30 días para no Enamorarme

Capítulo XXIX

UN DÍA MÁS

MARTES

POV: Thiago

Un día.
Solo quedaba un día.

Me desperté antes de que sonara la alarma y, por primera vez en mucho tiempo,
no tuve que mirar el calendario para saber qué día era.
Día 29.
Mañana terminaba la apuesta.

Me quedé sentado en la cama, con el celular en la mano.
Tenía varios mensajes del grupo.

*Lucas:*
DÍA 29.

*Dani:*
Uno.

*Bruno:*
Mañana se acaba.

*Mateo:*
No hagas nada raro.

Solté una risa.
Era curioso.
Durante semanas había querido que llegara este momento.
Ahora quería retrasarlo.

Me levanté y bajé a desayunar.
Mi mamá ya estaba en la cocina y Matías estaba sentado frente a la mesa.

—Buenos días —dijo mamá.

—Buenos días.

Matías me miró.

—Tienes cara de haber dormido tres horas.

—Dormí bien.

—Entonces tienes cara de estar pensando demasiado.

—También.

Mi papá entró unos minutos después.

—¿Listo para el colegio?

—Sí.

Mi mamá dejó mi desayuno sobre la mesa.

—¿Y después tienes entrenamiento?

—Sí.

Matías levantó una ceja.

—¿Partido esta semana?

—Todavía no sé.

—Bueno, intenta no pensar tanto.

Lo miré.

—¿Todos están de acuerdo en que pienso demasiado?

—Sí —respondieron los tres casi al mismo tiempo.

—Perfecto.

En el colegio, Valentina estaba esperándome junto al salón.

—Llegaste tarde.

—Por dos minutos.

—Siguen siendo dos minutos.

—Buenos días para ti también.

Sonrió.

—Buenos días.

Entramos juntos.
Y eso, que meses atrás habría parecido imposible,
ahora se sentía completamente normal.

Ese era el problema.
Me había acostumbrado demasiado rápido a ella.
A verla en clase.
A escucharla quejarse de los profesores.
A recibir sus mensajes.
A discutir por tonterías.
A verla sonreír cuando conseguía hacerme enojar.
A que me buscara con la mirada cuando entraba al salón.
A estar cerca.
Demasiado cerca.

Durante la primera hora, el profesor explicó un tema nuevo.
Yo intenté prestar atención.
Fallé.

Valentina escribió algo en una esquina de su cuaderno y lo deslizó hacia mí.
“¿Estás bien?”

La miré.
Ella esperaba mi respuesta.

Escribí:
“Sí.”

Ella leyó.
Después escribió debajo:
“Mentiroso.”

Tuve que contener una sonrisa.

“¿Y tú cómo sabes?”

Me devolvió el cuaderno.
“Porque ya te conozco.”

Me quedé mirando esas cuatro palabras.
Ya te conozco.
No sabía por qué, pero me hicieron sentir algo extraño.
Porque era cierto.
Y yo también empezaba a conocerla.
Solo que ella todavía no sabía lo más importante sobre mí.

Durante el recreo, fui al patio con Lucas y los demás.
No tardaron ni treinta segundos.

—Día 29 —dijo Lucas.

—Ya sé.

—Mañana cobrás —dijo Dani.

—Si gano.

Bruno lo corrigió:

—Si cumples las reglas.

—Las cumplí.

Lucas se cruzó de brazos.

—Entonces dime algo.

—¿Qué?

—¿Qué vas a hacer mañana?

—Nada.

—¿Nada?

—Nada.

Mateo me observó.

—¿Y con Valentina?

Me quedé callado.
Lucas soltó una risa.

—Ese silencio respondió.

—No significa nada.

—Thiago.

—¿Qué?

—Mañana se termina.

—Ya lo sé.

—Y después de mañana no tienes ninguna obligación de seguir cerca de ella.

Miré al suelo.

—Lo sé.

—Entonces…

Lucas dejó la frase incompleta.
No necesitaba terminarla.
Porque yo también había pensado en eso.
Cuando terminara la apuesta, podía volver a hacer lo de antes.
Alejarme.
Dejar de hablarle tanto.
Volver a ser el Thiago que no soportaba estar cinco minutos cerca de Valentina.

Era fácil.
En teoría.
El problema era que ya no quería hacerlo.

—Tengo que irme —dije.

—¿A dónde?

—A clase.

—Todavía faltan diez minutos.

—Entonces voy a esperar diez minutos en otro lugar.

Me alejé.

Después de clases tuvimos entrenamiento.
Raúl estaba especialmente exigente.
Nos hizo repetir jugadas varias veces hasta que todos quedamos agotados.

Cuando terminó, me quedé un rato guardando mis cosas.
Valentina pasó por el pasillo.

—¿Sigues aquí?

—Sí.

—Yo también.

Se acercó.

—¿Cansado?

—Mucho.

—Se nota.

—Gracias.

Ella sonrió.

—¿Mañana tienes algo después del colegio?

Me quedé quieto.

—No que yo sepa.

—Podríamos ir a tomar algo.

La miré.
Mañana.
El día treinta.
El último día.
La fecha que llevaba semanas esperando.
Y ahora ella me estaba invitando a pasar tiempo juntos.

—Sí —respondí.

Valentina sonrió.

—Entonces mañana.

—Mañana.

Se fue.
Me quedé mirando el lugar por donde había desaparecido.

Mañana.
No sabía qué iba a pasar mañana.
Pero sí sabía una cosa.
No quería que terminara.

Ricardo me llevó a casa.
Durante el trayecto, miré por la ventana.
Mi teléfono vibró.
Era Valentina.

*Valentina:*
¿Sigues vivo?

Sonreí.

*Yo:*
Por ahora.

*Valentina:*
Dramático.

*Yo:*
Estoy cansado.

*Valentina:*
Entonces mañana te invito algo para compensar.

*Yo:*
¿Eso significa que vas a pagar?

*Valentina:*
No abuses.

Me reí.
Guardé el celular.

Cuando llegué a casa, Matías estaba en la sala.

—¿Cómo fue?

—Bien.

—¿Y esa sonrisa?

—¿Qué sonrisa?

—Esa.

—No estoy sonriendo.

—Claro.

Me senté junto a él.

—¿Qué haces?

—Nada.

—Entonces estamos iguales.

Matías me miró unos segundos.




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