30 días para no Enamorarme

Capítulo XXX

SIN REGLAS

DÍA 30 — MIÉRCOLES

POV: Thiago

Me desperté antes de que sonara la alarma.
No porque hubiera dormido bien.
Todo lo contrario.
Había pasado buena parte de la noche mirando el techo, pensando en la misma pregunta una y otra vez.

¿Qué iba a hacer hoy?

Día treinta.
El último.

Me levanté y me quedé unos segundos sentado al borde de la cama.
Durante veintinueve días había tenido algo que seguir.
Reglas.
Una apuesta.
Una fecha límite.
Algo que me permitía fingir que todo lo que estaba pasando con Valentina tenía una explicación sencilla.

Pero hoy se terminaba.
Y mañana sería diferente.

El director había sido claro desde el principio:
la reorganización de los espacios duraría un mes, mientras terminaban las reparaciones del lugar donde entrenaba el equipo femenino.
Eso significaba que hoy era nuestro último día compartiendo banco.
Último día entrando al salón y encontrándola ahí.
Último día de tenerla cerca durante las clases simplemente porque alguien había decidido cambiar los lugares.

Y desde mañana, nuestros entrenamientos volverían a ser completamente separados.
No habría excusas.
No habría coincidencias obligatorias.
Si quería seguir hablando con ella, tendría que hacerlo porque realmente quería.
Y eso era precisamente lo que me asustaba.

Bajé a desayunar.
Mi mamá estaba en la cocina, mi papá revisaba unos documentos y Matías tomaba café.

—Buenos días —dijo mamá.

—Buenos días.

Matías levantó la vista.

—Hoy es el gran día.

Me quedé quieto.

—¿Qué gran día?

—No sé.
Tú dime.

—No empieces.

Sonrió.
Mi papá dejó los documentos a un lado.

—¿Hoy no tienes algo importante?

Lo miré.

—Tengo clases.

—Me refiero al partido.

—Ah.

Matías soltó una risa.

—Está nervioso.

—No estoy nervioso.

—Entonces estás pensando demasiado.

No respondí.
Porque, otra vez, tenía razón.

Mi mamá me miró con atención.

—¿Todo bien?

—Sí.

Pero no sonó convincente.
Tomé mi mochila.

—Me voy.

Ricardo me dejó frente al colegio poco antes de que sonara el timbre.
Entré al salón.
Y ahí estaba ella.

Valentina estaba sentada en nuestro banco, acomodando sus cosas.
Levantó la mirada.

—Llegaste.

—Sí.

—Pensé que ibas a llegar tarde.

—¿Por qué?

—Porque tienes cara de no haber dormido.

—Dormí.

—¿Cuánto?

—Lo suficiente.

Me miró con desconfianza.

—Mentiroso.

Sonreí.

—Buenos días para ti también.

—Buenos días.

Me senté a su lado.
Por unos segundos ninguno dijo nada.
Era extraño pensar que aquel banco había sido el principio de tantas cosas.
Al principio lo odiaba.
Ahora no quería dejarlo.

Valentina sacó su cuaderno.

—Hoy es nuestro último día aquí.

Sentí que algo se me hundía en el pecho.

—Sí.

—Mañana vuelven los lugares normales.

—Sí.

Ella pasó una hoja.

—Va a ser raro.

—Bastante.

—Después de un mes.

—Un mes exacto.

Valentina sonrió.

—Te vas a librar de mí.

La miré.

—No sé si eso sea algo bueno.

Ella levantó las cejas.

—¿Eso fue un cumplido?

—No te emociones.

—Demasiado tarde.

Sonreí.
Y por primera vez pensé que quizá había llegado el momento de dejar de esconderme detrás de las reglas.

Las clases pasaron demasiado rápido.
Durante el recreo, Lucas me encontró.
No necesitó decir nada.
Solo levantó una mano y mostró cinco dedos.
Después los bajó uno por uno.

—Día treinta —dijo finalmente.

Bruno, Dani y Mateo estaban detrás de él.

—¿Cumpliste? —preguntó Bruno.

—Sí.

Lucas sonrió.

—Entonces ganaste.

Sacó su celular.

—Quinientos mil.

—No me importa el dinero.

Los cuatro me miraron.

—¿Qué? —pregunté.

Dani se rio.

—Definitivamente algo te pasó.

—No me pasó nada.

Mateo fue más serio.

—Entonces, ¿qué vas a hacer?

Miré hacia el otro lado del patio.
Valentina estaba hablando con Sofía.

—No sé.

Lucas siguió mi mirada.

—Sí sabes.

—No.

—Thiago.

Suspiré.

—Ya terminó la apuesta.

Bruno asintió.

—Exactamente.

—Entonces ya no tengo que demostrarles nada.

Lucas sonrió.

—Nunca tuviste que demostrarnos nada.

Lo miré.

—¿Qué quieres decir?

—Que nosotros hicimos la apuesta para molestarte.
Tú fuiste el que decidió tomársela en serio.

No supe qué responder.
Lucas me dio una palmada en el hombro.

—Haz lo que quieras.

Y se fueron.
Me quedé ahí, pensando.
Por primera vez en treinta días, nadie me estaba diciendo qué hacer.

Después de clases, tuve entrenamiento.
El último entrenamiento antes de que las reparaciones terminaran.

Raúl reunió al equipo antes de comenzar.

—A partir de mañana, las chicas vuelven a su espacio habitual.
Nosotros mantenemos nuestro horario de siempre.

Asentí.
Sabía que ese momento iba a llegar.
Aun así, escucharlo en voz alta me hizo sentir algo extraño.

Durante el entrenamiento intenté concentrarme.
Lo hice.
Pero cuando terminamos, me quedé unos minutos más.
Vi a Valentina salir del otro lado del gimnasio.
Ella también me vio.

—¿Ya terminaste?

—Sí.

—Yo también.

Nos acercamos.

—Mañana todo vuelve a la normalidad —dijo.

—Sí.

—Aunque no sé si quiero que vuelva a ser exactamente como antes.

La miré.

—Yo tampoco.

Valentina sonrió ligeramente.




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