Mi mamá soltó una risa.
—Déjalo dormir los domingos.
Me senté junto a Matías.
—¿Qué hacen?
—Nada interesante —respondió él.
—Entonces me quedo.
—Qué conveniente.
Lo ignoré.
Por unos minutos hablamos de cualquier cosa.
Mi papá comentó algo sobre la empresa, mi mamá preguntó por el próximo partido
y Matías empezó a contar una historia absurda de alguien que había conocido el día anterior.
Todo era normal.
Hasta que mi celular vibró.
Lo saqué.
*Lucas:*
¿Seguís vivo?
Fruncí el ceño.
*Yo:*
Sí.
La respuesta llegó inmediatamente.
*Lucas:*
Perfecto.
Entonces recordá algo.
Ya sabía qué venía.
*Lucas:*
Día 27.
Bloqueé el teléfono.
No necesitaba leer más.
Matías me miró.
—¿Problemas?
—No.
—Esa cara dice otra cosa.
—Lucas.
—Ah.
Matías sonrió.
—Entonces sí es un problema.
—No es nada.
Guardé el celular en el bolsillo.
Tres días.
Solo tres.
La cifra se me quedó dando vueltas en la cabeza.
Había empezado esto pensando que treinta días eran demasiado tiempo.
Ahora sentía exactamente lo contrario.
Después del almuerzo, salí un rato.
Necesitaba aire.
No tenía pensado ir a ningún lugar específico.
Solo caminar.
Hasta que recibí otro mensaje.
Esta vez no era Lucas.
Era Valentina.
*Valentina:*
¿Qué haces?
Me detuve en medio de la calle.
Sonreí sin querer.
*Yo:*
Salí a caminar.
*Valentina:*
Qué aburrido.
*Yo:*
Gracias por tu apoyo.
*Valentina:*
De nada.
Guardé el teléfono.
Dos segundos después volvió a vibrar.
*Valentina:*
Estoy cerca de la plaza.
Miré hacia adelante.
La plaza estaba a unas cuadras.
*Yo:*
¿Y?
*Valentina:*
Y nada.
La conocía demasiado bien para saber que ese “y nada” significaba algo.
*Yo:*
¿Querés que vaya?
Tardó unos segundos.
*Valentina:*
Si querés.
Me reí.
Qué manera tan extraña tenía de no pedir las cosas directamente.
*Yo:*
Voy.
La encontré sentada en uno de los bancos, con una botella de agua en la mano.
Cuando me vio, sonrió.
—Pensé que ibas a decir que no.
—Yo también.
—¿Entonces por qué viniste?
Buena pregunta.
Una demasiado buena.
—No tenía nada mejor que hacer.
—Mentiroso.
—¿Cómo sabes?
—Porque hace unas semanas habrías buscado cualquier excusa para no venir.
Me quedé callado.
Tenía razón.
Y lo peor era que ella lo sabía.
Nos quedamos caminando por la plaza durante un rato.
Hablamos de cosas tontas.
De profesores.
De compañeros.
De música.
De la próxima semana.
De cualquier cosa que no fuera demasiado importante.
Pero con Valentina empezaba a pasar algo extraño.
Los silencios ya no eran incómodos.
Antes necesitaba llenar cada segundo con una discusión.
Ahora podía caminar a su lado sin decir nada y sentirme perfectamente bien.
Nos sentamos bajo unos árboles.
Valentina apoyó los brazos sobre sus piernas.
—¿Puedo preguntarte algo?
—Depende.
—¿Por qué últimamente eres diferente conmigo?
Sentí que el estómago se me apretaba.
—¿Diferente cómo?
—No sé.
Se quedó pensando.
—Antes parecía que te molestaba hasta respirar el mismo aire que yo.
—Eso sigue siendo cierto.
Me dio un golpe suave en el hombro.
—Idiota.
Me reí.
—Pero…
La miré.
—¿Pero qué?
—Ahora ya no me molesta tanto.
Valentina sonrió.
—Eso sonó casi bonito.
—No te acostumbres.
—Demasiado tarde.
Bajé la mirada.
No podía decirle la verdad.
No podía decirle que había comenzado acercándome a ella por una apuesta.
Que cada conversación con ella hacía que la apuesta pareciera más difícil.
Que al principio solo quería demostrar que podía pasar treinta días sin enamorarme.
Y que ahora la palabra enamorarme ya no sonaba como una posibilidad absurda.
Sonaba demasiado cercana.
Mi teléfono vibró.
Lo saqué disimuladamente.
*Lucas:*
DÍA 27.
No te olvides de la apuesta.
Bloqueé la pantalla inmediatamente.
Valentina me miró.
—¿Todo bien?
—Sí.
—¿Seguro?
—Sí.
Lucas molestando.
—Ah.
Guardé el celular.
Ella no preguntó más.
Y eso, por alguna razón, me hizo sentir peor.
Porque confiaba en mí.
Y yo estaba ocultándole algo.
Regresé a casa al final de la tarde.
Ricardo ya estaba esperándome.
—¿A casa, Thiago?
—Sí.
Subí al auto y apoyé la cabeza contra el asiento.
Durante el camino, pensé en lo que había pasado.
En la plaza.
En cómo Valentina me había preguntado por qué estaba diferente.
En cómo había sonreído cuando le dije que ya no me molestaba tanto estar con ella.
Y en que no sabía cuánto tiempo más podría seguir fingiendo que todo aquello era parte de un juego.
Editado: 10.09.2026