30 días para no Enamorarme

Capítulo XXVIII

YA NO ES UN JUEGO

LUNES

POV: Thiago

El lunes llegó demasiado rápido.
O quizá yo simplemente no quería que llegara.

Me quedé mirando el techo unos segundos antes de levantarme.
Dos días.
La apuesta terminaba en dos días.

Y por primera vez desde que había aceptado aquel absurdo reto,
no estaba pensando en los quinientos mil.
Estaba pensando en qué iba a pasar después.

Bajé a desayunar y encontré a Matías, a mis padres y a Ricardo esperándome para salir.

—Buenos días —dijo mi mamá.

—Buenos días.

Matías me miró.

—¿Dormiste?

—Más o menos.

—Se nota.

—Gracias.

Mi papá sonrió.

—¿Partido esta tarde?

—Sí.
Entrenamiento primero.

—Entonces no llegues tarde.

Asentí.
Todo parecía normal.
Hasta que mi teléfono vibró.

*Lucas:*
Día 28.

Después:

*Dani:*
Dos días.

Y finalmente:

*Bruno:*
No hagas ninguna estupidez.

Guardé el teléfono.
Matías alcanzó a ver mi expresión.

—¿Qué pasó?

—Nada.

—Cada vez que dices “nada”, pasa algo.

—Son mis amigos.

—Entonces definitivamente pasa algo.

No respondí.
Porque tenía razón.

En el colegio, Valentina llegó unos minutos después que yo.
La vi entrar al salón hablando con una compañera.
Por alguna razón, mi primera reacción fue sonreír.

Ella me vio.

—¿Qué?

—Nada.

—Me estás mirando.

—No.

—Sí.

—Bueno, quizá.

Valentina se sentó a mi lado.

—Estás raro.

—Últimamente todos dicen eso.

—Porque es verdad.

—Tal vez estoy cansado.

—Tal vez.

Me miró unos segundos más.

—¿Dormiste mal?

—Sí.

—¿Por qué?

No podía decirle la verdad.
Así que me encogí de hombros.

—Demasiadas cosas en la cabeza.

Valentina no insistió.

—Si quieres hablar, puedes hacerlo.

La miré.

—Lo sé.

Y ahí estaba otra vez.
Esa confianza.
Esa forma que tenía de decir cosas sencillas que me hacían sentir peor por seguir ocultándole la verdad.

Durante el recreo, Lucas apareció junto a mí.

—Necesitamos hablar.

—No.

—Sí.

—No.

—Thiago.

—Lucas.

Bruno llegó detrás de él.

—Solo queremos saber cómo vas.

—Perfectamente.

Dani se cruzó de brazos.

—¿Perfectamente?

—Sí.

Mateo, como siempre, fue el único que no parecía querer burlarse.

—¿Todavía estás dentro del reto?

Los miré.

—Sí.

Lucas sonrió.

—Entonces quedan dos días.

—Ya lo sé.

—¿Y?

—¿Y qué?

—¿Seguís creyendo que vas a ganar?

Miré hacia el otro lado del patio.
Valentina estaba sentada con sus amigas.
Se estaba riendo por algo.

Volví la mirada hacia Lucas.

—Sí.

Lucas me estudió unos segundos.

—No parece.

—¿Qué quieres decir?

—Que ya no estás intentando evitarla.

No respondí.
Porque era verdad.

—Eso no significa nada.

Bruno negó con la cabeza.

—Claro.

—¿Qué?

—Nada.

—Dilo.

—Que al principio estabas contando los minutos para terminar esto.
Ahora parece que estás contando los minutos para verla.

—No es así.

Dani soltó una carcajada.

—Hermano, ni tú te crees eso.

Los miré con fastidio.

—Ya terminé esta conversación.

Me alejé antes de que pudieran seguir.
Pero sus palabras se quedaron conmigo.

Por la tarde tuvimos entrenamiento.
Raúl nos hizo trabajar en diferentes ejercicios de recepción, ataque y defensa.
Nada fuera de lo normal.
Sin embargo, yo no conseguía concentrarme completamente.
Cada tanto pensaba en el partido del viernes.
En el torneo.
En los próximos días.
Y, sobre todo, en la apuesta.

Después del entrenamiento, mientras guardaba mis cosas, encontré una botella de agua sobre el banco.

—¿Es tuya?

Levanté la vista.
Valentina estaba en la entrada.

—No.

—Entonces es tuya.

—¿Cómo sabes?

—Porque la dejaste aquí ayer.

La tomé.

—Gracias.

—De nada.

Se quedó ahí.

—¿Qué?

—Nada.

—Otra vez esa palabra.

Ella sonrió.

—Es que quería preguntarte algo.

—Pregunta.

—¿Estás bien?

La miré.
Podría haber mentido.
Era lo más sencillo.
Pero esta vez solo dije:

—No estoy seguro.

Valentina se quedó en silencio.

—¿Quieres hablar?

Respiré profundamente.

—No sé cómo explicarlo.

—No tienes que explicarlo perfecto.

La miré.
Y durante un segundo pensé en contarle todo.
La apuesta.
El primer día.
Las reglas.
Los quinientos mil.
Todo.

Pero no pude.
Todavía no.

—Solo estoy confundido.

Valentina asintió.

—Está bien.

—¿No vas a preguntar más?

—Si quieres contarme, me contarás.

Eso me golpeó más fuerte de lo que esperaba.
Porque confiaba en mí incluso sin saber toda la verdad.

—Gracias.

—De nada.

Sonrió.

—Nos vemos mañana.

—Sí.

La vi alejarse.
Y me quedé parado allí, con la botella en la mano.

Dos días.
Solo dos.

Esa noche cené con mi familia.
Matías hablaba sobre algo de la empresa y mi papá discutía con él algunos detalles.
Mi mamá me preguntó por el entrenamiento.
Respondí lo necesario.
Pero estaba distraído.

—Thiago —dijo mi papá.

—¿Sí?

—Te pregunté si estás bien.

—Sí.

Matías me miró.

—Está mintiendo.

—¡Matías!

Mi mamá se rio.

—Déjalo.

—No estoy mintiendo.

—Entonces estás pensando demasiado —dijo mi papá.

Me quedé callado.
Quizá era eso.
Estaba pensando demasiado.
Pero no podía dejar de hacerlo.

Cuando subí a mi habitación, el grupo volvió a llenarse de mensajes.




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