UN AÑO DESPUÉS
POV: Thiago
Un año.
A veces me parecía imposible que hubiera pasado tanto tiempo.
Otras veces sentía que aquel primer día había sido ayer.
El mismo colegio.
Los mismos pasillos.
La misma cancha.
Pero nosotros ya no éramos los mismos.
Estaba sentado en las gradas del gimnasio, esperando que terminara el entrenamiento.
No tenía nada que hacer ahí.
Al menos, no oficialmente.
Pero había aprendido que algunas cosas no necesitaban una excusa.
Miré hacia la cancha.
Valentina estaba terminando de guardar sus cosas.
Cuando levantó la vista y me encontró mirándola, sonrió.
—¿Otra vez aquí?
—Otra vez.
—¿No tienes nada mejor que hacer?
—No.
—Mentiroso.
Sonreí.
Esa palabra seguía siendo una de sus favoritas conmigo.
Cuando terminó de guardar sus cosas, caminó hacia mí.
—¿Cuánto llevas esperando?
—Un rato.
—¿Cuánto es un rato?
—No sé.
—Thiago.
—Veinte minutos.
Negó con la cabeza.
—Estás loco.
—Eso ya lo sabías.
Se sentó a mi lado.
Durante unos segundos miramos la cancha vacía.
Había algo extraño en volver a estar ahí.
Un año atrás, aquel lugar había sido el escenario de una apuesta.
Ahora solo era el lugar donde tantas cosas habían comenzado.
—¿Te acuerdas de la primera vez que nos sentamos juntos? —preguntó.
—Sí.
—Estabas insoportable.
—Tú también.
—Yo estaba perfectamente.
—Claro.
Se rio.
Después apoyó la espalda contra la grada.
—Nunca pensé que terminaríamos así.
La miré.
—Yo tampoco.
Y era verdad.
Nunca habría imaginado que aquella chica a la que había conocido desde pequeño,
aquella misma que durante años había conseguido sacarme de quicio con una facilidad impresionante,
terminaría convirtiéndose en una de las personas más importantes de mi vida.
Pero lo curioso era que no recordaba exactamente cuándo había cambiado todo.
No hubo un momento concreto.
No hubo una fecha marcada.
No fue una conversación.
Fue una acumulación de pequeños momentos.
Una conversación más.
Una caminata.
Una discusión.
Una risa.
Un mensaje.
Una mirada.
Y después otra.
Hasta que un día ya no pude imaginar volver a estar como antes.
Valentina me miró.
—¿En qué piensas?
—En que pasó un año.
—Eso es bastante obvio.
—Estoy intentando ser profundo.
—No te sale.
—Gracias.
Se rio.
Me levanté.
—Vamos.
—¿A dónde?
—A casa.
—¿Y quién dijo que voy contigo?
—Nadie.
—Entonces no voy.
—Perfecto.
Empecé a caminar.
Escuché sus pasos detrás de mí.
—¡Espera!
Sonreí.
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Un año atrás, yo pensaba que el problema era enamorarme.
Después descubrí que el problema nunca había sido ese.
El verdadero problema había sido pensar que podía controlar todo lo que sentía.
Y también aprendí algo más.
Que una historia no termina cuando se acaba una apuesta.
Tampoco cuando dos personas finalmente admiten lo que sienten.
A veces, ese es apenas el comienzo.
Porque después de aquel último día pasaron muchas cosas.
Algunas buenas.
Otras no tanto.
Hubo momentos en los que pensamos que quizá no funcionaría.
Hubo discusiones.
Hubo decisiones que ninguno de los dos esperaba tener que tomar.
Hubo días en los que estuvimos más cerca y otros en los que estuvimos a punto de alejarnos.
Y hubo un momento en particular que ninguno de los dos ha olvidado.
Pero eso es otra historia.
Una que todavía no les voy a contar.
Porque si aprendí algo durante aquel año es que algunas historias necesitan tiempo.
Y la nuestra todavía tenía mucho por delante.
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Cuando salimos del colegio, Valentina caminó a mi lado.
—¿Mañana tienes entrenamiento?
—Sí.
—Yo también.
—Entonces nos vemos.
—Sí.
Seguimos caminando.
Después de unos segundos, ella habló:
—Thiago.
—¿Sí?
—¿Te arrepientes?
La miré.
—¿De qué?
—De la apuesta.
Pensé durante unos segundos.
—De la apuesta, sí.
Valentina sonrió.
—¿Y de todo lo que vino después?
Negué con la cabeza.
—De eso no.
Ella volvió a mirar hacia adelante.
—Bien.
—¿Por qué?
—Porque yo tampoco.
Seguimos caminando.
Y por primera vez no pensé en cuánto tiempo había pasado.
Pensé en cuánto quedaba.
Porque un año después de aquella apuesta, todavía había cosas que no sabíamos.
Todavía había decisiones por tomar.
Todavía había historias que vivir.
Y quizá algún día miraríamos atrás y nos reiríamos de aquel chico de diecisiete años que creyó que podía pasar treinta días sin enamorarse.
Quizá le diríamos que estaba completamente equivocado.
Porque treinta días habían sido suficientes para cambiarlo todo.
Pero no habían sido suficientes para contar nuestra historia.
Eso apenas estaba empezando.
Fin...
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Editado: 10.09.2026