365 Dias

CAPITULO 2

Miré instintivamente hacia abajo, tocando el pequeño dije de oso rosa que mi padre me había regalado. ¿Había notado el collar o había sido una corazonada? En cualquier caso, el apodo, pronunciado con esa voz profunda y ronca, sonaba peligrosamente íntimo en la penumbra del baño.

—No... no importa —logré articular, forzando una sonrisa—. Gracias por arreglar la fuga.

—De nada —respondió, recargándose en el marco de la puerta junto a Frankie—. Es lo que hacen los amigos, ¿no? Y ahora, como somos casi familia por culpa de este —señaló a mi hermano con el pulgar—, supongo que me verás seguido por aquí.

Frankie soltó una carcajada y le dio un golpe amistoso en el hombro. —Ya quisieras, Fox. No te emociones.

—Bueno —dijo Elías, recogiendo el tripié y la caja de herramientas—, el deber llama. La tormenta está a punto de arreciar y tengo una edición que terminar. Nos vemos luego, Kesly. Un gusto conocerte, de verdad.

—Igualmente —dije, viéndolo salir de la habitación con esa zancada segura y magnética.

Frankie me dio una última mirada divertida antes de seguirlo. —Cierro la puerta al salir. ¡Descansa!

Me quedé sola en la habitación, con el eco de la voz de Elías aún flotando en el aire y el olor a madera y cítricos de su perfume impregnando el ambiente. Me senté en la cama, apretando el oso rosa contra mi pecho.

Un año en esta mansión extraña. Con un hermano que apenas conozco. Y con el influencer más cotizado del país llamándome "osita" mientras arregla mis tuberías ante la mirada de millones de seguidores.

Caminé hacia mi maleta y saqué mi laptop. Me senté en medio de la inmensa cama con dosel, sintiéndome diminuta bajo el techo alto de la habitación. Sabía que papá me apoyaría en lo que fuera; él siempre me decía que no me preocupara, que disfrutara este año para encontrarme, pero yo no soy así. Mi mente de mercadóloga no descansa.

—No voy a ser una nini por un año solo porque mamá dejó una fortuna en suspenso —murmuré para mí misma mientras abría el navegador.

Había pasado las últimas semanas de mi carrera puliendo mi CV y mi portafolio digital. Lo había enviado a varias agencias de publicidad y departamentos de marketing en esta ciudad. Revisé mi bandeja de entrada con el corazón latiendo rápido.

Me detuve en el último correo. Era una agencia pequeña pero muy prestigiosa que manejaba marcas de lujo y... creadores de contenido.

—Vaya —susurré, mordiéndome el labio

De repente, una notificación de Instagram saltó en mi teléfono.

@EliasFox ha subido un nuevo Reel: "De vuelta a las bases 🛠️"

No pude evitarlo. Entré. Ahí estaba yo, en un segundo plano, distraída y con mi pijama gris, entregándole la cinta de teflón mientras él decía: Gracias, osita.

Los comentarios ya estaban explotando:

"¿Quién es la chica?"

"¿Nueva conquista?"

"¡Qué humilde Elías ayudando con la plomería!"

“Esta algo sosa para nuestro guapo”

“No es su tipo”

Cerré Instagram, sintiendo un calor abrasador en las mejillas. No quería que las personas hablaran de mí ¿que soy sosa? Ni me conocen por el amor de Dios.

Dejo mi laptop y mi celular es hora de dormir, ya mañana aceptaré el empleo de la agencia.

De pronto, un relámpago iluminó el cielo gris sobre el río Charles, seguido de un trueno seco. La luz de la mansión parpadeó dos veces y, finalmente, se apagó por completo.

Me quedé a oscuras. El silencio fue absoluto hasta que escuché pasos rápidos subiendo la escalera de madera.

—¡Kesly! ¿Todo bien? —era la voz de Frankie tras la puerta.

—¡Sí! Solo se fue la luz —respondí, encendiendo la linterna de mi móvil.

Abrí la puerta y vi a Frankie con una palmatoria de plata que parecía haber sacado de una película de época.

—El cableado de estas casas coloniales es un desastre —explicó con una mueca—. Elías está abajo, dice que la cocina tiene una estufa de gas y está intentando preparar algo caliente. Vamos, no te quedes aquí sola; esta casa da escalofríos cuando se queda a oscuras.

Bajamos las escaleras. La luz de la vela hacía que las sombras de las molduras del techo parecieran dedos alargados. Al llegar a la cocina de estilo rústico, vi a Elías. Estaba apoyado en la encimera de granito, iluminado por la luz azul de su teléfono. Llevaba la sudadera negra con las mangas subidas, revelando unos antebrazos fuertes que todavía tenían algún rastro de hollín.

—Bienvenida al siglo dieciocho, Kesly —dijo con esa sonrisa de medio lado, su voz resonando en la cocina vacía.

Me senté en uno de los taburetes de madera frente a él. En la penumbra de Boston, con el frío golpeando los cristales y Frankie buscando fósforos en los cajones, Elías Fox no parecía el chico inalcanzable de las redes. Parecía alguien real, alguien que estaba tan intrigado por esta mansión y por mi presencia como yo lo estaba por él.

Frankie se sentó en el taburete junto al mío, dejando la palmatoria de plata a un lado. Me miró con una curiosidad genuina, una que no había tenido oportunidad de mostrar en el ajetreo de mi llegada.

—Deberíamos ponernos al día, Kesly —dijo en voz baja, ignorando por un momento la lluvia—. Realmente nos conocemos muy poco y vamos a ser roomies por un año completo.

Me contó que estaba terminando sus estudios en Arquitectura. Tenía una fascinación por las estructuras antiguas de Boston y soñaba con restaurar edificios históricos de la ciudad para devolverles su gloria original. Al escucharlo hablar con tanta pasión, entendí por qué la frialdad de nuestra madre le dolía tanto: él era un creador, alguien que valoraba las bases y las raíces.

—Yo acabo de terminar Mercadotecnia —le confié, sintiendo un nudo de orgullo en la garganta—. De hecho, ya estuve enviando mi CV. Tengo una propuesta de entrevista para una agencia aquí en el North End. No quiero estar de brazos cruzados este año.

Desde la esquina de la cocina, donde Elías seguía revisando una caja de fusibles secundaria con su linterna, se escuchó un silbido suave. Él estaba escuchando todo, procesando cada palabra con esa mente analítica que lo había hecho famoso.




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