365 Dias

CAPITULO 3

La luz de Boston entró por la ventana con una agresividad que mi cabeza no estaba lista para procesar. No era mi habitación, no era mi cama de sábanas de seda negra, y definitivamente el olor no era a mi difusor de sándalo, sino a madera vieja y encierro.

Me di una ducha rápida en el baño de invitados. Por suerte, Frankie y yo compartimos gimnasio y complexión; me puse unos jeans suyos y una sudadera básica gris que me quedaba apenas un poco más ajustada en los hombros. Al bajar las escaleras, el aroma a café recién hecho y tocino inundaba la planta baja.

Frankie servía unos huevos revueltos mientras Kesly... bueno, Kesly estaba en su mundo. Tenía la laptop abierta, el cabello recogido en un moño improvisado y una taza de café entre las manos. Se veía tan concentrada que me dieron ganas de desordenarle los planes.

Me senté frente a ella sin decir nada primero. Saqué mi teléfono. El comentario de anoche me había dejado dando vueltas. "¿Por qué nunca veo a Frankie en tus videos?". Así que ella me conocía.

Entré a Instagram. Empecé a filtrar entre mis seguidores. No fue difícil; busqué "Kesly" y ahí estaba. Un perfil limpio, estético, muy de mercadóloga: @Kesly_D. Tenía pocas fotos, pero en todas se veía... real. Sin filtros exagerados, solo ella y su sonrisa tímida.

Le di al botón de "Seguir" con una sonrisa ladeada.

Casi al instante, su teléfono, que estaba sobre la mesa junto a su computadora, vibró y se iluminó con una notificación de color rosado. Anunciandole que la acabo de seguir.

Vi cómo sus ojos se abrían de par en par. Dejó de teclear. Sus dedos se congelaron sobre el borde de la taza. Lentamente, como si tuviera miedo de que el teléfono fuera a morderla, bajó la mirada hacia la pantalla.

—Buenos días, osita —solté, recargando mi barbilla en la mano mientras la observaba disfrutar de su sorpresa—. Pensé que, ya que vas a trabajar con mi equipo, lo mínimo es que estemos conectados en la red, ¿no?

Frankie soltó una carcajada desde la estufa. —Te lo dije, Kesly. Con Elías no existen las zonas privadas.

Ella levantó la vista y me miró. Estaba roja de nuevo, ese color carmín que le subía por el cuello y que me resultaba peligrosamente entretenido de provocar.

—¿Me acabas de seguir... en serio? —preguntó ella con la voz un poco temblorosa, bloqueando la pantalla de su celular rápido, como si quisiera ocultar que ya estaba viendo mi perfil.

—Claro. Ahora soy yo el que va a ver qué publicas tú —le guiñé un ojo.

Me recargué en el respaldo de la silla de madera oscura, ignorando por un momento el olor a tocino que Frankie estaba dejando en la cocina. Abrí el panel de control de mi cuenta. El video había explotado; 2.5 millones de reproducciones en menos de doce horas.

Mis dedos se deslizaron por la pantalla, filtrando los comentarios.

"¿Dónde consigo un plomero que use ese reloj?"

"Elías Fox humilde, me encanta que no olvide sus raíces."

Pero, como era de esperarse, el algoritmo no perdona. La aparición de Kesly en pijama, entregándome la cinta de teflón, había encendido la mecha.

"¿Quién es la del oso rosa? Se ven súper lindos."

"Esa chica no tiene nada que ver con el estilo de Elías, se ve súper básica."

"¡Es la hermana de su mejor amigo! Investiguen bien, haters."

Fruncí el ceño. Ver a extraños diseccionando la apariencia de Kesly me causó una punzada de molestia que no supe clasificar. Ella no estaba acostumbrada a esto; era una civil en un mundo de tiburones digitales.

—La gente no pierde el tiempo —mascullé, bloqueando el teléfono justo cuando una notificación de iMessage apareció en la parte superior.

Vanessa: "Vi tu video. ¿Quién es la 'osita', Elías? Pensé que estarías en NY este fin de semana. Llámame."

Vanessa era... bueno, Vanessa. Una modelo de pasarela que conocía bien los ángulos de la cámara y mejor aún los de mi habitación. Habíamos pasado un par de noches juntos en Manhattan y, honestamente, hace apenas tres días estaba considerando seriamente si debía pedirle que formalizáramos lo nuestro.

Pero ahora, mirando el mensaje, sentí una pereza absoluta. La idea de tener que darle explicaciones, o de mantener esa fachada de pareja perfecta de revista, me sabía a café frío.

Miré de reojo a Kesly, que seguía peleando con su laptop, ajena al caos que su presencia estaba causando en mis menciones. Se veía tan... real. Sin maquillaje, con una sudadera que le quedaba grande y esa inteligencia que le brillaba en los ojos cuando hablaba de métricas.

—¿Pasa algo malo con los números, Fox? —preguntó ella, notando mi silencio—. Te quedaste serio de repente.

—Nada —respondí, borrando la notificación de Vanessa sin leerla—. Solo que el video es un éxito. Pero prepárate, porque si vas a entrar a la agencia hoy, vas a aprender que en este negocio el éxito siempre viene con un poco de ruido.

—Vámonos —le dije, dándole un toque juguetón en el hombro.

—Desayunan después de que Kesly deslumbre —dijo Frankie, pasándome la bolsa—. Y maneja con cuidado, Fox, que Boston en hora pico es un campo de batalla.

Salimos a la calle. El aire de la mañana en Beacon Hill estaba limpio y frío, con ese olor a asfalto mojado y ladrillo viejo. Subimos a mi camioneta, una bestia negra que desentonaba un poco con las calles estrechas de la zona colonial, pero que era mi oficina sobre ruedas.

Mientras Kesly se ajustaba el cinturón y revisaba nerviosa su portafolio en la tablet, yo encajé mi teléfono en el soporte del tablero. Era una rutina mecánica, casi instintiva.

—¿Vas a grabar ahora? —preguntó ella, mirándome de reojo mientras intentaba acomodarse un mechón de pelo rebelde.

—Es el mejor momento. El tráfico de la I-93 es el escenario perfecto para un storytelling —le guiñé un ojo y deslicé el dedo sobre la pantalla—. Vamos a darle un poco de acción a TikTok.

Toqué el botón de "Live".




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.